una venganza ineludible - Capítulo 17
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17: el comienzo de una guerra 17: el comienzo de una guerra El mensajero de Aralik cabalgó durante días hasta llegar a Galandor, donde las murallas blancas brillaban entre el sol y las máquinas de ingeniería militar.
Lo escoltaron hasta el palacio y, sin dificultad alguna, fue recibido por Lucius.
El mensajero se arrodilló y entregó el pergamino: Mensaje de Aralik para Lucius: “Yo me encargo de Valdora.
Tú ve por su Legión.
No dejes sobrevivientes.” Lucius sonrió con una tranquilidad que heló la sala.
—Así será —respondió, doblando el mensaje y guardándolo entre sus ropas.
El mensajero salió del palacio para emprender el regreso a Valdora… pero mientras caminaba por el mercado de Galandor, escuchó gritos.
Un comerciante de Zharion corría detrás de un joven ladrón.
El niño tropezó y cayó.
El comerciante, lleno de ira, lo tomó por el cuello.
El mensajero intervino: —¡Suéltalo!
Es solo un niño, no vale la pena… El comerciante lo miró con furia.
—¡No te metas, extranjero!
¡En Zharion no dejamos que los ladrones vivan!
Empujó al mensajero.
Este respondió empujando también.
De inmediato, se armó una pelea.
La gente gritó para pedir ayuda, y la guardia de Galandor los separó.
Lucius llegó escoltado por soldados.
—¿Qué sucede aquí?
El comerciante de Zharion señaló al mensajero: —¡Este hombre interfiere con la justicia de mi reino!
¡Debe ser castigado!
Lucius observó al mensajero, luego al comerciante… y sin mostrar ninguna duda dijo: —Ejecuten al comerciante.
Su carácter impulsivo no tiene lugar en este reino.
El mensajero quedó pálido.
Los soldados obedecieron.
El comerciante gritó, pero nadie lo escuchó por mucho tiempo.
Tras eso, el mensajero se marchó de inmediato hacia Valdora, con cortes y moretones por la pelea.
Cuatro días después, exhausto y herido, llegó ante Aralik.
El rey lo vio entrar tambaleando.
—¿Qué te pasó?
—preguntó con el ceño fruncido.
—Una… pelea en Galandor, mi rey.
Aralik apretó los dientes.
—Ve al médico, ya.
El mensajero se inclinó y fue atendido.
Esa misma noche, un cuervo mensajero llegó a la torre del rey.
Llevaba un pergamino negro, sello rojo.
Aralik lo abrió y leyó: “Cometiste un error, defensor de débiles.” “Zharion no olvida.” Aralik sintió un escalofrío.
Miró a su general más cercano y ordenó: —¡Todo el ejército a las murallas!
Desde ahora, ningún soldado descansará Los pasos de los guardias resonaban por los pasillos de Valdora.
La tensión podía sentirse en el aire: Zharion se estaba preparando para la guerra… y Valdora no tenía ni la mitad de su poder.
En la sala del trono, Aralik observaba por la ventana las murallas llenas de soldados exhaustos pero firmes.
Cuando Dorian y su equipo entraron, él se giró lentamente.
—Llegaron rápido —dijo el rey, con tono grave.
Freya apretó su lanza contra el pecho.
Erila miró a Dorian, como esperando lo peor.
Vesper, en silencio, jugaba nervioso con un trozo de cuerda.
Aralik respiró hondo.
—El rey Sagram Varos de Zharion ha movilizado un ejército enorme —comenzó—.
Magos, brujas, caballeros… miles.
Y aun así, dejó más de la mitad en su reino.
Eso significa que no ha mostrado todo su poder.
Dorian frunció el ceño.
—¿Vendrán directamente a Valdora?
Aralik negó.
—No todavía.
Pero lo harán.
Y si queremos tener una oportunidad cuando llegue ese día… necesitamos armas antiguas.
Armas que cambian el curso de la guerra.
El rey bajó del estrado y se acercó a ellos.
—Ustedes cuatro partirán de inmediato —dijo, observando a cada uno a los ojos—.
Irán en busca de dos artefactos: 1.
La Espada de Thalor 2.
La Varita de Vortex Vesper tragó saliva.
Dorian sintió un leve temblor: si Aralik los enviaba, era porque la situación era crítica.
—Majestad —intervino Freya—.
¿Está seguro de que somos los adecuados?
Aralik la miró con dureza.
—Son los únicos en los que confío.
Los únicos lo suficientemente veloces para llegar antes que Zharion.
Y los únicos que no levantarán sospechas.
Dorian dio un paso adelante.
—Haremos lo necesario.
Aralik asintió, pero añadió con un tono más bajo: —Lo que desconozco es… por qué Eryon estuvo aquí.
Si él también busca estas reliquias, estaremos en una carrera contra dos reinos.
No podemos perder.
Erila miró a Dorian con preocupación.
—¿Cuándo partimos?
Aralik extendió su mano hacia ellos.
—Ahora mismo.
Valdora no sobrevivirá si fallan.
El silencio cayó sobre la sala.
En una habitación estrecha del castillo, Dorian ajustaba las correas de su armadura mientras Vesper afilaba una daga, sin mostrar su verdadera arma oculta.
—¿Alguna vez pensaste que terminaríamos así?
—preguntó Vesper—.
De fugitivos a defensores del reino.
Dorian sonrió de medio lado.
—No se trata de cómo empieza, sino de cómo termina.
