una venganza ineludible - Capítulo 20
- Inicio
- Todas las novelas
- una venganza ineludible
- Capítulo 20 - 20 el pasado volviendo al presente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: el pasado volviendo al presente 20: el pasado volviendo al presente El ejército de Sagram Varos avanzó hacia Zharion sin prisa.
No había cantos ni celebraciones.
Solo disciplina y resistencia.
Durante cuatro días, el sol castigó sin clemencia las columnas de soldados que cruzaban tierras secas, donde el aire parecía arder.
Vesper marchaba encadenado, pero erguido.
Observó a la gente de Zharion en los caminos: hombres y mujeres curtidos por el calor, niños que caminaban largas distancias sin agua visible, mercados que funcionaban aun bajo el sol más despiadado.
No vio quejas.
Vio adaptación.
—Resisten porque no tienen opción… —pensó.
Al llegar al castillo, una fortaleza de piedra oscura levantada contra el desierto, Vesper fue conducido a las mazmorras inferiores.
El aire era espeso, sofocante.
El calor no era accidental: era parte del castigo.
No grilletes, no tortura directa.
Solo espera… y desgaste.
En Valdora, la noticia cayó como un golpe seco.
Freya habló frente a Aralik sin rodeos.
—Vesper tiene la espada de Thalor.
Y está prisionero en Zharion.
Tenemos que ir por él.
Mande un equipo de rescate, los mejores caballeros que…
Aralik la interrumpió de inmediato.
Su expresión cambió apenas, lo suficiente para que Freya lo notara.
—Llamen a Selene —ordenó.
Los guardias abedecieron su orden —¿Me está ignorando, majestad?
No me puede ignorar— dijo furiosa —Cálmese— dijo el rey Cuando Selene fue traída a la sala, Aralik pidió que Freya se retirara.
La puerta se cerró.
El silencio pesó.
—Dime la verdad —dijo Aralik—.
¿Tú le diste la espada a Vesper?
Selene frunció el ceño, genuinamente confundida.
—No.
No habría por que hacerlo.
—Confío en ti, Selene.
Te puedes retirar Luego lo miró fijamente.
—Pero yo tengo una petición.
El rey curioso preguntó— ¿Cuál es tu petición?
—Quiero ver a Lucius.
Aralik respiró hondo.
—Está bien.
En seis días partirás escoltada.
Lo permitiré.
Selene se dio vuelta para marcharse, pero la voz del rey la detuvo.
—Dorian y Erila lo sabrán.
Selene no respondió.
Solo salió.
Zharion En la cena, las puertas de la sala real se abrieron para Vesper.
El contraste fue brutal.
Sagram Varos comía rodeado de nobles, vino y risas contenidas.
A su derecha, sentado con calma inquietante, estaba Eryon.
Vesper lo vio… y su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Intentó avanzar.
Los guardias lo detuvieron al instante.
—Tú… —escupió Vesper—.
No deberías estar respirando.
Eryon lo observó con frialdad.
—Seguís atacando sin pensar.
No cambiaste tanto.
—¿Que necesidad había de que ataques?
—No lo entenderías, niñito— Lo dijo en tono burlón —acabas de llamarme niñito, mal…
Las palabras chocaron.
Viejas tensiones, sin nombres, sin explicaciones.
Sagram levantó la mano.
—Basta.
El salón quedó en silencio.
—Vesper —dijo el rey—.
Te enviaré a una misión en nombre de Zharion.
—No sirvo a tiranos.
—No es una orden —intervino Sagram—.
Es una oportunidad.
Vesper lo miró con desprecio.
—¿Por qué me ayudarías?
Eryon dio un paso al frente.
—Si cumplís la misión sin perjudicarme a mí ni al reino de Zharion… —hizo una pausa— te reencontrarás con tu hermano.
El nombre no fue dicho.
Pero algo se quebró.
Vesper guardó silencio.
Entonces Eryon se acercó… demasiado.
La voz no sonó en la sala.
Sonó en su mente.
No lo recordás… pero no naciste en Valdora.
Tu reino ya no existe.
Tu padre los protegió.
Los separó.
A cada uno les dio un objeto.
La imagen apareció: dos niños, una despedida, fuego a lo lejos.
A vos, la espada de Thalor.
A tu hermano… eso lo descubrirás.
El contacto se cortó.
Eryon dio media vuelta.
—Llévenlo de regreso a la celda.
Cuando Vesper fue sacado, Sagram miró a Eryon con interés.
