una venganza ineludible - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Caminos y cadenas
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21: Caminos y cadenas 21: Caminos y cadenas El desierto del Sol Partido no daba advertencias: castigaba.
El grupo avanzaba en silencio, seis figuras recortadas contra un horizonte que parecía no terminar nunca.
Vesper caminaba al frente, seguido por el general Arven Korr y cinco soldados veteranos de Zharion.
Sus capas claras estaban empapadas de sudor, y cada respiración parecía más pesada que la anterior.
El sol caía sin piedad, como si el cielo mismo rechazara a los intrusos.
Después de horas de marcha, Vesper rompió el silencio.
—General —dijo sin detenerse—.
Hay algo que no entiendo.
Arven lo miró de reojo, sin frenar el paso.
—Habla.
—Vamos a tratar con troles —continuó Vesper—.
Criaturas que no confían en nadie.
Que odian a los humanos.
¿Por qué ir hacia ellos sin saber realmente qué buscan?
¿Por qué arriesgar hombres por algo que ni siquiera está claro?
Uno de los soldados tensó la mandíbula, incómodo.
Arven, en cambio, sonrió apenas.
—Ahí está el error —respondió—.
La mayoría de las personas se detiene en el por qué.
Vesper frunció el ceño.
—¿Y no es importante?
—Lo es… para quienes dudan —dijo Arven—.
Los pueblos libres, los filósofos, los reyes jóvenes.
Ellos preguntan por qué.
Necesitan sentido antes de moverse.
Hizo una pausa y señaló a los soldados con la cabeza.
—Los sirvientes de Zharion no funcionan así.
Nosotros pensamos en el cómo.
—¿Cómo obedecer?
—preguntó Vesper.
—Cómo cumplir —corrigió Arven—.
Cómo cruzar un desierto sin agua suficiente.
Cómo entrar en territorio hostil sin desatar una guerra.
Cómo volver con vida.
El por qué no cambia la orden.
El cómo decide si vivimos.
Vesper guardó silencio unos segundos.
El viento caliente levantó arena que se coló en sus ojos y en su boca.
—¿Y usted nunca se pregunta por qué pelea?
—insistió.
Arven lo miró esta vez de frente.
—Me lo pregunté una vez —dijo—.
Perdí a treinta hombres ese día.
Desde entonces aprendí que el por qué debilita cuando el mundo exige acción.
Uno de los soldados, el más joven, murmuró: —Zharion no necesita dudas.
—Exacto —respondió el general—.
Zharion necesita resultados.
El grupo siguió avanzando.
El calor era insoportable, y aun así nadie se detenía.
Vesper comprendió entonces algo inquietante: aquellos hombres no eran fanáticos ni bestias.
Eran herramientas perfectas, moldeadas para ejecutar sin cuestionar.
Y por primera vez, se preguntó si eso era fuerza… o una forma distinta de esclavitud.
A lo lejos, entre las ondas del aire caliente, comenzaron a dibujarse las primeras sombras de piedra.
El cuartel de la pandilla de duendes se alzaba como una herida abierta en la roca: pasadizos irregulares, antorchas verdosas y un murmullo constante de voces, trueques y risas ásperas.
Apenas Arven Korr cruzó el umbral, algo quedó claro para Vesper: nadie los iba a detener.
Los duendes se apartaban con rapidez, bajaban la mirada o inclinaban la cabeza, como si no estuvieran ante soldados… sino ante reyes.
Desde una plataforma elevada, apareció el líder del grupo, un duende de orejas largas y ojos amarillos, cubierto de joyas desparejas.
Sonrió mostrando dientes afilados.
—¿Qué lo trae por aquí, señor Korr?
—dijo con tono burlón—.
Le recuerdo que ya le pagamos nuestra parte.
Arven no cambió el gesto.
—Shh —respondió en voz baja—.
No frente a mis hombres.
Vesper lo oyó.
Y entendió.
No hacía falta más: monedas sucias, favores forzados y silencios comprados.
Korr no protegía a los duendes; los controlaba.
El líder también lo comprendió y tragó saliva.
—Venimos para que nos guíes a la caverna de troles —continuó el general.
El duende parpadeó, sorprendido, y luego asintió con rapidez.
—Ahh… sí, sí, por supuesto.
De inmediato, señor.
Se giró y gritó: —¡Tú!
¡Grimzak!
¡Ven aquí ahora mismo!
Mientras esperaban, Vesper observó alrededor.
El cuartel era un hervidero de comercio ilegal: frascos de polvo de hadas que brillaban tenuemente, libros antiguos con símbolos arcanos prohibidos, jaulas con plantas sanadoras arrancadas de bosques sagrados.
Todo se vendía.
Todo tenía precio.
Grimzak llegó corriendo, un duende más joven, con una mochila gastada y un bastón torcido.
—Guía a estos humanos a la caverna de troles —ordenó el líder—.
Y hazlo bien.
El trayecto fue tenso.
A medida que se alejaban del cuartel, el paisaje se volvía más oscuro y rocoso.
Grimzak caminaba delante, nervioso.
—Tengan cuidado —advirtió—.
Los troles odian a los humanos.
Son fuertes… y no olvidan.
—¿Por qué tanto odio?
—preguntó Vesper—.
Nadie parece saberlo.
El duende dudó, luego suspiró.
—Yo sí lo sé.
Es una historia vieja.
Hace cientos de años, los humanos estaban en guerra contra los ogros.
Los troles eran sus aliados.
Pero un humano descubrió que los troles eran… valiosos.
Los soldados escuchaban en silencio.
—Así nació el “cazatrol” —continuó Grimzak—.
Humanos que los cazaban, los capturaban para sacarles información… o peor.
