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una venganza ineludible - Capítulo 22

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22: triple búsqueda 22: triple búsqueda El día de la partida de Selene llegó sin anuncios ni celebraciones.

El cielo sobre Valdora estaba despejado, pero el aire se sentía pesado, como si el reino supiera que algo importante estaba por separarse.

Selene se inclinó frente a Dorian, tomó su rostro entre las manos y lo observó con una mezcla de orgullo y preocupación.

—Cuida del reino —le dijo en voz baja—.

Y cuídate tú.

Dorian asintió, conteniendo palabras que no quería decir frente a los guardias.

Se abrazaron con fuerza, y Selene montó el caballo escoltada por seis jinetes.

Cuando cruzó las puertas, no miró atrás.

Apenas la comitiva se perdió en el camino, Erila caminó junto a su padre hacia el salón del desayuno.

El lugar estaba bañado por la luz de la mañana.

Pan caliente, frutas y vino claro aguardaban sobre la mesa.

Aralik se sentó con calma, como si nada hubiera cambiado en el mundo.

—La comida está bien preparada hoy —comentó, rompiendo el silencio—.

¿Te agrada?

Erila tomó un trozo de pan, lo dejó en el plato sin probarlo y levantó la vista.

—¿Me escondes algo, papá?

Aralik no se sobresaltó.

Sonrió con naturalidad y bebió un sorbo de vino.

—No —respondió—.

No hay nada que esconder.

Erila sostuvo su mirada unos segundos más, buscando una grieta que no apareció.

El silencio volvió a caer, espeso e incómodo.

Ninguno insistió.

Ninguno comió.

— El viaje a Galandor fue largo, pero ordenado.

Las murallas blancas surgieron imponentes, adornadas con estandartes dorados.

Selene fue recibida en la entrada principal por el rey Aldric, impecable como siempre, con esa serenidad que lo hacía parecer inmutable al paso del tiempo.

—Debes estar muy hambrienta —dijo con una sonrisa sincera—.

Ven, acompáñanos a nuestro gran banquete.

—Gracias, Aldric —respondió Selene—.

Acepto.

El salón del banquete rebosaba de vida: música suave, copas llenas, platos abundantes.

Selene tomó asiento junto al rey, y pronto la conversación fluyó.

—Galandor prospera —comentó ella—.

Siempre lo hace.

—No es suerte —respondió Aldric—.

Es constancia.

Y memoria.

Aprendimos a no repetir errores.

Selene sonrió, nostálgica.

—Recuerdo cuando te veía entrenar en el patio, aún príncipe.

Creías que gobernar era solo ganar batallas.

Aldric rió suavemente.

—Y tú me decías que gobernar era escuchar.

No siempre lo hice.

—Pero aprendiste —replicó Selene—.

Eso ya es más de lo que muchos logran.

Hablaron de reinos, de viejos acuerdos, de tiempos en los que todo parecía más simple.

Entonces, el murmullo del salón cambió.

Lucius apareció entre los nobles.

Selene se puso de pie al instante y lo abrazó con una fuerza que sorprendió a ambos.

—¿Sabes que Aralik me ha echado del trono?

—dijo ella, sin rodeos—.

Y a ti también.

Lucius respiró hondo, manteniendo la compostura.

—Tranquila.

Es parte del proceso.

No hay de qué preocuparse.

Selene se apartó apenas, con los ojos encendidos.

—Sí… claro.

¿Entonces por qué escapaste de casa?

—Es una larga historia —respondió él.

—Sí, es larga —dijo Selene—.

Comencemos por algo simple.

¿Por qué Eryon te buscó a ti si se suponía que estaba muerto?

Lucius sostuvo su mirada.

No había sorpresa, solo una firmeza tensa, casi desafiante.

El ruido del salón pareció desvanecerse.

Selene entendió, en ese silencio, que las respuestas no llegarían allí.

—Bien —murmuró—.

Ya es suficiente.

Se giró, caminó hacia la salida sin despedidas ni reproches finales.

Las puertas de Galandor se abrieron para dejarla pasar.

Detrás quedaban los banquetes, los reyes… y las verdades que nadie quería pronunciar.

En las profundidades de Zharion, una sala de las mazmorras estaba iluminada apenas por antorchas cansadas.

Las sombras se alargaban sobre las paredes de piedra.

Eryon permanecía de pie frente al mensajero encadenado.

No había prisa en su postura, ni rabia visible.

Solo paciencia.

—Grumhald te envió a darle un mensaje a alguien —dijo Eryon con voz baja—.

A un mendigo.

El mensajero levantó la cabeza con esfuerzo.

Tenía el rostro ensangrentado, pero aún conservaba una sonrisa torcida.

—Un mendigo… sí —respondió con dificultad—.

Barba larga.

Cara algo arrugada.

Bastante feo, si me preguntas.

Eryon inclinó apenas la cabeza.

—Ese mismo.

—Tomó un martillo de la mesa cercana y lo sostuvo con tranquilidad—.

Quiero que me digas dónde está.

Dónde le enviaste el mensaje.

El mensajero soltó una risa débil.

—¿Eso es todo?

Pensé que querías algo importante.

Eryon no respondió.

Dio un paso adelante y dejó caer el martillo contra el suelo, justo al lado del prisionero.

El sonido retumbó en la sala.

—No pongas a prueba mi paciencia —dijo—.

No hoy.

