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una venganza ineludible - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 muertes en un colegio
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30: muertes en un colegio 30: muertes en un colegio Los guardias arrastraron al anciano por los pasillos de Lythaen mientras los alumnos, aún reunidos en el comedor para la cena tardía, observaban en silencio absoluto.

El murmullo murió por completo cuando las puertas se abrieron de golpe y el cuerpo del hombre fue empujado al centro del salón, frente a la larga mesa principal.

Aldric estaba de pie.

No llevaba corona, pero su sola presencia imponía más que cualquier símbolo.

Sus ojos grises se clavaron en el anciano, que apenas podía sostenerse en pie.

—¿Quién eres?

—preguntó el rey con voz firme.

No hubo respuesta.

El anciano levantó la vista solo un instante y luego volvió a bajarla.

Aldric esperó unos segundos más.

El silencio empezó a incomodar incluso a los guardias.

—Bien —dijo finalmente—.

No importa.

Dio un paso hacia adelante.

—Dime entonces algo más simple.

¿Por qué Eryon te quería?

Nada.

El rey apretó la mandíbula.

No gritó.

No fue necesario.

—Llévenlo a la fuente del patio —ordenó—.

Átenlo ahí.

Que todos lo vean.

Siempre custodiado.

Algunos alumnos apartaron la mirada.

Otros no pudieron evitar observar cómo se llevaban al anciano, humillado, expuesto, convertido en advertencia.

Las horas pasaron lentamente.

La noche avanzó.

Las antorchas se consumieron.

Uno a uno, los alumnos fueron obligados a retirarse a sus habitaciones.

El colegio quedó sumido en un silencio pesado, interrumpido solo por el paso rítmico de los guardias.

Nada ocurrió.

Hasta que ocurrió.

El anciano, atado a la base de la fuente, con las manos entumecidas y la espalda dolorida, sintió algo extraño bajo sus pies.

El agua, quieta durante horas, comenzó a moverse.

Burbujas.

Sus ojos se abrieron con terror y asombro al mismo tiempo.

La superficie del agua se separó sin ruido… y un rostro emergió.

Eryon.

Antes de que pudiera reaccionar, las cuerdas fueron cortadas con precisión.

Eryon lo sujetó con fuerza y lo arrastró hacia la abertura oculta bajo la fuente.

En segundos, ambos desaparecieron.

El pasaje secreto los condujo al escondite.

Allí solo había dos figuras.

Eryon… y Arkhavel.

El anciano apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de ser empujado contra el suelo.

Lo ataron con cuerdas reforzadas con sellos mágicos.

No gritó al principio.

No habló.

Las horas siguientes fueron un infierno silencioso.

Preguntas.

Exigencias.

Golpes.

Presión constante.

Eryon no alzó la voz.

Arkhavel no mostró emoción.

Querían respuestas.

El anciano resistió todo lo que pudo… hasta que el cielo comenzó a aclararse.

El amanecer llegó acompañado de un sonido inquietante.

Pasos.

Muchos.

Pesados.

—Lo buscan —dijo Arkhavel, alzando la cabeza.

Salió del escondite con cuidado y se deslizó entre las sombras hasta los corredores exteriores.

No tardó en verlo: guardias moviéndose con urgencia, gritos contenidos, tensión en el aire.

Arkhavel avanzó hasta encontrarse con Aldric.

—Detente —le dijo, alzando una mano—.

Los alumnos deben estudiar.

Esto no puede seguir así.

Aldric lo miró, confundido, irritado… pero antes de responder, el suelo tembló.

Un estruendo sacudió el aire.

La muralla que protegía el colegio se quebró con un rugido brutal.

Troles.

Enormes.

Salvajes.

Emergiendo entre piedra rota y polvo.

Los guardias apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de ser embestidos.

El caos estalló.

Los alumnos, algunos armados, otros solo con magia básica, se vieron obligados a luchar.

Gritos.

Hechizos.

Sangre.

En el escondite, Eryon lo sintió todo.

—Es ahora —dijo.

Tomó al anciano, aún debilitado, y salió.

Pero no llegaron lejos.

Grumhald los vio.

El jefe trol rugió y avanzó sin dudar.

Su cuerpo era una montaña de músculo y furia.

Se interpuso frente a Eryon y lanzó el primer golpe.

El choque fue brutal.

Cuerpo contra cuerpo.

Puño contra antebrazo.

Grumhald gruñó al sentir la resistencia.

No esperaba eso.

Eryon retrocedió apenas, esquivó, contraatacó.

