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una venganza ineludible - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 el peso de unas vidas
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27: el peso de unas vidas 27: el peso de unas vidas El sol comenzaba a caer sobre Valdora, tiñendo las torres del castillo con tonos de cobre y rojo apagado.

El salón de estrategia estaba en silencio, roto solo por el roce del carbón sobre los mapas y el murmullo bajo de los estrategas.

Grandes pergaminos cubrían la mesa central: rutas comerciales, posiciones conocidas de Zarion, corrientes marinas, vientos estacionales.

La guerra ya no era una amenaza futura; era una realidad que respiraba en cada decisión.

Aralik permanecía de pie, con las manos apoyadas en la mesa, observando el mapa del sur.

A su alrededor, generales y consejeros debatían con cautela, cada uno defendiendo una idea distinta: reforzar fronteras, esperar refuerzos, negociar tiempo.

Ninguna propuesta parecía suficiente.

Erila, que hasta entonces había guardado silencio, observaba algo distinto.

No miraba los ejércitos dibujados ni las líneas de avance.

Miraba el mar.

—Padre —dijo al fin, rompiendo el murmullo—.

¿Y si no los enfrentamos donde nos esperan?

Las voces se apagaron poco a poco.

Aralik giró el rostro hacia ella, serio, atento.

—Explica —respondió.

Erila respiró hondo.

Caminó alrededor de la mesa y señaló la costa sur con el dedo.

—Sagram concentra su fuerza en tierra.

Esperan un choque frontal, campos abiertos, desgaste.

Pero su retaguardia… —deslizó el dedo hacia el océano— está expuesta.

Las corrientes nocturnas favorecen una travesía silenciosa.

Un barco.

No uno cualquiera.

Un barco cargado solo con soldados élite.

Uno de los estrategas frunció el ceño.

—¿Un desembarco nocturno?

Eso es una locura.

—Es una apuesta —corrigió Erila—.

Una que ellos no están mirando.

El salón volvió a llenarse de murmullos.

Erila continuó, con la voz firme: —El barco bordea el sur hasta el océano abierto.

Desde allí rodea y cae detrás de Zarion.

No para conquistar, sino para golpear: arsenales, depósitos, puestos de mando.

Una noche.

Un ataque.

Y se retiran antes de que puedan reaccionar.

Aralik no respondió de inmediato.

Caminó lentamente alrededor de la mesa, pensativo.

El atardecer entraba por los ventanales altos, proyectando sombras largas que parecían alargarse con cada segundo.

—¿Sabes lo que estás proponiendo?

—dijo al fin—.

Si fallan, no hay rescate.

No hay retirada honorable.

El mar no perdona errores.

—Lo sé —respondió Erila sin bajar la mirada—.

Pero si funciona, Sagram perderá algo que no puede recuperar rápido: confianza.

El silencio volvió a caer, más pesado que antes.

Aralik cerró los ojos un instante.

Luego habló, con un tono más duro.

—Es extremadamente riesgoso.

Demasiado.

—Abrió los ojos y la miró—.

Pero… —hizo una pausa— también es la primera idea que no suena a resistir hasta quebrarnos.

Los estrategas intercambiaron miradas tensas.

Algunos asentían, otros no ocultaban su incomodidad.

—Accederé —dijo Aralik finalmente—.

Con condiciones.

Erila sintió un nudo en el pecho, pero no habló.

—Tú no irás —continuó—.

Tampoco Vesper, ni Dorian, ni Freya.

El aire pareció enfriarse.

—Padre… —empezó Erila.

—No —la interrumpió con firmeza—.

Esto no es un castigo ni desconfianza.

Es un hecho.

No son tropas élite entrenadas para incursiones marítimas.

No sacrificaré a quienes aún son clave para lo que viene.

Erila apretó los puños, pero se contuvo.

Entendía la lógica, aunque le doliera.

—Enviaré a los mejores —prosiguió Aralik—.

Hombres y mujeres que ya han luchado sin nombre ni gloria.

Si vuelven, habrán cambiado el curso de la guerra.

Si no… —calló un segundo— Valdora seguirá en pie.

El sol terminó de ocultarse.

Las antorchas se encendieron una a una, como si el castillo aceptara la decisión.

Erila asintió lentamente.

—Entonces que zarpen con la noche —dijo—.

Zarion no debe ver venir la marea.

Aralik la miró, mezcla de orgullo e inquietud.

—Que los dioses nos amparen —murmuró—.

Porque acabamos de lanzar una sombra sobre el mar.

Y en ese atardecer, mientras Valdora se preparaba para resistir, una ofensiva silenciosa comenzaba a tomar forma lejos de los campos de batalla.

Erila estaba sentada en uno de los bancos de piedra que bordeaban el sendero alto, aquel que daba a las montañas que se alzaban detrás de Valdora como un muro antiguo e implacable.

El atardecer teñía el cielo de tonos anaranjados y violáceos, y las sombras se estiraban sobre la tierra como dedos cansados.

