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una venganza ineludible - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 el profesor
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23: el profesor 23: el profesor La Escuela Alquímica de Aurores de Lythaen se alzaba como un bloque de piedra gris y vidrio ahumado entre colinas cubiertas de niebla.

No tenía estandartes ni símbolos de reinos: solo círculos grabados en las paredes, antiguos sellos alquímicos que parecían observar a quien se acercaba.

Allí no se entrenaban soldados ni magos de guerra, sino algo más peligroso: mentes capaces de transformar la materia… y la historia.

Eryon cruzó el umbral sin escolta.

Su sola presencia bastó para que el murmullo del vestíbulo se apagara.

Estudiantes con túnicas manchadas de reactivos se apartaron instintivamente, algunos fingiendo no mirar, otros clavando los ojos en él con una mezcla de curiosidad y temor.

El olor a metales, hierbas y líquidos volátiles impregnaba el aire.

Se detuvo frente a un hombre bajo, encorvado, con un manojo de llaves colgándole del cinturón: el conserje.

Barría con parsimonia, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.

—Busco a un anciano —dijo Eryon, sin elevar la voz—.

Ropa vieja.

Rota.

Ojos cansados.

Demasiado lúcido para su aspecto.

El conserje siguió barriendo.

No lo miró.

—Aquí solo hay maestros, alumnos y recuerdos —respondió—.

Los ancianos no duran mucho en Lythaen.

Eryon lo observó unos segundos más.

No había mentira en la voz, pero sí omisión.

Asintió apenas.

—Entonces llévame con el director.

El conserje dudó.

Solo un instante.

Luego dejó la escoba apoyada contra la pared y comenzó a caminar por uno de los pasillos circulares.

No dijo una palabra más.

El despacho del director era amplio, cargado de libros y frascos sellados con cera negra.

Tras un escritorio de madera oscura se encontraba Maese Arkhavel, un hombre de barba cuidada y mirada analítica.

No mostró sorpresa al ver a Eryon entrar.

—Pensé que este día llegaría antes o después —dijo—.

El mundo está inquieto.

Se nota incluso aquí.

Eryon no se sentó.

—El mundo siempre está inquieto —respondió—.

Solo que ahora dejó de fingir estabilidad.

Hablaron unos minutos.

De reinos tensos, de rutas cerradas, de ingredientes imposibles de conseguir por culpa de guerras que aún no habían sido declaradas oficialmente.

Arkhavel escuchaba con atención genuina; no defendía bandos, describía síntomas.

Entonces Eryon fue directo.

—Bueno.

Vine hasta aquí porque busco a un ladrón.

Y ese ladrón vino a refugiarse en esta escuela.

¿Podría ayudarme a encontrarlo?

El director entrelazó los dedos.

No negó la acusación.

Tampoco la confirmó.

—Lythaen es neutral —dijo—.

Pero no ciega.

Sabemos a quién te referís.

Aun así, no puedo entregarte a nadie sin pagar un precio.

Eryon alzó una ceja, apenas.

—Habla.

—Uno de nuestros profesores de pociones improvisadas desapareció hace dos días —explicó Arkhavel—.

Cuatro jornadas de clases quedaron en el aire.

Reemplázalo.

Cuatro días.

Mientras tanto, todo el personal de la escuela buscará a tu ladrón.

Sin excepciones.

El silencio se tensó.

Eryon recorrió la sala con la mirada, como si evaluara algo más que una simple propuesta.

—¿Sabes quién soy?

—preguntó.

—Sí.

—¿Y aun así quieres que enseñe a tus alumnos?

—Precisamente por eso.

Eryon sonrió, sin humor.

—Me conoces bien, Arki.

Arkhavel asintió lentamente.

—Entonces, bienvenido a Lythaen, profesor Eryon.

Que tus lecciones sean… memorables.

Lo dijo sonriendo Eryon se dio media vuelta y salió.

Cuatro días.

Un ladrón.

Y una escuela que pronto aprendería que algunas pociones no se preparan en frascos, sino en decisiones.

