una venganza ineludible - Capítulo 26
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
26: la sospecha 26: la sospecha El carromato del comerciante de Galandor avanzaba con lentitud por el camino empedrado que conducía al colegio de Lythaen.
No era la primera vez que hacía ese trayecto, ni sería la última.
Harina tratada, carnes saladas, frutas secas, frascos sellados con aceites alquímicos básicos.
Nada fuera de lo común.
Lythaen no era solo un colegio, era una ciudad en miniatura, y alimentarla exigía precisión más que fuerza.
Will no era soldado ni espía.
Era comerciante.
Pero en tiempos como esos, los comerciantes eran los ojos del reino.
Al llegar a la zona de descarga, mientras los aprendices descargaban los cajones, un hombre se le acercó sin levantar la voz.
Vestía como cualquier otro proveedor, pero Will reconoció de inmediato la forma en que observaba alrededor antes de hablar.
No buscaba clientes.
Buscaba oídos cerrados.
—¿Vos traías la mercancía especial?
—preguntó, como si hablara del clima.
Will frunció el ceño.
—¿Especial?
El hombre sonrió apenas.
—La que pidió el profesor nuevo.
Ese detalle lo hizo detenerse.
Will había escuchado rumores durante la descarga: un reemplazante, sin registro previo, sin linaje académico conocido.
Pero eso pasaba.
Lythaen absorbía talento extraño como una esponja.
—¿Qué pidió?
—preguntó, bajando el tono.
El hombre se inclinó apenas, como si comentara una anécdota irrelevante.
—Raíz de asfódelos.
Escamas secas tratadas al sol.
Frasco de Vidrio negro.
Will sintió un leve escalofrío.
No por miedo, sino por reconocimiento.
—Eso no es una compra común —dijo—.
Es caro.
Y difícil de conseguir en conjunto.
El hombre asintió.
—Eso pensamos.
Y por eso te lo decimos.
Will no necesitó preguntar quiénes eran.
Informantes de Aldric.
No soldados.
No nobles.
Gente común con una habilidad precisa: saber cuándo algo no encajaba.
—¿Sabés para qué sirve?
—preguntó el informante.
Will tardó un segundo en responder.
—Para una poción verdadera.
El silencio que siguió fue denso.
—Una que extrae la verdad —continuó Will—.
No obliga.
No tortura.
No engaña.
Hace que el cuerpo no pueda mentir aunque la mente quiera.
El hombre chasqueó la lengua.
—Eso no lo enseña Lythaen.
—No —confirmó Will—.
Y menos a improvisadores.
Pagó sin regatear, ¿sabés?
Como si el precio no importara.
Eso terminó de sellar la sospecha.
Will no descargó el resto del cargamento.
Dio una excusa breve, tomó su carromato y emprendió el regreso esa misma tarde.
No por pánico, sino por procedimiento.
Cuando algo no encajaba, Aldric debía saberlo primero.
El viaje de regreso a Galandor fue largo.
Will no pensó en nombres durante el trayecto, solo en patrones.
Ingredientes precisos.
Conocimiento antiguo.
Falta de registro.
Un profesor que nadie había visto antes.
Al llegar, pidió audiencia directa.
No con un burócrata.
No con un capitán.
Con Aldric.
Aldric escuchó sin interrumpir.
Sentado, manos juntas, mirada fija.
No reaccionó cuando Will mencionó los ingredientes.
No levantó las cejas.
No hizo preguntas innecesarias.
—¿Estás seguro de la combinación?
—preguntó finalmente.
—Tan seguro como de mi nombre —respondió Will—.
Y de su propósito.
Aldric cerró los ojos un instante.
Solo uno.
Como quien confirma algo que ya sospechaba.
—Gracias —dijo—.
Puedes retirarte.
No pasaron ni diez minutos antes de que Aldric mandara llamar a Lucius.
Lucius entró con paso firme.
Armadura liviana.
Espada al cinto.
No venía de entrenar.
Venía de pensar.
—Me dijeron que era urgente —dijo.
Aldric no dio rodeos.
—Un nuevo profesor en Lythaen pidió ingredientes para una poción verdadera.
Lucius se quedó quieto.
—Asfódelos —añadió Aldric—.
Escamas secas.
Vidrio negro.
Lucius exhaló lentamente.
—Es él.
No fue una pregunta.
Fue una afirmación desnuda.
—Lo sé —respondió Aldric.
Lucius dio un paso adelante.
—Entonces no hay tiempo.
Si está ahí, no es casualidad.
Y si está preparando eso, es porque busca a alguien o algo.
—O porque alguien ya lo busca a él —replicó Aldric.
Lucius apretó la mandíbula.
—Iré personalmente.
Aldric levantó una mano.
—No.
Lucius lo miró, sorprendido.
—No es momento para prudencias.
Aldric se puso de pie.
No gritó.
No discutió.
—Justamente lo es.
Se acercó a Lucius hasta quedar a un metro de distancia.
—Si vas ahora, confirmarás todas las sospechas.
Tropas moviéndose, generales apareciendo… Lythaen no es un campo de batalla.
Aún.
Lucius frunció el ceño.