Desde allí podía verlos.

Los nueve guerreros de élite avanzaban a paso firme por el camino angosto que se abría entre las rocas.

No llevaban estandartes ni armaduras brillantes.

Sus capas eran oscuras, prácticas, pensadas para desaparecer en la noche.

Cada uno cargaba consigo no solo armas, sino historias, promesas y despedidas que aún flotaban en el aire.

Abajo, cerca del último puesto de guardia, algunas familias permanecían quietas, como si moverse pudiera romper algo irreparable.

Una mujer abrazaba a un niño pequeño con demasiada fuerza; el niño no lloraba, solo miraba con los ojos muy abiertos a su padre, uno de los nueve, que se había arrodillado para quedar a su altura.

El guerrero apoyó su frente contra la del niño y le dijo algo en voz baja, algo que Erila no pudo oír, pero que no necesitaba palabras para entender.

Más allá, dos hermanos se despidieron con un golpe de antebrazos, seco, contenido.

Ninguno sonrió.

Un anciano colocó un amuleto en el cuello de su hija, una de las élites, y murmuró una bendición antigua.

Ella asintió, tragándose cualquier emoción que pudiera debilitarla, y luego se dio la vuelta sin mirar atrás.

Erila apretó las manos sobre su regazo.

Fue mi idea, pensó.

Mi voz la que habló de rutas marítimas, de flancos descubiertos, de atacar donde Zarion no espera.

Mi estrategia… y sus vidas.

Los vio comenzar el ascenso definitivo.

Uno a uno, los nueve se recortaron contra el horizonte, pequeñas figuras avanzando hacia algo que podía ser gloria… o silencio eterno.

La montaña no prometía regreso.

—¿Pensando demasiado?

—dijo una voz suave a su lado.

Erila se sobresaltó apenas.

Giró el rostro y vio a Dorian, que ya se estaba sentando a su lado sin invadir su espacio, como si entendiera que ese momento pedía calma.

No llevaba armadura, solo ropa sencilla, y el cansancio se notaba en sus ojos.

—Los estoy mirando —respondió ella, señalando con la cabeza hacia las montañas—.

Y no puedo dejar de pensar que tal vez acabo de enviarlos a morir.

Dorian siguió su mirada.

Permaneció en silencio unos segundos, respetando el peso de lo que estaba viendo.

—Son élite —dijo al fin—.

Sabían lo que aceptaban.

—Eso no lo hace más fácil —replicó Erila, con la voz apenas más baja—.

Pensé en rutas, en mapas, en tiempos… pero no pensé en sus hijos, en sus padres.

No pensé en las despedidas.

Dorian la observó de perfil.

Vio cómo Erila luchaba por mantener la compostura, cómo su mirada firme se quebraba apenas en los bordes.

—Pensaste en Valdora —dijo él—.

Pensaste en salvar a tu gente.

Erila negó despacio.

—Pensé como estratega, no como hija… ni como amiga.

Y ahora me pregunto si eso me convierte en alguien peligrosa.

Dorian no respondió de inmediato.

Se acercó un poco más y, con cuidado, la rodeó con un brazo.

No fue un gesto impulsivo ni apresurado; fue firme, protector.

Erila no se resistió.

Al contrario, dejó escapar el aire que había estado conteniendo y apoyó la cabeza en su hombro.

Desde allí, el mundo pareció detenerse un instante.

—No eres peligrosa —dijo Dorian con voz baja—.

Eres consciente.

Y eso duele.

Erila cerró los ojos.

—Tengo miedo —admitió—.

Miedo de que esta misión sea suicida.

Miedo de que, si fracasan, la culpa me persiga toda la vida.

Y miedo de que, si tienen éxito… tenga que repetir decisiones como esta.

Dorian apretó un poco más el abrazo.

—La guerra no deja manos limpias —respondió—.

Pero deja diferencias entre quienes usan a las personas… y quienes cargan con el peso de decidir por ellas.

Tú cargas con ese peso.

Erila permaneció en silencio, escuchando su respiración, sintiendo el latido constante bajo su mejilla.

A lo lejos, los nueve guerreros ya eran casi invisibles, tragados por el paso montañoso.

—¿Y si no vuelven?

—susurró ella.

—Entonces Valdora recordará sus nombres —dijo Dorian—.

Y tú recordarás que no los enviaste por ambición, sino por necesidad.

El sol terminó de ocultarse detrás de las montañas.

Las primeras estrellas comenzaron a asomar, indiferentes a las decisiones humanas.

Erila levantó apenas la vista, todavía apoyada en él.

—Gracias por sentarte conmigo —dijo—.

No quería estar sola con estos pensamientos.

Dorian inclinó levemente la cabeza hacia la de ella.

—No tienes que estarlo —respondió—.

No ahora.

No nunca.

Y así, mientras la noche caía sobre Valdora y nueve vidas avanzaban hacia lo desconocido, dos figuras permanecieron en silencio, compartiendo el peso de una decisión que ya no podía deshacerse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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