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una venganza ineludible - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 la primer batalla de cientos
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19: la primer batalla de cientos 19: la primer batalla de cientos El amanecer encontró a los ejércitos frente a frente en la llanura de Rethmar, un campo abierto donde el viento arrastraba polvo y presagios.

No había murallas que proteger, ni bosques que ocultaran retiradas.

Solo tierra, acero y voluntad.

Valdora llegó primero.

El estandarte azul y plata ondeaba al centro, con el nuevo rey observando desde una elevación natural.

Sus fuerzas eran limitadas, pero disciplinadas.

Infantería al frente, lanceros en los flancos, arqueros atrás.

No era un ejército para conquistar, sino para resistir.

Dorian y su equipo partieron de Fendral al amanecer.

Las puertas del reino se abrieron sin ruido, como si Morgana quisiera que su despedida pasara desapercibida.

Antes de cruzar el umbral invisible que protegía aquellas tierras, Dorian se volvió una última vez.

—Gracias por tu cooperación, reina Morgana —dijo con respeto.

Morgana no respondió con palabras.

Solo inclinó levemente la cabeza, con esa mirada que parecía saber siempre un poco más de lo que mostraba.

Montaron sus caballos y comenzaron a galopar con rapidez, dejando atrás el reino oculto.

El campo volvió a ser común, sin luces ni música, solo el viento golpeando los mantos y el sonido rítmico de los cascos contra la tierra.

Durante un largo trecho nadie habló.

Erila cabalgaba unos pasos detrás, absorta.

La advertencia de Morgana resonaba en su mente una y otra vez.

“Tu padre no es lo que piensas.” Miró el horizonte, pero no lo veía.

Pensaba en Aralik, en su firmeza, en su autoridad, en las decisiones que había tomado sin vacilar.

Decisiones que ahora, por primera vez, comenzaban a parecerle incompletas… o deliberadamente ocultas.

¿Qué sabía él que ella no?

¿Qué había hecho antes de ser rey?

Erila apretó las riendas con fuerza.

No sentía miedo.

Sentía algo peor: duda.

La batalla Zarion-Valdora Desde el horizonte avanzó una marea oscura.

Estandartes negros y rojos.

Magos, brujas, caballería pesada y filas interminables de soldados.

Sagram Varos no había venido a probar fuerzas: había venido a imponerlas.

El silencio entre ambos ejércitos fue largo.

Demasiado largo.

Entonces, el cuerno de Zharion sonó.

La primera oleada no fue de soldados, sino de magia.

El suelo tembló cuando los magos de Zharion levantaron muros de fuego y descargas de energía que avanzaron como una tormenta controlada.

Alarik alzó el brazo.

—¡Escudos!

Los magos de Valdora respondieron.

No con poder, sino con precisión.

Barreras simples, sostenidas al límite.

El choque de energías iluminó el campo como un falso amanecer.

Luego vino el avance.

La infantería chocó en el centro.

Espadas contra lanzas.

Escudos cerrados.

Nadie corría; todos empujaban.

Valdora sabía que no podía romper las líneas, solo ganar tiempo.

En el flanco izquierdo, la caballería de Zharion intentó rodear.

Alarik lo vio venir.

Dio la orden y los lanceros giraron en formación cerrada.

Caballos frenando, polvo en el aire, gritos ahogados.

La carga se rompió, pero no se detuvo.

Zharion no se agotaba.

Desde la retaguardia enemiga, nuevas filas avanzaban sin pausa.

Varos había traído más hombres de los necesarios solo para demostrar algo: podía perder miles y aun así ganar.

Alarik apretó los dientes.

Entonces ocurrió lo inesperado.

Una señal desde el centro de Zharion.

Los magos se replegaron.

La presión disminuyó de golpe.

El combate no terminó, pero cambió.

No era retirada.

Era advertencia.

Un cuervo negro cruzó el cielo y cayó cerca de la posición de Alarik.

Un mensajero de Zharion se adelantó, sin armas, con un pergamino sellado.

Alarik lo leyó en silencio.

No cambió su expresión.

Pero sus manos temblaron apenas.

Zharion no buscaba Valdora aún.

Esto había sido una demostración.

Un recordatorio de poder.

Al caer la tarde, los cuernos sonaron de nuevo.

Esta vez, para retirarse.

Zharion se marchó dejando el campo cubierto de humo, cuerpos y estandartes caídos.

Valdora seguía en pie… pero lo sabía: Aquello no había sido la guerra.

Solo el aviso.

Alarik miró el horizonte y habló en voz baja: —Prepárense.

La próxima vez no vendrán a probar fuerzas… vendrán a terminarlo todo.

Cuando Dorian y su equipo divisaron la llanura cubierta por miles de arqueros, el corazón se les aceleró.

—Llegamos tarde… —murmuró Dorian, creyendo que la batalla aún rugía.

Pero no había cuernos, ni choques de acero.

El combate ya había terminado.

El silencio era más inquietante que la guerra.

Desde el centro de las filas enemigas, Sagram Varos avanzó a caballo.

Su mirada recorrió al grupo sin prisa, hasta detenerse en Erila.

Bastó un segundo para entenderlo todo.

—La hija del rey de Valdora… —dijo con una media sonrisa—.

Qué giro tan conveniente.

Levantó el brazo.

—Captúrenlos.

Las filas se cerraron al instante.

Vesper fue el primero en reaccionar.

Desenvainó la espada de Thalor y se lanzó sin dudar.

Cada movimiento era preciso, decidido.

Freya, a su lado, alzó la varita y el aire vibró.

—¡Ahora!

—gritó ella.

La magia respondió.

Freya invocó Alzamiento del Velo, una oleada de energía que envolvió a Dorian, Erila y a ella misma, elevándolos varios metros por encima del suelo en un impulso violento de luz y viento.

—¡Vesper!

—gritó Dorian.

Pero ya era tarde.

Vesper cayó antes de que la magia lo alcanzara.

Desde el suelo, rodeado, siguió luchando.

Derribó a dos soldados más, incluso con las manos manchadas de tierra y sangre ajena.

No retrocedió ni pidió ayuda.

Finalmente, el peso de los números lo venció.

Cuando la magia se disipó, Dorian, Erila y Freya ya estaban lejos, obligados a huir.

Vesper quedó de rodillas, respirando con dificultad, pero con la mirada intacta.

Sagram Varos desmontó y se acercó lentamente.

—Pudiste haber corrido —dijo con calma—.

Muchos lo habrían hecho.

Vesper levantó la cabeza.

—Y vivir sabiendo que dejé a los míos atrás.

Sagram lo observó con interés genuino.

—Mataste a varios de mis hombres sin vacilar… incluso cuando ya estabas perdido.

—Se inclinó un poco—.

¿Cómo te llamas?

—Vesper.

—Vesper… —repitió Sagram—.

No tenés miedo.

O peor aún… sabés controlarlo.

Vesper escupió a un lado y sonrió apenas.

—Si vas a matarme, hacelo.

No me arrodillo ante tiranos.

Sagram soltó una breve risa.

—No.

A los hombres como vos no se los mata.

Se los guarda.

Hizo una seña a sus guardias.

—Llévenselo.

Es prisionero… pero tratenlo con cuidado.

Mientras se lo llevaban, Sagram Varos lo miró una última vez.

—Tal vez, Vesper… todavía seas útil en esta guerra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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