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una venganza ineludible - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 tensión sobre el colegio
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29: tensión sobre el colegio 29: tensión sobre el colegio Eryon avanzó por los pasillos de Lythaen con paso firme, sin ocultar ya la urgencia.

Las paredes de piedra devolvían el eco de sus botas mientras subía la escalera que conducía a la oficina del director.

No era la primera vez que cruzaba ese umbral, pero sí la primera en que lo hacía con una certeza tan clara.

Golpeó una vez.

No esperó respuesta.

—Necesito que llame a un alumno —dijo apenas entró—.

De inmediato.

Arkhavel, el hombre de barba cuidada y túnica azul oscuro, levantó la vista desde su escritorio con gesto cansado.

—Profesor Eryon, el horario de audiencias terminó —respondió con calma forzada—.

¿De quién se trata?

—Wisly.

Último año.

Habitación setenta y seis.

—¿Wisly?

—repitió Arkhavel, frunciendo el ceño—.

Es uno de nuestros mejores estudiantes.

¿Cuál es el problema?

Eryon dio un paso más, acercándose al escritorio.

—El problema es que no es quien dice ser.

Quiero hablar con él en privado.

Aquí.

Ahora.

El director se recostó en la silla, cruzando los dedos.

—Si esto es una sospecha personal, no puedo permitir interrogatorios dentro del colegio.

Lythaen no se involucra en actividades ilegales.

Eryon soltó una breve risa sin humor.

—Arkhvel… dejarme a mí aquí ya es un acto ilegal.

El hombre se tensó.

—No sé de qué está hablando.

—Soy un criminal de la magia —dijo Eryon sin rodeos—.

Mi nombre figura en registros que usted conoce.

Si realmente le preocupara la legalidad, nunca me habría permitido cruzar estas puertas.

El silencio se hizo pesado.

El director se puso de pie lentamente.

—Aun así, no voy a autorizar esto —dijo con firmeza—.

No en mi institución.

Eryon sostuvo su mirada unos segundos.

Luego asintió, como quien acepta una jugada perdida.

—Muy bien.

Se dio la vuelta y salió de la oficina.

Pero apenas cruzó el umbral, el aire del pasillo cambió.

Guardias armados avanzaban en formación cerrada.

Sus capas llevaban el emblema dorado de Galandor.

En medio de ellos caminaba un hombre alto, de porte regio, expresión contenida.

El rey Aldric.

Eryon se detuvo en seco.

Aldric también.

Sus miradas se cruzaron apenas un instante: suficiente para reconocer al otro, no suficiente para decir nada.

Ninguno habló.

Ninguno inclinó la cabeza.

Pasaron uno junto al otro como si fueran desconocidos.

Eryon permaneció en el pasillo, inmóvil, mientras Aldric entraba en la oficina del director acompañado por dos guardias.

La puerta se cerró.

Minutos después, volvió a abrirse.

La voz de Aldric se oyó clara, firme, imposible de ignorar: —Director, Lythaen quedará cerrado de inmediato.

Nadie entra.

Nadie sale.

—Majestad… —balbuceó el director—, esto es un colegio, no una fortaleza.

—Es una institución bajo protección de Galandor —replicó Aldric—.

O coopera, o pierde todo apoyo económico, político y militar.

Hoy.

El director palideció.

Miró a los guardias.

Luego bajó la cabeza.

—…Está bien.

La noticia se propagó como fuego.

Las puertas principales se cerraron con estruendo.

Los portones de hierro descendieron.

Runas de sellado comenzaron a brillar en muros y ventanas.

Ninguna carta salió.

Ningún mensajero entró.

Los alumnos se agolparon en los patios, confundidos, alarmados.

—¡Esto es un encierro!

—¡No pueden hacer esto!

—¡Tenemos familias afuera!

El director salió al balcón central, con el rostro tenso.

—Habrá una supervisión completa —anunció—.

Alumnos, maestros y personal.

Durará algunos días.

Mantengan la calma.

Nadie la mantuvo.

Gritos.

Protestas.

Miedo.

Eryon observaba desde la sombra de una columna, el corazón acelerado, la mente trabajando a toda velocidad.

¿Cómo…?

¿Cómo me encontró?

Miró hacia la torre oeste, hacia la habitación setenta y seis.

Wisly.

El anciano.

Aldric.

Las piezas encajaban demasiado bien.

Y por primera vez en mucho tiempo, Eryon sintió algo parecido a la inquietud.

No porque lo hubieran encerrado.

Sino porque alguien estaba jugando su mismo juego… y quizás mejor.

La noche cayó sobre Lythaen como un manto espeso.