—Eryon no lo sabe, no tendrá tiempo de retirarse.
—Y tú no sabes esperar —respondió Aldric sin dureza—.
Déjame a mí.
Lucius abrió la boca para protestar, pero Aldric continuó: —Soy más prudente que tú.
Y sé qué hacer cuando alguien no quiere ser visto… pero tampoco quiere esconderse del todo.
El silencio volvió a imponerse.
—Dame tiempo —dijo Aldric—.
Tiempo para observar.
Para confirmar.
Para movernos sin ruido.
Lucius sostuvo su mirada durante largos segundos.
Finalmente asintió.
—Pero si algo sale mal… —Entonces irás tú —concluyó Aldric—.
Y nadie te detendrá.
Lucius se dio media vuelta y salió sin decir más.
Aldric cerró la puerta con cuidado antes de que el eco de los pasos de Lucius se perdiera por completo en el pasillo.
La madera maciza encajó en su lugar y, por un instante, el silencio volvió a reinar en la sala.
—Lucius —dijo Aldric, con voz baja pero firme—.
Podrías ir tú… pero con mi plan.
Lucius se giró despacio.
No había sorpresa en su rostro, solo una atención absoluta, como si hubiera sabido que esa frase llegaría tarde o temprano.
—Habla —respondió.
Aldric se acercó a la mesa central, donde mapas y pergaminos permanecían extendidos, y apoyó ambas manos sobre la superficie.
—Tomarás una poción multijugos —dijo—.
Te infiltrarás.
No como soldado, no como general, sino como alguien que nadie mire dos veces.
Averiguarás qué busca Eryon… y se lo arrebatarás de las manos antes de que pueda usarlo.
Lucius no respondió de inmediato.
Caminó lentamente hasta una de las ventanas altas y miró hacia el exterior, donde la luz comenzaba a caer.
—¿Cuánto tiempo?
—preguntó al fin.
—El necesario —contestó Aldric—.
Pero no más del que debamos permitir.
Lucius asintió una sola vez.
No pidió explicaciones, no cuestionó el riesgo.
Solo volvió a la mesa.
—¿Cuántos frascos?
—Quince —respondió Aldric—.
No menos.
La poción no es estable por demasiado tiempo y no sabemos cuánto durará la farsa.
El nombre de la poción quedó flotando entre ambos como una sombra incómoda.
No era magia menor.
No era algo que se usara a la ligera.
Horas después, en una sala apartada del castillo, los frascos comenzaron a llegar uno a uno.
Vidrio oscuro, sellos de cera intactos, el líquido espeso moviéndose lentamente en su interior.
Quince en total.
Ni uno más, ni uno menos.
Mientras los colocaban cuidadosamente sobre una mesa larga, Aldric y Lucius aguardaban sentados frente a frente.
No había prisa en sus gestos, pero sí una tensión invisible.
—¿Alguna vez pensaste que llegaríamos a esto?
—preguntó Lucius, rompiendo el silencio.
Aldric no respondió enseguida.
Observó los frascos, alineados como piezas de un destino que ya no podían evitar.
—Pensé que todo terminaría antes —dijo—.
Que bastaría con una guerra, con una victoria clara.
Pero el mundo no funciona así.
Lucius soltó una breve risa sin humor.
—No.
Nunca lo hizo.
Se recostó en la silla y cruzó los brazos.
—Éramos jóvenes —continuó—.
Creíamos que bastaba con elegir el lado correcto.
Selene, tú, yo… todos convencidos de que hacíamos lo necesario.
Aldric levantó la vista.
—Y ahora —dijo— estamos aquí.
Planeando engaños, infiltraciones, robos.
Contra alguien que una vez fue… algo más.
Lucius apretó la mandíbula.
—Eryon eligió su camino —respondió—.
No somos nosotros los que lo empujamos hasta allí.
El silencio volvió a caer.
Afuera, el castillo seguía vivo, ajeno a la conversación que decidiría demasiado.
Finalmente, un asistente anunció que los quince frascos estaban listos.
Aldric se levantó y tomó uno entre sus dedos, observándolo a contraluz.
—Esto no es una orden —dijo, sin mirarlo—.
Si decides no hacerlo… Lucius se puso de pie también y tomó el frasco de la mano de Aldric.
—Lo haré —afirmó—.
No para detenerlo por ti.
Ni por el reino.
Sino porque si no lo hago yo… alguien peor lo hará.
Aldric cerró los ojos un segundo, como aceptando una verdad que pesaba demasiado.
—Entonces —dijo— no falles.
Lucius guardó el frasco entre su ropa, miró los otros catorce alineados y se dirigió a la puerta.
—No lo haré —respondió.
Y esta vez, cuando salió de la sala, Aldric no lo detuvo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Gabriel_tortorici para los que no entendieron el capítulo.
cuando Will, un comerciante de Galandor, entregó las mercancías al colegio Lythaen(colegio de aurores, que son los que hacen pociones) un informante de Aldric le cuenta que hay un profesor sospechoso y le recuerda a Eryon.
Will regresa a Galandor y lo dice a Aldric, el rey de allí, le cuenta a Lucius, que habia escapado de Eryon cuando atacó.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com