una venganza ineludible - Capítulo 18
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18: Reina Morgana 18: Reina Morgana El galope constante rompía el silencio de la noche cuando Erila, mirando el horizonte oscuro, frunció el ceño.
—Dorian… ¿dijiste al norte?
Él asintió.
—Así es.
Hacia las Montañas del Eco.
Erila tomó aire, pensativa.
—Se me ocurrió una idea… pero es riesgosa.
Dorian tiró de las riendas, deteniendo su caballo.
Vesper y Freya frenaron también, atentos.
—Habla —dijo Dorian.
Erila los miró uno por uno.
—La reina Morgana.
Su reino no aparece en ningún mapa.
Justo como dijo Hermes… Dorian entreabrió los ojos.
—Hermes… ¿fueron con Her— No terminó la frase.
Una sombra gigantesca pasó sobre ellos.
Después otra.
El batir de alas de piedra rompió el viento.
Gárgolas.
Una descendió en picada directo hacia Vesper.
Él reaccionó instintivamente, sacando su daga y cortándole una pata antes de que la criatura pudiera destrozarlo.
—¡Corran!
—gritó Dorian.
Los cuatro salieron disparados entre los árboles, mientras las gárgolas chillaban detrás de ellos.
El bosque parecía torcido, casi encantado, como si cada tronco observara su paso.
Las criaturas los siguieron hasta que, súbitamente, un destello azul los envolvió.
Un campo de fuerza.
Los monstruos chocaron contra él… y se desvanecieron como polvo.
Los caballos frenaron, respirando agitadamente.
Frente a ellos, un reino surgía entre la niebla: luces suspendidas en el aire, música, tabernas abiertas, calles vivas pese a la noche.
—Dónde… dónde estamos —susurró Freya.
Un grupo de escoltas, vestidos con armaduras negras y capas bordadas con símbolos arcanos, se acercó.
—La reina Morgana los espera —dijo el guardia con voz firme—.
Síganme.
Los cuatro se intercambiaron miradas tensas, pero no tenían alternativa.
Las puertas se abrieron solas, movidas por magia.
La sala del trono estaba iluminada por cristales flotantes.
En el trono, con un abrigo oscuro y cabello como cuervos bajo luna, estaba la reina Morgana.
Sonrió suavemente al verlos.
—Bienvenidos, viajeros perdidos.
Tomen hospedaje y coman lo que deseen.
Aquí… encontrarán lo que buscan.
Vesper no pudo contenerse.
—¿Ah, sí?
¿Qué tal la Espada de Thalor?
Morgana le sostuvo la mirada sin inmutarse.
—La espada de Thalor perteneció al guerrero Thalor, quien la forjó para “el heredero sin trono”.
No importa quién la robe… Importa quién la domina.
Se inclinó un poco hacia adelante.
—Y tú, lindo… la dominas.
¿Cuál es tu nombre?
Vesper tragó saliva.
—Ves… Vesper.
—Perfecto, Vesper —dijo ella—.
Tú ya tienes la espada.
¿Qué más buscan?
Freya dio un paso.
—La varita de Vortex.
Morgana sonrió de una forma extraña.
No de burla… de reconocimiento.
—Tú, hija… tienes potencial.
Antes de ser reina de Frendal no me interesaba el poder, la magia quería una vida simple, yo era una noble y mi tío era el rey de Frendal, un día mi tío murió por desafiar a un elfo, pero no había otro heredero al trono mas que mi padre y madre y hasta que renunciaron soy reina y me arrepiento de haber pensado renunciar y es por ello que yo no creo en las casualidades.
Creo en el propósito.
Freya frunció el ceño.
—¿Sí… y?
La reina abrió su abrigo y sacó un objeto envuelto en tela violeta.
Al desplegarla, un brillo violeta líquido iluminó la sala.
—A ti te la daré —dijo Morgana, colocándola con cuidado en las manos de Freya—.
No la uses para el mal.
Úsala para el bien y no cometas el mismo error que mí tío Freya quedó inmóvil, sin saber si era un honor… o una carga terrible.
Morgana se levantó de su trono.
—Descansen.
Mañana regresarán a su hogar.
El destino ya se mueve… y ustedes están en su centro.
Las puertas se cerraron solas detrás del equipo.
La noche recién comenzaba.
El pueblo brillaba bajo la luz blanca de la luna.
Las casas de piedra tallada, los puentes curvos y las calles llenas de faroles mágicos formaban un paisaje que parecía salido de una pintura antigua.
Dorian caminaba al lado de Erila, y ambos miraban alrededor con asombro.
—Nunca pensé que Valdora tuviera rincones así —murmuró Erila, deteniéndose un momento frente a un jardín lleno de flores que flotaban suavemente a unos centímetros del suelo.
—Yo tampoco —admitió Dorian, aunque su mente estaba en otro lado, inquieta.
De pronto, él se detuvo y la miró serio.
—Ven conmigo.
Quiero respuestas.
Morgana dijo que tiene todo lo que buscamos… y yo quiero eso.
Erila no dudó ni un segundo.
—Voy con vos.
Lo que necesites.
Cruzaron el pueblo hasta llegar a la torre de la reina Morgana, un edificio oscuro con vitrales que cambiaban de color como si estuvieran vivos.
Dentro, el aire era fresco y olía a libros antiguos.
Dorian habló primero: —Queremos respuestas.
La reina los observó desde su trono, en silencio, y luego hizo un gesto suave con la mano.
—Acompáñenme.
Los condujo por un pasillo estrecho hasta una enorme biblioteca circular.
Miles de libros ascendían en espiral, y en el centro había una mesa de mármol negra.
Allí, Morgana dejó caer una bola de cristal que empezó a brillar lentamente.
—¿Qué quieren saber?
—preguntó con una calma inquietante.
Dorian apretó los puños.
—Respuestas.
Morgana sonrió sin alegría, frotando la superficie de la esfera.
—Ah… sí.
Joven príncipe.
Quieres saber quién es Eryon realmente.
Alzó la vista hacia él.
—Tengo las respuestas… pero no puedo dártelas.
Dorian frunció el ceño, sorprendido.
—¿Qué?
¿Por qué no?
—Sería mi perdición, jovencito.
—No digas ton— Pero no alcanzó a terminar.
Morgana continuó, girando la bola de cristal hacia Erila.
—Y tú… linda.
Tu padre no es lo que piensas.
Ten cuidado.
Erila dio un paso adelante, exaltada.
—¿Qué tiene mi padre?
¿Qué es lo que esconde?
—No lo sé con precisión —respondió la reina, sin apartar los ojos de la esfera—, pero es evidente que algo oculta.
Luego chasqueó los dedos.
—Shhh.
Ahora hagan silencio y acompáñenme.
Aunque llenos de preguntas, ambos obedecieron, impulsados por la curiosidad.
Morgana abrió una puerta lateral y los llevó a un balcón alto desde donde se veía el horizonte.
—Ahora escuchen bien —dijo con voz grave—.
Se aproxima una guerra.
Una terrible guerra.
Miró hacia las montañas.
—Y Vesper y Freya… ellos ya están listos para defender la primera oleada.
El viento frío sopló entre los tres, como si el mundo mismo confirmara sus palabras.
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