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una venganza ineludible - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 el misterioso regreso de Vesper
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24: el misterioso regreso de Vesper 24: el misterioso regreso de Vesper La noche había caído por completo cuando Vesper cruzó los muros de Valdora.

No hubo trompetas ni anuncios, solo el crujido de las antorchas y el murmullo cansado de los guardias.

Ellos lo reconocieron al instante.

No preguntaron nada.

Bajaron las lanzas y le abrieron paso como si entendieran que aquel no era el regreso de un guerrero, sino el de un hijo.

Vesper no tomó el camino al castillo.

Giró hacia los barrios antiguos, donde las casas eran más bajas y las calles más estrechas, donde el olor a leña y pan viejo aún sobrevivía a la piedra.

Cabalgó despacio, como si cada paso lo acercara a una respuesta que temía escuchar.

Cuando desmontó frente a una casa humilde, con la madera gastada por los años, su mano tembló antes de tocar la puerta.

Golpeó una vez.

Pasaron segundos largos, pesados.

La puerta se abrió y Harvar apareció con una lámpara en la mano.

El rostro curtido por los años, la barba salpicada de canas, los mismos ojos firmes de siempre.

Al ver a Vesper, no sonrió ni habló de inmediato.

Solo lo observó, como si intentara medir cuánto había cambiado.

—Padre —dijo Vesper, sin saludo, sin rodeos—.

¿Yo tengo un hermano?

La lámpara descendió apenas.

Harvar no fingió sorpresa, pero sí una calma profunda, casi dolorosa.

—¿Por qué piensas eso?

—preguntó, cerrando la puerta detrás de él.

—Responde la pregunta —dijo Vesper, la voz firme, pero quebrada por dentro—.

Y quiero algo honesto.

Harvar lo miró largo rato.

Luego suspiró, como si aquella pregunta hubiera estado aguardándolo durante años.

—Sí —dijo finalmente—.

Pero escucha… y siéntate.

Vesper obedeció sin saber por qué.

Se sentó en la vieja mesa de madera donde había comido toda su infancia.

Harvar apoyó la lámpara y tomó asiento frente a él.

—No tienes por qué enojarte —continuó—.

Tu hermano existe.

Es real.

Y es un muy buen hechicero.

Así como tú eres un muy buen guerrero.

El silencio llenó la habitación.

Vesper apretó los puños, pero no habló.

—No fue una decisión fácil —prosiguió Harvar—.

Jamás lo fue.

El mundo no siempre permite que una familia permanezca unida.

A veces… proteger significa separar.

—¿Dónde está?

—preguntó Vesper, en voz baja.

—Lejos —respondió Harvar—.

Y a salvo.

Al menos por ahora.

Vesper se levantó de golpe, caminó unos pasos, respiró hondo.

La rabia estaba ahí, pero no era ciega.

Era confusión.

—Todo este tiempo… —murmuró—.

Todo este tiempo pensé que estaba solo.

—Nunca lo estuviste —dijo Harvar—.

Pero ahora no podemos ir por él.

Vesper giró bruscamente.

—¿Cómo que no?

—Porque hay cosas más importantes —respondió su padre con firmeza—.

Tu gente.

Tus amigos de vida.

Valdora.

Ellos te necesitan ahora.

Ir tras tu hermano hoy sería abandonar lo que juraste proteger.

Vesper bajó la mirada.

Pensó en Dorian.

En Freya.

En Erila.

En todo lo que había dejado atrás para buscar respuestas… y en lo que aún estaba en juego.

—Vendrá el momento —añadió Harvar—.

Y cuando llegue, irás por él.

Pero no como un hombre roto por la duda, sino como alguien que ya cumplió con su deber.

Vesper cerró los ojos.

Cuando los abrió, había tomado una decisión.

—Salvaré a Valdora —dijo—.

Y después… iré por mi hermano.

Harvar asintió en silencio.

Sabía que aquella promesa no era el final de nada.

Era apenas el comienzo.

El castillo de Valdora dormía cuando Vesper cruzó sus puertas interiores.

Las antorchas ardían bajas, proyectando sombras largas sobre los muros de piedra.

Caminó sin prisa, con el cansancio pesándole en los hombros y algo más pesado aún en el pecho.

Cada paso resonaba en los pasillos silenciosos, como si el castillo mismo reconociera su regreso.

Subió las escaleras que conocía de memoria y llegó al ala donde estaban las habitaciones de los jóvenes nobles y guerreros.

Empujó la puerta de la suya con cuidado.

El cuarto estaba exactamente igual: la cama ordenada, la espada apoyada junto al escritorio, el aroma tenue del aceite con el que solía limpiar el acero.

Cerró la puerta detrás de él y dejó caer la mochila en el suelo.

—Así que sigues vivo.

La voz lo detuvo en seco.

Vesper giró de inmediato.

Dorian estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

No parecía enfadado, sino inquieto… y aliviado.

—¿Desde cuándo espías habitaciones?

—dijo Vesper, intentando sonar ligero.

—Desde que uno de mis mejores amigos desaparece sin decir nada —respondió Dorian, acercándose—.

¿Qué pasó?

¿Dónde estuviste?

¿Por qué volviste solo?

¿Estás herido?