Aunque la guerra terminó, la caza no.
Desde entonces, los troles no distinguen entre humano bueno o malo.
Para ellos, todos son iguales.
El silencio se hizo pesado.
Finalmente, la roca se abrió ante ellos.
Una entrada inmensa, oscura y profunda: la caverna de los troles.
Grimzak se detuvo.
—Hasta aquí los llevo —dijo—.
Lo que pase después… ya no es cosa mía.
Vesper miró la oscuridad.
Sabía que estaban cruzando otro límite.
Y que no todos saldrían iguales de allí.
Arven Korr no lo obligó.
Solo asintió y le hizo una seña para que se marchara.
El eco de los pasos del duende se perdió rápido, como si la montaña misma lo hubiera tragado.
Quedaron Vesper, el general Arven Korr y los cinco soldados.
—En fila —ordenó Korr—.
Y no miren a los ojos de un trol si quieren seguir respirando.
Avanzaron.
La caverna se abría en túneles gigantescos, esculpidos a golpes de fuerza bruta.
Las paredes estaban marcadas con símbolos antiguos, no mágicos, sino advertencias.
Vesper apretó la empuñadura de la espada de Thalor.
La hoja vibró levemente, como si reconociera el lugar.
Entonces, el primer rugido sacudió el suelo.
Salieron de las sombras como montañas vivas.
Troles.
Altos, de piel pétrea y ojos brillantes como brasas.
Uno de ellos cargó sin dudar.
El primer soldado apenas tuvo tiempo de gritar antes de ser lanzado contra la pared con un golpe seco.
Otro intentó huir.
No llegó lejos.
—¡Protejan al prisionero!
—gritó Korr.
Vesper no esperó órdenes.
Se movió por instinto.
La espada cortó el aire y, por primera vez, respondió.
No fue solo fuerza: fue precisión, como si la hoja supiera dónde golpear.
Un trol cayó de rodillas, rugiendo, no muerto… pero incapacitado.
La lucha fue corta y brutal.
Uno a uno, los soldados fueron cayendo.
Korr luchó con fiereza, derribando a un trol antes de ser aplastado por otro.
El sonido de huesos rompiéndose retumbó por toda la caverna.
Y entonces, silencio.
Vesper quedó solo.
Rodeado.
Un trol más grande que los demás avanzó lentamente.
Llevaba marcas ceremoniales y un colgante de piedra negra.
El líder.
Detrás de él, encadenado con grilletes de roca, estaba el mensajero: un trol más pequeño, viejo, pero con ojos inteligentes.
—Humano… —gruñó el líder—.
Vienes por él.
Vesper bajó la espada… apenas.
—No vine a matar —dijo—.
Vine a sacarlo con vida.
Si querían mi sangre, ya la habrían tomado.
El líder lo observó largo rato.
Luego miró la espada.
—Esa hoja… no te pertenece solo a ti.
—Lo sé —respondió Vesper—.
Pero hoy la empuño yo.
Hubo un murmullo entre los troles.
El líder dio un paso atrás.
—Llévatelo —dijo finalmente—.
Pero recuerda esto, humano: las deudas antiguas no mueren.
Las cadenas se rompieron con un gesto.
El mensajero se acercó a Vesper, sorprendido de seguir con vida.
Salieron de la caverna sin que nadie los detuviera.
Al amanecer del día siguiente, las murallas de Zarion surgieron del horizonte como una herida de piedra en medio del desierto.
Vesper apenas se mantenía erguido sobre el caballo.
El sol lo golpeaba sin piedad, los labios partidos, la garganta ardiendo.
Cuando cruzaron las puertas, Sagram Varos ya los esperaba en el patio central, flanqueado por estandartes carmesí.
A su lado, inmóvil como una sombra larga, estaba Eryon.
Vesper descendió del caballo casi cayendo.
Dio dos pasos y se detuvo.
—Agua… —pidió con voz rota.
Uno de los sirvientes dudó, pero Sagram hizo un gesto seco con la mano.
Le acercaron una cantimplora.
Vesper bebió con desesperación, el agua corriéndole por la barbilla, devolviéndole poco a poco la vida.
Eryon lo observaba en silencio, con una expresión imposible de leer.
El mensajero trol, aún encadenado, fue empujado hacia adelante.
—¿Su nombre?
—preguntó Sagram.
—Brukhan, portavoz de las cavernas del oeste —respondió el trol con voz grave.
—A las mazmorras —ordenó el rey—.
Con vida.
Por ahora.
Las puertas de hierro se cerraron tras él con un estruendo que resonó en todo el castillo.
Esa noche, Vesper no durmió.
El cansancio lo tenía atrapado entre la vigilia y los recuerdos.
Al amanecer pidió ver a Eryon.
Cuando finalmente estuvieron solos, el silencio pesó más que cualquier palabra.
—Me dijiste que, si cumplía la misión… —comenzó Vesper— podría reencontrarme con mi hermano.
Eryon lo miró largo rato.
Luego sacó un mapa antiguo, de bordes gastados, y se lo tendió.
—No siempre puedo abrir caminos —dijo—.
A veces solo puedo señalar direcciones.
Este mapa te guiará a lo que tengas en mente… o a lo que aún no recuerdas.
Vesper lo tomó con manos temblorosas.
—¿Eso es todo?
Eryon asintió apenas.
—Es suficiente.
Ordenó a unos reclutas que le prepararan un caballo.
Cuando Vesper montó y se dispuso a partir, Eryon habló por última vez: —Buena suerte, Vesper.
La necesitarás más de lo que crees.
Las puertas de Zarion se abrieron, y Vesper cabalgó hacia lo desconocido, con un mapa, más preguntas que respuestas… y un destino que ya estaba en movimiento.
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