Y cuando esto acabe, Valdora recordará nuestros nombres.
Vesper asintió, casi sintiendo orgullo.
— 2.
Freya y Erila — El Recuerdo del Viejo Cuentacuentos En otra habitación, Freya revisaba un mapa mientras Erila observaba por la ventana.
—¿Por dónde deberíamos empezar?
—preguntó Freya.
Erila se quedó pensativa unos segundos… y entonces sus ojos se iluminaron.
—Cuando éramos niños, Dorian y yo escuchábamos historias de un anciano —dijo—.
Conocía relatos de tierras que ni siquiera aparecen en los libros.
Quizá él pueda ayudarnos… y sé exactamente dónde vive.
Freya asintió.
—Pues vamos.
Dorian y Vesper tardarán en alistarse.
Aprovechemos.
Salieron por un pasillo lateral.
Mientras caminaban hacia las afueras del castillo, Freya la miró con una sonrisa traviesa.
—Erila… sé lo que hay entre vos y Dorian.
Erila casi tropieza.
—¿Qué?
¿Qué estás diciendo?
—La noche de la coronación de tu padre —susurró Freya—.
Se quedaron mirando el cielo juntos.
Él no deja que cualquiera esté a su lado en silencio.
Eso dice mucho.
Erila se sonrojó inevitablemente.
—No pasó nada grande —respondió, tratando de mantener la compostura—.
Solo… hablamos.
Dorian dijo que el cielo sobre Valdora siempre fue su lugar de calma.
Yo… me senté a su lado.
Y durante un momento sentí que… que ya no estábamos tan perdidos.
Freya la miró con complicidad.
—Eso ya es más de lo que muchos comparten.
Erila bajó la mirada, respirando hondo antes de golpear suavemente la puerta de una vieja cabaña.
— 3.
La Casa del Anciano Hermes La puerta chirrió al abrirse.
El anciano de barba blanca y ojos vivaces los miró sorprendido.
Hermes, el cuentacuentos.
—Princesa Erila… protectora Freya… —dijo con una mezcla de asombro y respeto—.
Por favor, pasen.
Ambas entraron.
El interior estaba lleno de libros viejos, mapas colgados y frascos con hierbas extrañas.
Hermes cerró la puerta con un suspiro.
—Hace tiempo que no las veía.
¿Y tu madre, Freya?
¿Cómo se encuentra?
Freya sonrió ligeramente.
—Bien, Hermes.
Pero hoy venimos por algo urgente.
Hermes levantó una ceja.
—¿Qué buscan?
Erila dio un paso adelante.
—La espada de Thalor… y la varita de Vortex.
¿Sabes algo sobre ellas?
El anciano se quedó completamente quieto unos segundos.
Luego habló en voz baja: —Por supuesto que sé.
Freya sintió un escalofrío.
Hermes continuó: —La Espada de Thalor no se perdió… fue robada.
Pertenecía al guerrero Kael Draven, uno de los últimos campeones de las Montañas del Norte.
El ladrón lo asesinó para tomarla… y se dice que fue una mujer quien escapó entre la niebla con la hoja en su poder.
Erila abrió los ojos con sorpresa.
—¿Una mujer?
—Sí —asintió Hermes—.
Pero nadie supo jamás quién era.
Algunos dicen que desapareció entre los clanes selváticos… otros que cruzó el mar helado.
Freya tragó saliva.
—¿Y la varita de Vortex?
Hermes negó lentamente.
—La varita… esa es otra historia.
Hace treinta y dos años que no aparece en ningún registro, mapa o relato confiable.
Ni los magos de Sirion, ni los druidas del sur, ni los archivistas de Galandor pudieron rastrearla.
Erila apretó el puño.
—Entonces no tenemos pista alguna.
Hermes la miró fijamente.
—Quizá no.
O quizá sí… A veces, lo que no deja rastro, es porque alguien muy poderoso borró el rastro.
Silencio.
Freya y Erila se miraron.
La misión acababa de volverse mucho más grande de lo que imaginaban.
Las antorchas del pasillo apenas iluminaban el ambiente cuando Freya y Erila regresaron al castillo.
Al doblar la esquina, vieron a Dorian y Vesper esperándolas delante de la puerta de su habitación.
Dorian cruzó los brazos.
—Tardaron —dijo, aunque su tono dejaba ver alivio.
Vesper arqueó una ceja.
—¿Algo útil?
¿Alguna pista?
Erila se detuvo frente a ellos, respirando hondo después de la caminata.
—¿Listos?
Nosotras sí —dijo con determinación—.
Vamos.
Freya añadió: —Les explicaremos en el camino.
No podemos perder más tiempo.
Sin más palabras, el equipo se dirigió a los establos.
Los caballos estaban preparados, respirando vapor bajo la fría noche.
Dorian montó primero, mirando a su equipo con una mezcla de responsabilidad y ansiedad.
—Hacia el norte —ordenó—.
Hacia las Montañas del Eco.
Erila tomó las riendas con una sonrisa leve, aunque su mente seguía en lo que Hermes les había revelado.
Freya golpeó suavemente a su caballo.
—Que los vientos nos acompañen.
La puerta del establo se abrió y la luna iluminó los caminos exteriores.
Los cuatro salieron al galope, dejando Valdora atrás, atravesando la oscuridad con solo las estrellas como guía.
La búsqueda de la Espada de Thalor y la Varita de Vortex había comenzado.
Y nada volvería a ser igual.
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