Cada impacto resonaba como piedra contra metal.

—Humano… fuerte —escupió el trol.

Eryon no respondió.

Concentró energía y lanzó una ráfaga de fuego directo al rostro de Grumhald.

El trol retrocedió un paso, cegado por el calor.

Fue suficiente.

Eryon giró y descargó una patada directa a la cabeza.

Grumhald cayó de rodillas.

Pero no fue el final.

El anciano, en un acto desesperado, tomó un fragmento de piedra y golpeó a Eryon desde atrás.

El impacto lo hizo tambalear.

Al alzar la vista, Eryon vio más troles acercándose.

Demasiados.

Extendió ambos brazos.

El agua del patio respondió.

Una ola violenta emergió del suelo, arrastrando a los troles varios metros hacia atrás.

El camino quedó libre solo por segundos.

Eryon no miró atrás después de lanzar el torrente de agua.

Aprovechó el instante de confusión y se internó en los pasillos interiores del colegio, donde el eco de los gritos se mezclaba con el estruendo lejano de la batalla.

Sus botas golpeaban la piedra con urgencia contenida.

Giró en una esquina y empujó la puerta de un aula vacía; mesas volcadas, pergaminos flotando aún por un hechizo mal disipado.

Sin detenerse, corrió hasta la ventana.

El aire le golpeó el rostro cuando se lanzó al vacío.

Rodó sobre el césped húmedo, se incorporó de inmediato y echó a correr hacia el exterior del colegio, perdiéndose entre sombras, muros y humo, mientras Lythaen ardía a sus espaldas.

Saltó y se aferró a Arkhavel, que ya estaba montado en su caballo.

—¡Ahora!

—gritó.

El caballo partió a toda velocidad.

Grumhald se levantó rugiendo, pero ya era tarde.

Había logrado lo que quería.

El anciano.

Lo tomó del brazo y, sin perder tiempo, ordenó la retirada.

Los troles se replegaron con la misma rapidez con la que habían atacado, perdiéndose en dirección a ur’Molkar.

El colegio quedó destrozado.

Aldric observaba el desastre sin comprender del todo.

Eryon en Lythaen.

Un anciano oculto como alumno.

Troles atacando para llevárselo.

Demasiadas piezas… un solo objetivo.

Reunió a los sobrevivientes en el patio, entre ruinas y humo.

—Escuchen —dijo con voz firme—.

Por ahora, todos irán a Galandor.

El colegio no es seguro.

Cuando esto termine, volverán a sus hogares.

Nadie protestó.

Esa noche, Lythaen dejó de ser solo una escuela.

Se había convertido en el centro de algo mucho más grande.

La mañana siguiente amaneció tensa en Galandor.

El aire en la sala del trono parecía más pesado de lo habitual, cargado de reproches no dichos.

Lucius fue el primero en romper el silencio.

—Fuiste un tonto —dijo sin rodeos—.

Lo tuviste allí, Aldric.

En tu colegio, rodeado de guardias, y aun así Eryon escapó.

Aldric, de pie junto a una mesa cubierta de mapas, no se giró de inmediato.

Sus manos descansaban sobre la madera, firmes.

—No importa —respondió con calma medida—.

Sé qué hacía allí.

Lucius frunció el ceño, sorprendido.

—¿Ah, sí?

Entonces dime.

¿Qué buscaba?

Aldric se volvió por fin y lo miró a los ojos.

—Un anciano.

Eso es lo que repiten los guardias y los alumnos.

Un hombre que se hacía pasar por estudiante.

Eryon lo encontró… y los troles intervinieron para llevárselo.

Lucius abrió la boca para hablar, pero Aldric alzó una mano, cortándolo.

—Esto ya no es solo un asunto personal —continuó—.

Si los troles y Eryon buscaban al mismo hombre, entonces el problema es mucho más grande de lo que parece.

Sin perder tiempo, Aldric salió de la sala y dio órdenes claras.

En cuestión de minutos, mensajeros de Galandor partieron en todas direcciones, cabalgando hacia los reinos humanos aliados.

El mensaje era el mismo para todos, escrito con el sello real: “Un criminal de la magia llamado Eryon desató una batalla en el Colegio de Aurores de Lythaen.

Nuestro reino está tras él.

Es un criminal de alto riesgo y debe quedar bajo custodia real.” Desde ese instante, el nombre de Eryon dejó de ser un susurro entre iniciados.

Pasó a ser una advertencia.

Un fugitivo.

Uno de los criminales más buscados del mundo mágico.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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