Las preguntas salieron atropelladas.

Vesper levantó una mano.

—Calma —dijo—.

Estoy bien.

No ahora.

—Vesper… —Mañana —repitió, mirándolo a los ojos—.

Te lo contaré todo mañana.

Lo prometo.

Dorian lo observó unos segundos más, como si quisiera discutirle la decisión.

Finalmente suspiró.

—Está bien —cedió—.

Pero mañana no te salvas.

Vesper esbozó una sonrisa cansada.

—Nunca lo hago contigo.

Dorian salió de la habitación sin decir nada más.

Vesper se sentó en la cama, pasó una mano por su rostro y dejó escapar un suspiro largo.

Por primera vez en días, estaba en casa.

La mañana llegó con el sonido de voces y pasos en el comedor principal.

El aroma del pan recién horneado y la fruta llenaba el aire.

Cuando Vesper entró, el murmullo se interrumpió por un instante.

—¿Vesper?

Erila fue la primera en levantarse.

Sus ojos se abrieron de par en par, incrédulos.

A su lado, Freya tardó apenas un segundo más en reaccionar.

—¡Vesper!

—exclamó Freya, poniéndose de pie.

Ambas cruzaron el salón casi corriendo.

Erila lo abrazó con fuerza, como si necesitara comprobar que era real.

Freya se unió enseguida.

—¿Dónde estabas?

—preguntó Erila, sin soltarlo—.

Pensamos que… —Que no volvería —completó Freya, con la voz tensa—.

¿Estás bien?

—Estoy bien —respondió Vesper, algo sorprendido por la intensidad del momento—.

De verdad.

—¿Dónde fuiste?

—insistió Freya—.

¿Por qué no avisaste?

Antes de que pudiera responder, una voz grave cortó el aire.

—Porque algunos creen que pueden ir y venir de Valdora como si no respondieran ante nadie.

El silencio cayó de golpe.

Aralik, sentado en la cabecera de la mesa, los observaba con el ceño endurecido.

—Vesper —continuó el rey—, abandonaste el reino sin informar.

Te fuiste después de una batalla, con enemigos en movimiento.

¿Tienes idea de lo que eso significa?

Vesper dio un paso al frente e inclinó ligeramente la cabeza.

—Tiene razón, mi rey —dijo—.

Me equivoqué.

No debí irme sin avisar.

Fue irresponsable.

Aralik lo miró con dureza, evaluándolo.

—Las disculpas no reparan los riesgos —respondió—.

Pero al menos reconoces tu falta.

Siéntate.

Desayuna.

Vesper obedeció sin discutir.

El desayuno continuó, aunque el ambiente quedó tenso.

Nadie habló demasiado.

Cuando terminaron, Aralik se levantó y se retiró sin decir nada más.

Vesper soltó el cubierto y exhaló lentamente.

—Bueno —murmuró Dorian—.

Ahora sí.

Habla.

Se reunieron en una sala lateral, lejos de oídos curiosos.

Vesper apoyó la espalda contra la pared y los miró uno por uno.

—Fui a donde indicaba el mapa —comenzó—.

El que Eryon me dio.

—¿Espera, como que Eryon, tu enemigo te dió un mapa y lo seguiste?

—preguntó Erila.

—No es lo que piensan—respondió—.

Cuando me secuestraron, Sagram Varos estaba con Eryon, algo me dice que esto no tiene buenas indicaciones.

Cuando fui al destino del mapa solo encontré ruinas.

Piedras viejas.

Silencio.

Como si el lugar hubiera sido borrado del mundo.

Freya frunció el ceño.

—¿Entonces todo fue una mentira?

—No —dijo Vesper—.

Fue peor.

Fue una verdad incompleta.

Dorian se tensó.

—¿Qué quieres decir?

Vesper respiró hondo.

—Antes de volver, fui a ver a mi padre.

—¿Tu padre?

—repitió Erila, sorprendida—.

¿El comerciante?

—Sí.

Y le pregunté algo que nunca me atreví a preguntar.

Hubo un silencio expectante.

—Tengo un hermano —dijo Vesper finalmente.

Freya llevó una mano a la boca.

Erila abrió los ojos, impactada.

Dorian no dijo nada, pero su expresión cambió por completo.

—¿Qué?

—murmuró—.

¿Desde cuándo?

—Desde siempre —respondió Vesper—.

Solo que no lo recordaba.

Fue… borrado.

—¿Por qué?

—preguntó Erila.

—Para protegernos —contestó—.

Me dijo mi padre.

—¿Y dónde está ahora?

—preguntó Freya.

Vesper negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

Y no puedo ir por él todavía.

Dorian dio un paso hacia él.

—¿Por qué?

—Por ustedes —dijo Vesper—.

Por lo que viene.

Si me voy ahora, los abandono.

Y eso no lo voy a hacer.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue pesado, pero firme.

Erila fue la primera en hablar.

—Entonces lo enfrentamos juntos —dijo—.

Lo que sea que venga.

Freya asintió.

—Como siempre.

Dorian sonrió apenas.

—Bienvenido de vuelta, hermano.

Vesper cerró los ojos un segundo.

Por primera vez desde que había partido, la duda dejó de doler.

No estaba solo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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