Al salir de la sala del director, Eryon apenas había dado tres pasos cuando la voz de Maese Arkhavel resonó por toda la Escuela Alquímica de Aurores de Lythaen, amplificada por antiguos conductos de resonancia tallados en la piedra.

—Atentos, alumnos y profesores —anunció con un tono deliberadamente relajado—.

Desde hoy tenemos un nuevo profesor reemplazante de pociones improvisadas.

Ténganle respeto.

Es vengativo.

Pueden llamarlo… profesor Eryon.

Hubo una pausa.

Breve.

Densa.

Algunos alumnos rieron nerviosos, creyendo que se trataba de una broma entre viejos conocidos.

Otros no rieron en absoluto.

Los profesores intercambiaron miradas rápidas, conscientes de que Arkhavel jamás bromeaba sin un motivo oculto.

El nombre había caído como una piedra en un estanque quieto, rompiendo cualquier sensación de normalidad.

Eryon no se detuvo.

No giró la cabeza.

No respondió al anuncio.

Siguió caminando por el pasillo principal, sus botas resonando con un eco seco sobre el mármol gris.

A ambos lados, los estudiantes se apartaban sutilmente, como si una corriente invisible los empujara.

Nadie hablaba.

Nadie respiraba fuerte.

Solo lo observaban.

Había miradas de curiosidad, de temor, de admiración contenida.

Algunos lo reconocían por historias deformadas, relatos exagerados contados en susurros en dormitorios y bibliotecas.

Otros simplemente sentían el peso de su presencia, algo difícil de explicar pero imposible de ignorar.

Eryon caminaba como alguien que no debía nada a ese lugar… y aun así lo dominaba.

Atravesó el vestíbulo central y empujó las grandes puertas de hierro de la entrada principal.

El aire exterior lo golpeó de lleno, fresco y cargado de humedad.

Afuera, su ejército aguardaba en silencio disciplinado, acampado con precisión milimétrica en las colinas cercanas.

Quinientos cuarenta hombres.

Ninguno hablaba.

Ninguno se movía sin orden.

Eryon alzó la mano.

Un hombre se adelantó de inmediato: alto, de cabello canoso, espalda recta pese a los años y una cicatriz que le cruzaba el rostro desde la sien hasta la mandíbula.

General Kaelthor, el más experimentado de todos, veterano de campañas que ya nadie recordaba con claridad.

—Mi señor —saludó, golpeando el puño contra el pecho.

Eryon no perdió tiempo.

—Retírense —dijo—.

Todos.

El general frunció apenas el ceño, pero no cuestionó.

—¿Destino?

—A nuestro pueblo —respondió Eryon—.

Descansen.

Dos meses completos a partir del momento en que lleguen.

Coman bien.

Duerman.

Olviden la guerra.

Pasen con su familia y que disfruten.

Kaelthor lo miró con atención, buscando alguna señal oculta, alguna corrección implícita.

No la encontró.

—¿Y tú?

—preguntó con cautela.

—Yo me quedo.

El general asintió lentamente.

—Entonces así será, señor.

Se giró con una precisión impecable, dio la orden con voz firme y clara.

La cadena de mando se activó de inmediato.

Capitanes repitieron instrucciones, estandartes se bajaron, formaciones comenzaron a disolverse con orden casi ceremonial.

No hubo protestas.

No hubo preguntas.

Solo obediencia absoluta.

Eryon observó cómo su ejército se ponía en marcha.

Hombres que habían cruzado reinos con él, que habían sobrevivido a asedios, traiciones y derrotas.

Ahora se retiraban no por derrota, sino por decisión.

Por una pausa necesaria.

Cuando el último contingente comenzó a desaparecer por el camino de tierra, Eryon giró lentamente hacia la escuela.

Desde la entrada, algunos alumnos lo observaban a través de las puertas entreabiertas, creyéndose ocultos.

No lo estaban.

Eryon sostuvo la mirada un instante.

No con amenaza.

No con dureza.

Con una calma inquietante.

Luego dio media vuelta y regresó al interior de Lythaen.

Cuatro días como profesor.

Un anciano escondido.

Y un lugar que pronto entendería que la alquimia más peligrosa no siempre se aprende en los libros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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