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una venganza ineludible - Capítulo 31

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31: operación desierto 31: operación desierto Capítulo: Sombras sobre la Arena La noche cayó sobre el desierto como un manto espeso, sin estrellas visibles, como si el cielo mismo hubiese decidido apartar la mirada.

El viento arrastraba arena fina que se colaba entre las rendijas de las armaduras, raspando la piel y apagando los sonidos.

A esa hora, incluso el desierto parecía contener la respiración.

Los nueve avanzaban.

No hablaban.

No era necesario.

Cada uno conocía su lugar, su ritmo, su función.

Eran la élite de Valdora, escogidos no solo por su habilidad sino por su silencio.

Guerreros entrenados para moverse donde otros no sobrevivían.

Habían partido al atardecer, tal como Erila lo había propuesto, bordeando rutas comerciales olvidadas, evitando puestos de vigilancia y avanzando siempre contra el viento.

El plan era simple en apariencia: rodear Zharion desde el oeste, donde el desierto se abría hacia el océano seco, una extensión de arena petrificada que pocos cruzaban.

Desde allí, infiltrarse de noche y golpear donde menos se lo esperaban.

Pero los planes nunca sobreviven intactos al desierto.

Zharion apareció ante ellos como una herida abierta en la arena.

Torres oscuras emergían de dunas artificiales, muros bajos pero gruesos, reforzados con piedra y metal traído de tierras lejanas.

No era una ciudad hecha para la belleza, sino para resistir.

Antorchas ardían en puntos estratégicos, proyectando sombras largas que se movían como criaturas vivas.

El líder del grupo, un hombre de cabello gris y mirada cortante llamado Thrion, levantó el puño.

Todos se detuvieron.

Se arrastraron hasta una elevación de roca desde donde podían observar.

Contaron guardias.

Midieron tiempos.

Escucharon.

—Algo no está bien —murmuró uno de ellos, apenas un hilo de voz.

Thrion no respondió, pero lo sentía.

Había demasiada calma.

Demasiada luz para una noche común.

Zharion no dormía, eso lo sabían, pero esa noche parecía… alerta.

Aun así, siguieron.

Descendieron en parejas, cubriéndose mutuamente, avanzando entre sombras proyectadas por estructuras de piedra.

Dos de ellos se separaron hacia el oeste, buscando un acceso secundario marcado en mapas antiguos.

Otros tres rodearon una torre baja, listos para eliminar silenciosamente a cualquier centinela.

El primer error fue casi imperceptible.

Un leve crujido bajo una bota.

Un segundo de más bajo la luz de una antorcha.

Un silencio que duró demasiado.

Entonces, el desierto respondió.

Un cuerno sonó.

Grave.

Profundo.

No uno de alarma común, sino uno que parecía resonar desde las entrañas de la ciudad.

Las antorchas se multiplicaron.

Las sombras se quebraron.

—¡Emboscada!

—susurró Thrion, ya demasiado tarde.

Desde las dunas surgieron figuras.

No guardias comunes, sino soldados de Zharion, cubiertos con capas oscuras, rostros ocultos, armas preparadas.

Habían esperado.

Sabían.

Los primeros choques fueron rápidos y brutales.

El silencio se rompió con metal contra metal, con gritos ahogados, con cuerpos cayendo sobre la arena.

Dos élites lograron abrirse paso hacia una torre, eliminando a tres enemigos con precisión impecable, pero el número jugaba en contra.

Uno de los nueve, Khelen, fue rodeado.

Luchó hasta el final, retrocediendo paso a paso, cubriendo a sus compañeros.

Cuando cayó, no hubo tiempo para mirar atrás.

—¡No se detengan!

—ordenó Thrion.

Pero el cerco se cerraba.

Desde lo alto de los muros, arqueros aparecieron como sombras recortadas contra el fuego.

Las flechas no volaban en ráfagas caóticas, sino medidas, calculadas, obligándolos a moverse hacia donde Zharion quería.

Dos más fueron alcanzados.

No murieron al instante, pero quedaron fuera de combate.

Manos fuertes los arrastraron hacia la oscuridad.

El combate se fragmentó en pequeños infiernos aislados.

Cada élite luchaba por sobrevivir, por ganar segundos, por cumplir una misión que ya se desmoronaba.

Thrion sintió el golpe en la espalda que lo hizo caer de rodillas.

Antes de poder levantarse, algo pesado impactó su cabeza.

El mundo se volvió arena y ruido distante.

Cuando volvió en sí, el silencio había regresado.

No el silencio del desierto, sino uno impuesto.

Los sobrevivientes estaban de rodillas, con las manos atadas, rodeados por soldados de Zharion.

De los nueve, solo cinco seguían con vida.

Dos yacían inmóviles a lo lejos, apenas visibles bajo la luz temblorosa de las antorchas.

Otros dos habían desaparecido.

Un hombre avanzó desde las sombras.

Alto, delgado, con ropas finas que contrastaban con el entorno.

Sus ojos recorrían a los prisioneros con curiosidad, no con ira.

—Valdora —dijo, casi con diversión—.

Siempre tan orgullosa… y tan predecible.

Nadie respondió.

—Llévenlos —ordenó—.

El desierto es generoso con los que esperan.

Los prisioneros fueron arrastrados hacia el interior de Zharion, atravesando pasillos de piedra que se hundían bajo la arena.

El aire se volvió pesado, caliente, cargado de un olor metálico difícil de identificar.

Los separaron.

Thrion fue llevado junto a otros dos a una sala estrecha, iluminada apenas por una abertura en el techo.

Desde algún lugar cercano, se oían voces.

No gritos, no órdenes claras, sino fragmentos.

Palabras sueltas.

—…no esta noche… —…cuando el sol negro… —…el acuerdo sigue en pie… Tharion alzó la cabeza.

Intentó memorizar cada sonido, cada tono.

No entendía el significado, pero sabía que aquello no debía ser oído por nadie de Valdora.

Uno de los otros prisioneros, con el rostro ensangrentado, susurró: —¿Escuchas eso?

Tharion asintió apenas.

—No mires —respondió—.

Recuerda.

Horas después —o tal vez minutos, el tiempo allí no tenía forma—, sacaron a uno de ellos.

No volvió.

El segundo fue llevado al amanecer.

Tharion quedó solo.

Finalmente, fue arrastrado a una sala más grande, donde el hombre de antes lo esperaba.

—Tienes suerte —dijo—.

Otros ya habrían muerto.

Tharion no respondió.

—Dile a tu rey —continuó el hombre, inclinándose— que el desierto no olvida.

Y que Zharion tampoco.

No supo cuándo perdió el conocimiento.

Muy lejos de allí, cuando el sol comenzaba a teñir de rojo las dunas, un pequeño grupo de jinetes abandonaba Zharion en dirección al norte.

Entre ellos, algunos prisioneros encadenados.

De los nueve élites, solo unos pocos verían otro amanecer.

Y el desierto, silencioso otra vez, guardó lo que había escuchado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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