una venganza ineludible - Capítulo 28
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28: segundo día 28: segundo día La campana de cobre resonó una sola vez, grave, marcando el final de la clase.
Eryon cerró el libro con lentitud y levantó la vista hacia los alumnos, que todavía permanecían atentos, como si ninguno quisiera ser el primero en moverse.
—Eso es todo por hoy —dijo con voz serena—.
Guardar los frascos.
Selladr bien las mezclas.
Las pociones mal cerradas no olvidan a quien las creó.
Algunos tragaron saliva.
Otros asintieron con respeto.
Uno a uno comenzaron a levantarse, aún comentando en murmullos bajos, como si el aula siguiera siendo un lugar sagrado incluso después de la campana.
—Profesor… —se animó a decir una alumna desde el fondo—.
—Mañana —la interrumpió él con suavidad—.
Las preguntas también necesitan reposar.
Eso bastó.
Los alumnos se retiraron, lanzándole miradas de admiración, temor o simple desconcierto.
La puerta se cerró tras el último de ellos con un golpe apagado.
Silencio.
El aula quedó bañada por la luz anaranjada del atardecer que entraba por los ventanales altos.
Las motas de polvo flotaban lentamente, como cenizas suspendidas en el aire.
Eryon no se movió de inmediato.
Apoyó ambas manos sobre la mesa principal, respiró hondo y cerró los ojos por un instante, como si contuviera algo más que cansancio.
Luego comenzó.
Sacó de su abrigo un pequeño estuche de cuero oscuro.
Dentro, cuidadosamente ordenados, había frascos diminutos, instrumentos de cristal y una hoja doblada con símbolos antiguos.
No eran apuntes del colegio.
Eran recuerdos.
Encendió el pequeño quemador alquímico y colocó un recipiente limpio.
Sus movimientos eran precisos, casi reverentes.
Raíz de asfódelos, una pizca.
Escamas secas, reducidas a polvo fino.
Todo eso lo mezcló en un frasco de vidrio negro.
La mezcla reaccionó de inmediato.
Un vapor pálido se elevó, formando figuras que parecían querer tomar forma antes de disiparse.
Eryon frunció el ceño.
—Todavía no… —murmuró.
Agitó la varilla una sola vez.
El color cambió, pero no lo suficiente.
Algo faltaba.
No un ingrediente físico… sino una intención.
Apagó el fuego.
El silencio volvió a llenar la sala, pero esta vez era distinto.
Más pesado.
Eryon caminó lentamente entre las mesas vacías.
Pasó los dedos por la madera marcada por años de aprendizaje, errores y explosiones mal contenidas.
Se detuvo junto a una de las ventanas.
Abajo, en los patios del colegio, algunos alumnos se alejaban riendo, otros discutían sobre la clase, repitiendo gestos que él había hecho sin darse cuenta.
—Aprenden rápido… —susurró—.
Como nosotros entonces.
Su mirada se endureció.
Giró la cabeza apenas, sintiendo algo.
Una presencia lejana.
No cercana.
No inmediata.
Pero real.
—Te escondes bien, anciano —dijo al aire—.
Pero sigues aquí.
Volvió a la mesa y guardó con cuidado los instrumentos.
Antes de cerrar el estuche, observó el frasco a medio terminar.
La poción verdadera, incompleta, reflejaba la luz como un ojo que no parpadea.
—Cuatro días —añadió—.
Eso fue lo que prometí.
Y siempre cumplo mis promesas.
Apagó las lámparas del aula una a una.
La última dejó la habitación sumida en sombras, salvo por el leve resplandor del atardecer que ya moría.
Eryon salió y cerró la puerta tras de sí.
En algún lugar del colegio, alguien había sentido lo mismo que él: una presión en el pecho, una intuición incómoda, la certeza de que algo antiguo había despertado.
Y que no quedaba mucho tiempo.
Eryon descendió los escalones de piedra que conducían al patio central del colegio de Lythaen.
A esa hora, el lugar estaba vivo: grupos de alumnos charlaban animadamente, algunos practicaban pequeños trucos de alquimia inofensiva, otros simplemente reían, libres por fin del peso de las clases del día.
