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una venganza ineludible - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Eryon
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14: Eryon 14: Eryon El humo de Valdora aún flotaba sobre el horizonte cuando Eryon Vael dio la orden de marchar.

No había celebración por la victoria, ni saqueos, ni gritos de triunfo.

Los soldados sabían que la conquista no era su meta real.

Era apenas un paso hacia algo más grande, más oscuro… y más decisivo.

Porque Eryon no había destruido Valdora para gobernar.

Lo había hecho para liberar sus manos.

Para quedar libre de obligaciones.

Para perseguir lo único que realmente importaba.

Los 3 anillos.

Y ese anillo reposaba en manos de la única persona que no temía a su nombre: Morgana de Fendral, soberana de brujas y magos.

Durante tres días, el ejército avanzó por parajes donde la magia dormía bajo la tierra.

A diferencia de sus campañas anteriores, Eryon había dado una orden estricta: —No dañen nada.

No provoquen nada.

Y nadie se atrevió a desobedecer.

Porque marchar hacia Fendral, el reino oculto, era acercarse a un territorio donde la voluntad de la reina valía más que mil ejércitos.

Era un reino que no podía ser conquistado, y que jamás mostraba su ubicación… a menos que lo deseara.

Cuando el sol cayó por tercera vez, el aire cambió.

El viento se volvió frío.

Los árboles empezaron a crecer más altos, como si se estiraran para observar a los intrusos.

Entonces ocurrió.

El bosque se abrió como una cortina, y frente a ellos apareció una ciudad imposible.

Fendral.

Torreones suspendidos en el aire, caminos de piedra flotante sobre lagos violetas, luces azules que se movían sin fuego.

No había guardias apuntando lanzas.

Ningún hechizo defensivo se activó.

Los magos de Morgana se inclinaron ante Eryon y su ejército.

—La Reina de Fendral los recibe como invitados —anunciaron.

Y Eryon, sin mostrar sorpresa, avanzó.

En la entrada del castillo, Morgana aguardaba.

Su cabello era oscuro como tinta viva.

Sus ojos, plateados y fríos, parecían ver más allá de la carne y del alma.

No llevaba corona, porque ella misma era la corona de Fendral.

—Bienvenido, Eryon Vael —dijo, y su voz se deslizó como un río suave pero peligroso—.

Vos y tus hombres serán tratados como huéspedes especiales.

Eryon inclinó la cabeza apenas, con la precisión exacta para no parecer inferior.

—Un honor, Reina de las Llamas Silenciosas.

Ella sonrió, no con gusto, sino con reconocimiento: él conocía su título verdadero.

—Acompañame —ordenó—.

Quiero escuchar de tus propios labios qué viniste a buscar.

La sala donde entraron parecía hecha de espejos que respiraban.

Las paredes ondulaban apenas, como si una entidad invisible observara a quienes se atrevían a entrar.

Morgana tomó asiento en un trono construido con cristal líquido.

Eryon permaneció de pie.

—Decime qué querés —pidió ella.

Él no habló de inmediato.

No era un hombre de explicaciones directas.

Era un hombre de historias.

—Hace muchos años conocí a un hombre llamado Arvell —comenzó Eryon, caminando lentamente por la sala—.

Vivía en un pequeño reino que nadie recuerda.

Tenía una obsesión: decía que podía ver el destino de cada persona como un hilo transparente.

Morgana entrecerró los ojos, atrapada.

—La gente le pedía predicciones, consejos, advertencias —continuó Eryon—.

Hasta que un día, una joven madre lo consultó.

Quería saber cuánto viviría su hija recién nacida.

Eryon hizo una pausa breve, solo para medir la reacción de la reina.

—Arvell miró el hilo de la niña… y descubrió algo que lo horrorizó.

La niña viviría muy poco.

Un destino trágico, imposible de evitar.

—¿Y qué hizo?

—preguntó Morgana, apenas inclinándose hacia adelante.

—Intentó cambiarlo —respondió Eryon—.

Trató de torcer el hilo, de alterarlo.

Creyó que podía desafiar el destino.

Pero cada movimiento que hacía provocaba consecuencias en otros hilos.

Pequeñas al principio… hasta que un día, el reino entero colapsó por una cadena de eventos que él mismo había provocado sin entenderlo.

Silencio.

Solo las paredes respiraban.

Morgana murmuró: —¿Y la niña?

Eryon la miró directamente.

—Vivió exactamente lo que estaba escrito.

Pero Arvell… murió creyendo que el destino podía ser doblegado.

La reina inclinó la cabeza, como si hubiera recibido un mensaje oculto.

—Vos no sos Arvell —dijo ella.

—No —confirmó Eryon—.

Yo vine a cambiar la historia con conocimiento, no con ilusiones.

La Entrega del Anillo Morgana chasqueó los dedos.

Un mago entró con un cofre de obsidiana.

Al abrirlo, un resplandor oscuro iluminó la sala.

