una venganza ineludible - Capítulo 25
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25: lecciones y lava 25: lecciones y lava El sonido grave de la campana recorrió el Colegio de Lythaen como una respiración antigua.
Los pasillos, largos y de piedra clara, comenzaron a llenarse de pasos, murmullos y túnicas rozando el suelo.
Era una mañana común, de esas en las que nada parecía destinado a romper la rutina.
Eryon estaba de pie frente al aula de Pociones Improvisadas, con las manos cruzadas a la espalda.
No vestía túnica académica, sino ropas sencillas, oscuras, limpias pero gastadas por el uso.
Nadie habría dicho que era un profesor… ni nada más que un hombre cualquiera.
Cuando los alumnos entraron, lo miraron con curiosidad.
No lo reconocían.
No era el anciano habitual, ni tampoco alguno de los asistentes jóvenes.
Era alguien nuevo.
—Siéntense —dijo con voz firme, sin alzar el tono.
Lo hicieron casi por reflejo.
Eryon caminó lentamente hasta el frente del aula.
No escribió su nombre.
No se presentó.
Observó cada rostro, como si midiera algo que solo él podía ver.
—Antes de comenzar —dijo—, quiero que retomemos exactamente donde se quedaron la clase pasada.
Algunos alumnos se miraron entre sí, sorprendidos.
—Abran el libro “Fundamentos Inestables de la Alquimia Práctica” —continuó—.
Página ciento doce.
El sonido de hojas al pasar llenó el aula.
—Último párrafo —añadió—.
Léalo alguien en voz alta.
Una estudiante levantó la mano con timidez.
Eryon asintió.
Ella leyó sobre la necesidad de seguir fórmulas exactas, sobre la importancia de no alterar ingredientes bajo ningún motivo.
Cuando terminó, Eryon cerró su propio libro.
—Bien —dijo—.
Todo eso es correcto.
Y todo eso está incompleto.
Los alumnos se inclinaron hacia adelante.
—Las fórmulas no existen para ser obedecidas —continuó—.
Existen para ser entendidas.
La improvisación no es hacer lo que uno quiere; es saber qué puedes cambiar sin que todo explote.
Una sonrisa nerviosa recorrió el aula.
Eryon señaló una mesa al azar.
—Tú.
¿Qué pasa si cambias la raíz de silva roja por silva seca en una poción calmante?
—E-explota… creo —respondió el alumno.
—Incorrecto —dijo Eryon sin dureza—.
Pierde estabilidad, pero no explota.
Explota si no sabes por qué la usas.
Tomó un caldero vacío y lo colocó sobre la mesa central.
—Hoy no vamos a memorizar —anunció—.
Hoy vamos a pensar.
Los alumnos intercambiaron miradas sorprendidas.
—Una poción improvisada no nace del caos —continuó—.
Nace de la observación.
Miren el color del líquido.
Escuchen el sonido al hervir.
Huélanlo.
La magia habla, pero pocos escuchan.
Encendió el fuego bajo el caldero sin usar varita.
Algunos alumnos abrieron los ojos con asombro.
—Ahora —dijo—, quiero que me digan qué harían ustedes.
Durante la siguiente hora, no dictó una sola fórmula.
Hizo preguntas.
Caminó entre las mesas.
Corrigió errores sin humillar.
Señaló aciertos que ni los propios alumnos habían notado.
Cuando uno se equivocaba, no lo reprendía.
Le preguntaba por qué había elegido ese ingrediente.
—Ah… ahora lo ves —decía—.
No estaba mal la intención, solo la razón.
El aula se llenó de una energía distinta.
No había miedo a fallar.
Había curiosidad.
—Profesor —se animó a preguntar una alumna—, ¿usted aprendió así?
Eryon la miró unos segundos antes de responder.
—Aprendí cuando dejé de seguir órdenes sin entenderlas.
No dijo más.
Cuando la campana sonó de nuevo, nadie se movió.
—Pueden irse —dijo él—.
Mañana continuamos.
Algunos alumnos se levantaron lentamente.
Otros se acercaron.
—Profesor… gracias —dijo uno—.
Nunca entendí pociones hasta hoy.
—Es la primera vez que no me da miedo equivocarme —agregó otra.
Eryon asintió, simplemente.
Cuando el aula quedó vacía, se acercó a una estantería lateral.
Pasó los dedos por los lomos de los libros.
Se detuvo en uno antiguo, mal colocado, con anotaciones que no pertenecían al catálogo del colegio.
Lo tomó.
Lo abrió.