—Paciencia… —murmuró el mensajero—.

Curiosa palabra para alguien que gobierna ejércitos.

—No gobierno ejércitos —corrigió Eryon—.

Los conduzco.

Y tú me estás haciendo perder tiempo.

El mensajero escupió sangre al suelo.

—¿Sabes qué es gracioso?

—dijo—.

Que todos ustedes creen que ese mendigo importa.

No es nadie.

Eryon alzó el martillo y golpeó.

No fue un golpe brutal ni desmedido, pero fue suficiente para arrancarle un grito al mensajero.

Eryon se mantuvo impasible.

—Habla.

—Está bien… está bien… —jadeó el mensajero—.

Siempre igual con ustedes.

Golpes primero, preguntas después.

—Te di la oportunidad de hablar antes —replicó Eryon—.

La desperdiciaste.

El mensajero respiró hondo, intentando recuperar aire.

—¿Sabes qué te molesta de verdad?

—dijo—.

Que no entiendes por qué Grumhald confía en él.

Eryon lo observó con frialdad.

—No me interesa por qué confía.

Me interesa dónde está.

—Al… —el mensajero tosió— colegio de… Eryon levantó el martillo otra vez, sin golpear.

—Termina la frase.

—Aurores —dijo finalmente—.

El colegio de aurores.

—¿Cuál…

Que colegio?—pregunto desesperado —Ly…

Lythaen Eryon permaneció en silencio unos segundos.

Luego bajó el martillo y lo dejó sobre la mesa.

Se acercó al prisionero y, para sorpresa de este, comenzó a desatar sus cadenas.

—¿Qué haces?

—preguntó el mensajero, desconcertado.

Eryon sacó una pequeña botella y se la mostró.

—Cumpliste —dijo—.

Te prometí que vivirías si hablaba.

Yo cumplo mis promesas.

Le dio la poción.

El mensajero la bebió con desconfianza, pero pronto sintió cómo el dolor disminuía y las heridas se cerraban.

—Eres un bastardo raro —murmuró.

—Eso ya me lo han dicho —respondió Eryon—.

Muchas veces.

Se dio la vuelta y salió de la sala sin mirar atrás.

— Minutos después, Eryon se encontraba en el patio principal de la fortaleza.

Quinientos cuarenta hombres formaban filas perfectas.

El silencio era absoluto.

—Escuchen bien —dijo con voz firme—.

Alístense.

En una hora partimos al este.

Vayan, compren lo que deban comprar.

Comida, agua, pociones.

Nada innecesario.

Un murmullo breve recorrió las filas.

—Nuestro destino es el colegio de aurores.

Los soldados se dispersaron con rapidez.

En menos de veinte minutos, la ciudad bullía de actividad: bolsas de provisiones, frascos de vidrio tintineando, joyas intercambiadas por suministros, odres llenándose de agua.

No había pánico, solo preparación.

Eryon observó desde lo alto de las murallas.

Sabía que el mensaje había sido enviado.

Y ahora, el juego había comenzado.

Vesper cabalgó durante dos días siguiendo el mapa que Eryon le había entregado.

No había caminos marcados, solo indicios: una colina partida como un diente roto, un río seco que serpenteaba como una cicatriz antigua, tres piedras erguidas señalando el este.

El mapa no guiaba con precisión; parecía exigir intuición más que obediencia.

Cuando finalmente llegó, no encontró un templo, ni una fortaleza, ni siquiera un pueblo olvidado.

Solo ruinas.

Columnas derrumbadas cubiertas de musgo, muros partidos por el tiempo y la guerra, piedras negras calcinadas que aún parecían conservar el calor de un incendio antiguo.

El viento soplaba entre los restos, produciendo un silbido bajo, casi como un lamento.

Vesper desmontó y avanzó a pie, con la espada de Thalor colgada a la espalda, sintiendo un peso distinto al habitual, como si el arma reconociera el lugar.

—¿Esto es todo…?

—murmuró.

El silencio fue la única respuesta.

Caminó entre los escombros.

No había símbolos claros, ni inscripciones legibles.

Solo fragmentos: una estatua sin rostro, un arco derruido, restos de lo que alguna vez fue una plaza.

Se agachó y recogió un trozo de piedra tallada.

No entendía el idioma, pero algo en las líneas le resultó familiar, inquietantemente cercano.

La espada vibró apenas.

No como advertencia.

Como recuerdo.

Vesper cerró los ojos.

Por un instante creyó oír voces: pasos apresurados, gritos lejanos, el choque del metal.

Abrió los ojos de golpe.

Nada.

Solo ruinas y viento.

—Aquí hubo algo —dijo en voz baja—.

Algo importante.

Pero el mapa no ofrecía más.

No había otro símbolo, ninguna marca final.

Como si su propósito no fuera mostrarle una respuesta, sino enfrentarle una ausencia.

El sol comenzó a caer, tiñendo las ruinas de rojo.

Vesper comprendió entonces que aquel lugar no estaba destinado a darle verdades inmediatas.

Era un punto de origen… o de pérdida.

Montó de nuevo, con el pecho cargado de dudas.

Si ese sitio significaba algo, aún no era el momento de entenderlo.

Tal vez Valdora tenía piezas que él todavía no veía.

Mientras se alejaba, no supo si abandonaba un lugar vacío… o si acababa de despertar algo que llevaba demasiado tiempo dormido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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