Las antorchas se encendieron una a una y el murmullo de los alumnos comenzó a desplazarse en una sola dirección: el comedor.

Había tensión en el aire; nadie hablaba de otra cosa que no fuera el cierre del colegio y los guardias del rey patrullando los pasillos.

Eryon observaba desde un corredor elevado.

No tenía tiempo que perder.

Localizó al amigo de Wisly entre el grupo que descendía las escaleras.

Un muchacho nervioso, de mirada inquieta.

Eryon se le acercó con naturalidad, como si fuera solo otro profesor más.

—Necesito que hagas algo por mí —le dijo en voz baja—.

Llama a Wisly y dile que te acompañe a su habitación.

La setenta y seis.

—¿Ahora?

—preguntó el chico, dudando—.

Vamos a cenar… Eryon deslizó una pequeña bolsa en su mano.

El tintinear metálico fue suficiente.

—Cien monedas.

El muchacho tragó saliva y asintió.

No tardaron mucho.

La habitación 76 estaba en uno de los corredores más antiguos del ala este, lejos del ruido del comedor.

Eryon ya estaba allí, oculto tras la puerta entreabierta, la varita preparada, la respiración controlada.

La puerta se abrió.

—Te dije que era raro —murmuró el amigo—.

¿Por qué aquí?

No terminó la frase.

Un destello seco iluminó la habitación.

El amigo cayó al suelo inconsciente antes de entender qué había pasado.

Wisly se giró, sobresaltado, y se encontró con la varita de Eryon apuntándole al pecho.

—Cierra la puerta —ordenó Eryon—.

Lentamente.

Wisly obedeció.

Sus manos temblaban.

—Profesor… yo puedo expli— —Dame el frasco —lo interrumpió Eryon—.

El que tomas todos los días.

Hubo un segundo de silencio.

Luego Wisly metió la mano en el interior de su túnica y sacó un pequeño vial de vidrio opaco.

Eryon lo tomó, lo destapó apenas y aspiró el aroma.

Sus ojos se endurecieron.

—Poción multijugos —confirmó—.

Lo suponía.

Guardó el frasco y sacó otro, idéntico en tamaño, pero con un líquido distinto, más denso.

—Bébete este.

—¿Qué… qué es eso?

—La poción verdadera —respondió Eryon—.

No tienes opción.

Wisly dudó, pero la varita seguía fija en su pecho.

Finalmente bebió.

El efecto fue inmediato.

Su cuerpo se estremeció.

Sus rasgos comenzaron a cambiar, como si una máscara invisible se deshiciera.

La figura joven y pulcra dio paso a un rostro más avejentado, marcado por arrugas y ojos cansados, pero despiertos.

Eryon apretó los dientes.

—Así que eras tú.

Se acercó un paso más.

—Dime algo —dijo con voz baja—.

¿Fuiste tú quien me robó?

El anciano, atrapado en el cuerpo que ya no podía ocultar, asintió.

—Sí.

—¿Por qué?

—Era mi misión.

La palabra resonó en la habitación.

—¿Misión?

—repitió Eryon—.

¿De quién?

El anciano abrió la boca para responder.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Wisly!

Tres alumnos entraron de golpe… y se congelaron al ver la escena: Eryon con la varita en alto, el cuerpo inconsciente en el suelo, y Wisly… ya no siendo Wisly.

—¡Guardias!

—gritó uno de ellos antes de salir corriendo— ¡Guardias!

Eryon maldijo en voz baja.

—Respóndeme —exigió, volviendo la mirada al anciano—.

¿Para qué era la misión?

—No puedo —dijo él, con voz firme—.

No— Un minuto.

Solo un minuto pasó.

Y luego, los pasos.

Pesados.

Coordinados.

Cada vez más cerca.

Los guardias de Aldric.

Eryon tomó una decisión.

Un nuevo destello.

El anciano cayó inconsciente junto al cuerpo del muchacho.

Eryon corrió hacia la ventana, la abrió y saltó sin dudar.

El aire nocturno lo golpeó con fuerza.

Cayó rodando sobre el césped del patio interior, se levantó de inmediato y corrió hacia la fuente central.

El agua reflejaba la luna como un espejo quieto.

Eryon se lanzó dentro.

Bajo el agua, sus dedos encontraron una runa tallada en la piedra.

La presionó.

La fuente se abrió en silencio.

Eryon desapareció en la oscuridad justo cuando los gritos y las luces comenzaban a inundar el patio.

Una puerta antigua se cerró tras él, llevándolo hacia un lugar secreto… y hacia verdades que ya no podían permanecer ocultas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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