Y sonrió apenas.
El anciano había estado allí.
Cerró el libro y lo dejó exactamente en el mismo lugar.
Afuera, el Colegio de Lythaen seguía con su rutina.
Nadie sabía quién era ese nuevo profesor.
Pero algo había cambiado.
Y no iba a volver atrás.
La caverna de los troles, Mu-Molkar no dormía nunca.
El calor de la lava que recorría sus entrañas hacía vibrar la piedra como si el mundo respirara desde abajo.
Antorchas de fuego verdoso iluminaban las galerías, proyectando sombras enormes sobre las paredes irregulares.
Allí, en el corazón del territorio trol, el mensajero de Grumhald fue arrojado de rodillas frente a su jefe.
Grumhald no era el más grande de los troles, pero sí el más temido.
Su piel era oscura como la roca volcánica, marcada por antiguas cicatrices que no necesitaban explicación.
Estaba sentado en un trono tallado directamente de la montaña, con los brazos apoyados y los ojos fijos en el mensajero.
—Habla —ordenó con voz profunda—.
Desde el principio.
El mensajero tragó saliva.
Su cuerpo aún temblaba por el recuerdo de las mazmorras de Zharion, por el martillo, por la mirada de Eryon.
Contó todo: la captura, el interrogatorio, el nombre pronunciado, el colegio de aurores.
Cada palabra caía como una piedra.
Cuando terminó, el silencio fue peor que cualquier grito.
Grumhald se levantó lentamente.
Cada paso resonó en la caverna.
—¿Sabes lo que hiciste?
—preguntó, sin alzar la voz.
—Me… me forzaron —respondió el mensajero—.
No podía resistir más.
Grumhald lo observó durante largos segundos.
Luego giró la cabeza apenas.
—Llévenlo al pozo.
El mensajero abrió los ojos con terror.
—¡No!
¡Por favor!
¡Yo serví al clan!
¡Llevé mensajes, arriesgué mi vida!
Dos troles lo sujetaron sin esfuerzo.
Mientras lo arrastraban, el eco de sus súplicas se perdió entre las cavernas.
El pozo estaba más abajo, donde el calor se volvía insoportable.
Era una enorme cavidad circular, rodeada de plataformas de piedra.
En el fondo, un canal de lava avanzaba lentamente, como un reloj cruel.
Allí luchaban los enemigos capturados: cazatroles, mercenarios humanos, traidores.
No era solo castigo.
Era advertencia.
Grumhald observó desde arriba cuando arrojaron al mensajero al centro del pozo.
—Regla clara —dijo—.
Pelea.
Vive el que queda en pie.
El fuego se encarga del resto.
Desde una compuerta lateral, empujaron a un hombre encadenado.
Un cazatrol.
Sus ojos se encontraron con los del mensajero.
Ambos entendieron que ninguno había elegido estar allí.
La lava comenzó a subir, lenta, inevitable.
Grumhald se dio la vuelta antes de que comenzara el combate.
No necesitaba mirar.
Regresó a la sala principal, donde lo esperaba su mano derecha: Urrak, más joven, más impulsivo, pero leal.
—No podemos permitir esto —dijo Urrak—.
Si Eryon sabe demasiado… Grumhald apretó los puños.
—Ya sabe demasiado —respondió—.
Y no es un humano cualquiera.
Caminó hacia un mapa tallado en piedra, donde estaban marcadas las rutas, las cavernas, los antiguos pactos.
—Han capturado a uno de los nuestros —continuó—.
Lo rompieron.
Lo usaron.
Eso no puede volver a ocurrir.
Urrak inclinó la cabeza.
—¿Qué ordenas?
Grumhald lo miró fijamente.
—Que ningún trol vuelva a caer vivo en manos humanas.
Si son rodeados, si no hay salida… que elijan el fuego antes que la palabra.
Urrak dudó un instante.
—Eso nos costará vidas.
—Nos costará menos que la traición —respondió Grumhald—.
Los humanos olvidan rápido.
Nosotros no.
Desde lo profundo del pozo, un rugido apagado subió por la caverna.
El combate había terminado.
Grumhald cerró los ojos un segundo.
—Eryon cree que controla el tablero —dijo—.
Pero ha despertado algo antiguo.
Y cuando los troles se mueven… el mundo tiembla.
Urrak asintió.
—Prepararé a los clanes.
Grumhald volvió a sentarse en su trono de piedra.
—Hazlo.
La próxima vez, no habrá mensajeros.
Y en las profundidades, la lava siguió avanzando, indiferente, como siempre.
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