El Anillo de la Eternidad.

Un círculo perfecto, pulsante, como si contuviera vida propia.

Morgana lo tomó entre sus dedos y lo dejó caer suavemente en la mano de Eryon.

—Ya sabía que lo ibas a pedir —dijo.

Él no se movió.

—No estás sorprendida —respondió.

—Porque también sé que ya tenés el Anillo del Tiempo.

Los ojos de Eryon se afilaron por un instante.

No lo suficiente para revelar debilidad.

Pero sí para admitir que ella lo había leído.

Morgana bajó la voz: —Si reunís los tres… no alcanzarás nada.

Eryon cerró la mano, atrapando el anillo.

—Te pareces a Arvell.

La reina lo miró con una mezcla extraña de admiración y temor.

—Antes de que intentes romper el destino —dijo— asegurate de entenderlo.

Pero él ya había dado media vuelta, listo para dejar Fendral atrás.

No regresaría a Valdora.

Y su camino acababa de volverse más peligroso que nunca.

Porque ahora tenía dos anillos.

Mientras tanto en Valdora…

La ciudad aún estaba herida.

Las murallas tenían grietas que parecían cicatrices frescas, las torres habían perdido parte de su forma y las calles estaban llenas de polvo.

Dorian caminaba entre los restos acompañado por su pequeño grupo: Erila, guardiana del Archivo; Vesrin, el duende que se creía experto en hadas pero que en realidad no destacaba en ninguna magia; y Kaelor, su protector.

Los magos de la ciudad trabajaban sin descanso.

Movían las manos y murmuraban hechizos mientras pedazos de roca y madera volvían a su lugar.

Algunos reconstruían muros enteros con magia estructural; otros convocaban luces para revisar los daños más profundos.

El aire olía a polvo, energía y cansancio.

Dorian observó un tramo de muralla vencida y levantó la voz: —Quiero esa sección reforzada desde la base.

Si solo la levantan, caerá con el próximo viento fuerte.

Los magos asentían y ajustaban sus hechizos.

Aún no sabían quién era exactamente Dorian, pero su seguridad al dar órdenes les transmitía confianza.

Mientras supervisaba, Vesrin, que venía murmurando desde hacía rato, alzó la voz inesperadamente: —¡Esto es culpa tuya, Dorian!

¡Tú trajiste al enemigo!

Dorian se giró sorprendido.

—¿De qué estás hablando?

Vesrin lo señaló con su dedo flaco temblando.

—Ese hombre… el que vino buscando a Lucius… ¡Lo vi!

Sé quién es.

No es un viajero.

No es un mensajero.

Es Eryon.

Los magos cercanos bajaron la mirada con inquietud.

Ese nombre no pasaba desapercibido.

Antes de que Vesrin siguiera, Erila intervino, firme: —Vesrin, basta.

Ese hombre vino por Lucius, no por nosotros.

Si quisiera destruir Valdora, ya lo habría hecho hace horas.

Vesrin se cruzó de brazos, respirando rápido, pero la presencia tranquila de Erila lo obligó a bajar el tono.

—Lo sé… —dijo finalmente—, pero ustedes no entienden.

Eryon no es un viajero cualquiera.

Es un maestro de las artes elementales… agua y fuego.

Solo esas dos, pero las domina al punto de convertirlas en armas absolutas.

Dicen que puede apagar una ciudad en llamas o encender un océano.

Y también… —tragó saliva— también maneja magia oscura y celestial.

No como un experto, pero lo suficiente para que nadie quiera enfrentarlo.

Dorian escuchaba sin interrumpir.

Algo en la voz temblorosa de Vesrin no era dramatismo: era miedo verdadero.

—Eryon es conocido como Destructor de reyes, ogros, brujas y magos —continuó Vesrin—.

Líder de la Legión de los Anillos.

Un ejército mendigo… pero tan feroz que a veces no entiendo cómo siguen vivos.

Donde marchan, la voluntad de otros se quiebra.

Kaelor dio un paso adelante.

—¿Y estás seguro de que era él?

Vesrin asintió sin dudar.

—No me equivoco con ese rostro.

Nunca pensé verlo en persona, pero… era él.

El que vino por Lucius.

El que nos miró como si pudiera ver el final de cada uno de nosotros.

El silencio se extendió.

Dorian respiró hondo.

No sabía qué historia unía a Lucius con ese hombre, pero ya no podía ignorarlo.

—No importa quién sea —dijo con calma—.

Nuestra tarea ahora es reconstruir Valdora.

Y cuando Lucius regrese… hablaremos con él.

Vesrin bajó la mirada, aún inquieto, pero ya no gritaba.

Los magos retomaron su trabajo, aunque las miradas furtivas al horizonte delataban un pensamiento compartido: Si Eryon había llegado a Valdora… los días tranquilos estaban contados.

Pasados 3 días el reino estaba reconstruido

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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