—¿Está bien este que te traje?
Eryon no dudó.
—El mejor de todos.
Mejor dicho, el más débil.
La mañana en Zharion no trajo alivio.
El sol ya ardía cuando Eryon descendió a las mazmorras.
El aire era pesado, inmóvil, como si el calor también fuera parte de la prisión.
Vesper estaba sentado contra la pared de piedra, cubierto de sudor, los ojos abiertos pero alerta.
Eryon se detuvo frente a la celda.
—¿Lo pensaste?
—preguntó sin rodeos.
Vesper levantó la mirada con lentitud.
No había desafío en sus ojos.
Tampoco sumisión.
—Sí —respondió—.
Lo haré.
Eryon lo observó unos segundos más, como si midiera si aquella respuesta era real o fruto del agotamiento.
—Bien —dijo al fin—.
Entonces escucha con atención cuando te hablen.
No habrá segundas oportunidades.
Hizo una seña.
Las rejas se abrieron con un chirrido seco.
Dos guardias tomaron a Vesper por los brazos, pero él caminó por su cuenta.
No tropezó.
No bajó la cabeza.
Atravesaron pasillos de piedra hasta salir al cuartel central, donde el bullicio de soldados entrenando contrastaba con el silencio de las mazmorras.
Allí los esperaba Sagram Varos.
El rey estaba de pie frente a una mesa cubierta de mapas.
A su lado, un hombre alto, de armadura oscura y mirada severa: el general Arven Korr, estratega principal de Zharion.
—Así que este es el guerrero —dijo Arven, evaluando a Vesper sin disimulo—.
Esperaba a alguien más… quebrado.
—No se quiebra fácil —respondió Sagram—.
Por eso está aquí.
Sagram se acercó un paso.
—Escucha bien, Vesper.
Cruzaremos el desierto del Sol Partido.
No hay rutas seguras ni agua suficiente.
Si intentas escapar, morirás.
Si fracasas, también.
Vesper no respondió.
El rey continuó: —En el límite del desierto nos encontraremos con los duendes de Keshra.
Es una pandilla de contrabando que trabaja para nosotros por su anonimato.
Ellos nos guiarán.
Arven extendió un dedo sobre el mapa.
—Hacia la caverna de los troles, en las montañas más cercanas.
Un lugar que ni siquiera nuestros exploradores saben con certeza que hay.
—¿Y qué quieren de los troles?
—preguntó Vesper por primera vez.
Sagram lo miró fijamente.
—Un trol.
El silencio pesó.
—El mensajero de Grumhald, líder de los troles —añadió Arven—.
Llevó un mensaje de alguien muy poderoso en nombre de Grumhald, después de eso tuvo derecho a retirarse, lo que terminó haciendo —¿Por qué no van ustedes?
—preguntó Vesper—.
Tienen ejército.
Arven soltó una risa corta.
—Porque los troles masacrarían a un ejército.
Pero a un grupo pequeño… quizá lo escuchen.
Sagram se inclinó hacia Vesper.
—No queremos guerra con los troles.
Queremos a ese mensajero con vida.
Tú serás la punta de lanza.
Nosotros observamos.
Si las cosas salen mal… —se encogió de hombros— Zharion no habrá perdido nada.
Vesper apretó los dientes.
—Y si lo logro.
Sagram sonrió apenas.
—Entonces demostrás que Eryon no se equivocó contigo.
Vesper giró la cabeza hacia Eryon, que permanecía en silencio, apoyado contra una columna.
—¿Esto también es parte de tu juego?
—le espetó.
Eryon sostuvo su mirada.
Arven dio una palmada seca.
—Prepárense.
Partimos antes del mediodía.
Los guardias comenzaron a moverse.
Vesper fue escoltado hacia la armería, donde le devolvieron su equipo básico.
La espada de Thalor fue colocada frente a él.
Cuando la tomó, sintió el peso familiar.
No físico.
Algo más profundo.
Antes de retirarse, Sagram habló una última vez: —Recuerda esto, Vesper.
No te pedimos lealtad.
Solo resultados.
Sagram se acercó más y, en voz baja, añadió: — también… cada paso que des en ese desierto te acerca a una verdad que evitaste toda tu vida.
Vesper no respondió.
Apretó la empuñadura de la espada y caminó hacia la luz abrasadora del exterior, sabiendo que aquel encargo no era solo una misión.
Era una prueba de identidad.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com