El aire olía a hierbas secas, a tinta fresca y a algo más dulce, propio de las pociones mal cerradas.
Caminó entre ellos sin prisa, como si fuera un profesor más disfrutando del descanso.
Nadie lo detuvo.
Algunos lo saludaron con un gesto respetuoso; otros bajaron la voz al verlo pasar.
Ya empezaba a notarse: su presencia imponía, incluso sin esfuerzo.
Entonces lo vio.
Cerca de una de las columnas, un alumno de último año estaba ligeramente apartado del resto.
No hablaba.
No reía.
Observaba.
En su mano sostenía un frasco pequeño, envuelto parcialmente en un trozo de tela oscura.
Bebía de él con cuidado, mirando alrededor cada vez que acercaba el líquido a los labios, como si temiera ser descubierto.
Eryon no se detuvo de inmediato.
Continuó caminando unos pasos más, fingiendo desinterés, hasta quedar a la altura de un grupo cercano donde dos estudiantes conversaban animadamente.
Uno de ellos, un joven de cabello claro y expresión despierta, miró de reojo al alumno del frasco.
—Disculpa —dijo Eryon con tono tranquilo, dirigiéndose a ese estudiante—.
—¿Sí, profesor?
—respondió el joven, algo sorprendido.
—Tu compañero —indicó apenas con la mirada—.
¿Qué está bebiendo?
El estudiante dudó.
Miró a su amigo, luego volvió a Eryon.
—No lo sé exactamente —admitió en voz baja—.
Lleva semanas con eso.
Siempre lo oculta.
—¿Semanas?
—repitió Eryon, como si fuera un detalle menor.
—Sí… y no quiere que nadie sepa qué es.
Dice que es “algo personal”.
Eryon observó de nuevo al alumno.
El muchacho bebía con regularidad, como si necesitara hacerlo.
No era una poción recreativa.
Tampoco parecía una medicina común.
Su postura, su mirada, incluso la forma en que sostenía el frasco… todo estaba calculado.
Una idea empezó a tomar forma en su mente.
Una idea antigua.
Incómoda.
—¿Ha cambiado últimamente?
—preguntó Eryon, sin apartar la vista.
—¿Wisly?
—dijo el estudiante—.
No… bueno, sí.
Está más callado.
Pero sigue siendo el mejor de la clase.
Siempre lo fue.
Eryon giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Wisly?
—repitió.
—Sí.
Nadie le gana en pociones.
Ni siquiera los profesores auxiliares lo corrigen ya.
Eryon sintió una presión leve en el pecho.
El mejor de la clase.
Discreto.
Constante.
Consumidor habitual de una bebida secreta.
Demasiadas coincidencias.
Recordó el sabor metálico de la poción multijugos.
Recordó sus límites, sus exigencias, su necesidad de renovación constante.
Recordó, sobre todo, a un anciano que sabía ocultarse mejor que nadie.
—¿Dónde duerme?
—preguntó con naturalidad.
—En la torre oeste —respondió el estudiante sin pensar—.
Habitación setenta y seis.
Eryon asintió despacio.
—Gracias —dijo—.
Has sido de ayuda.
El joven sonrió, orgulloso de haber hablado con el nuevo profesor, sin saber qué acababa de poner en marcha.
Eryon se alejó del grupo, cruzando el patio mientras el murmullo estudiantil volvía a envolverlo.
Pasó junto a Wisly sin mirarlo directamente, pero lo observó en el reflejo de una ventana.
El alumno seguía bebiendo, ajeno… o tal vez demasiado consciente.
—Así que te escondes a plena vista —pensó Eryon—.
Astuto.
Muy astuto.
Salió del patio y se internó en uno de los pasillos laterales.
El ruido quedó atrás.
Sus pasos resonaron solos contra la piedra.
Habitación setenta y seis.
Último año.
El mejor de la clase.
Una sonrisa leve, peligrosa, cruzó su rostro.
—Te encontré —murmuró.
Y esta vez, el anciano no tendría dónde huir.
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