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una venganza ineludible - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - 32 un buen equipo
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32: un buen equipo 32: un buen equipo El silbido de la flecha cortó el aire con una precisión limpia y amarga.

Erila no parpadeó cuando la punta se clavó en el centro del blanco.

No sonrió.

No suspiró.

Simplemente bajó el arco, tensó de nuevo la cuerda y disparó otra vez.

Impacto perfecto.

El campo de entrenamiento de Valdora estaba casi vacío a esa hora.

El sol caía lento, tiñendo las piedras de un naranja cansado, y el viento arrastraba polvo y hojas secas.

Era el momento del día en que los pensamientos se volvían más ruidosos que el acero.

—Mi señora.

Erila no se giró.

Reconocía esa voz.

—Habla —dijo, seca.

La guardia se acercó con paso firme, pero su tono era distinto, más contenido.

—Un mensajero de Zharion llegó hace unos minutos.

Traía un mensaje sellado.

Erila dejó el arco apoyado contra un poste.

Se giró recién entonces.

—¿Y?

La guardia tragó saliva.

—El mensaje dice que Sagram Varos no tendrá piedad con Valdora.

Que pagaremos muy caro lo ocurrido.

Que no habrá distinción entre soldados y civiles.

El silencio cayó pesado.

Erila sostuvo la mirada de la guardia un segundo más de lo necesario y luego asintió.

—Puedes retirarte.

La guardia dudó, como si quisiera decir algo más, pero obedeció.

Erila volvió a mirar el blanco.

La flecha seguía allí, firme, inmóvil.

Por un instante, su mano tembló apenas.

Nadie lo vio.

Nadie debía verlo.

No muy lejos de allí, en otro sector del entrenamiento, el sonido era distinto.

Chispas breves, palabras antiguas pronunciadas con cuidado, energía vibrando en el aire.

Vesper, Dorian y Freya practicaban con varitas mágicas.

—Concentración —decía Freya, ajustando su postura—.

No fuerces el flujo.

Dorian obedecía, pero algo en él estaba apagado.

Sus hechizos salían bien, técnicamente correctos, pero sin intención.

Como si su mente estuviera en otro lugar.

Vesper, por su parte, erraba más de lo habitual.

Un gesto tarde, un foco mal alineado.

Nada grave, pero suficiente para notarlo.

Freya frunció el ceño.

—¿Qué les pasa a ustedes dos?

—Nada —respondieron casi al mismo tiempo.

Ella no les creyó.

Vesper bajó la varita y se pasó la mano por el cuello.

—Voy por agua —dijo, usando la excusa con demasiada rapidez.

Freya lo observó alejarse, luego miró a Dorian.

Él evitó su mirada.

Vesper caminó hacia el campo de tiro casi sin pensar.

Sabía dónde estaba Erila incluso antes de verla.

La reconoció por la rigidez de su espalda.

—Erila —dijo con suavidad.

Ella se giró despacio.

Su rostro estaba serio… demasiado.

Una seriedad forzada, tensa.

Vesper dio un paso más y entonces lo notó: el brillo húmedo en sus ojos, apenas contenido.

—¿Qué pasó?

—preguntó en voz baja.

Erila apretó los labios.

Durante un segundo pareció debatirse entre callar o romperse.

Freya llegó corriendo, alarmada.

—¿Qué ocurre?

Erila respiró hondo.

—Mi plan… —comenzó—.

Zharion respondió.

Vendrán sin piedad.

No habrá límites.

Harán lo que sea necesario para ver a Valdora caer.

Las palabras quedaron suspendidas.

Freya no dijo nada de inmediato.

Se acercó y tomó a Erila de los hombros.

—Escúchame —dijo con firmeza—.

Fue un plan bien pensado.

Mal ejecutado, sí, pero valiente.

El espionaje y el sabotaje siempre tienen un precio.

No fue un error proponerlo.

Erila cerró los ojos.

Una lágrima cayó, silenciosa.

Freya la abrazó.

Erila apoyó la frente en su hombro por apenas unos segundos, lo justo para no desmoronarse.

—Tomemos un descanso —propuso Freya—.

No sirve seguir forzando hoy.

El tiempo pasó de forma extraña después de eso.

Como si Valdora estuviera conteniendo el aliento.

Erila y Freya se bañaron, dejando que el agua se llevara parte del polvo, parte del peso.

Luego caminaron juntas por los pasillos abiertos del palacio, sin hablar demasiado.

—Los noto distintos —dijo Freya finalmente—.

A Dorian, a Vesper… y a ti también.

Antes de que Erila pudiera responder, Dorian apareció casi corriendo.

—¡Hay señales!

—dijo exaltado—.

Señales claras.

Ambas se detuvieron.

—¿De qué hablas?

—preguntó Erila.

—De mi padre —respondió Dorian, con una intensidad que rozaba la obsesión—.

De Lucius.

No lo sienten, pero yo sí.

Algo se movió.

—Dorian, cálmate —pidió Freya.

Pero él no escuchaba.

—Tengo que hablar con Vesper —dijo, dándose media vuelta—.

Ahora.

Se fue sin esperar respuesta.

Erila y Freya se miraron, confundidas, pero algo de lo que dijo quedó resonando.

Sin decirlo, lo siguieron.

Vesper estaba en la casa de su padre, sentado a la mesa.

Comía en silencio cuando llegó un viejo amigo de su padre, acompañado por su nieta.

La joven tenía el cabello corto y negro, ojos marrones atentos, y una presencia sencilla, sin artificios.

Diecisiete años, pueblerina, mirada curiosa.

Vesper levantó la vista y se quedó mirándola un segundo de más.

Ella también lo observó.

Luego ambos reaccionaron y se saludaron con torpeza.

La conversación siguió entre los adultos.

Vesper terminó de comer, se levantó y ofreció bebidas.

Después miró a su padre.

—Voy al palacio a bañarme —dijo.

Se despidió.

Al salir, notó que la joven lo observaba.

Cuando Vesper ya no estaba, y los mayores seguían hablando, ella preguntó: —¿Quién es él?

El padre de Vesper sonrió con orgullo contenido.

—Un guerrero élite de Valdora.

Los ojos de la joven se abrieron un poco más.

Al salir, Vesper se encontró con Dorian, Erila y Freya.

—Tenemos que ir al palacio —dijo Dorian sin rodeos—.

Con Aralik.

Hay que hacer una búsqueda.

Vesper lo miró con seriedad.

Erila y Freya intercambiaron una mirada silenciosa.

Algo estaba por comenzar.

El trayecto hasta el palacio se hizo en un silencio tenso.

Nadie habló demasiado.

Dorian caminaba rápido, casi con ansiedad; Vesper iba serio, atento; Erila y Freya intercambiaban miradas breves, intentando entender qué había encendido algo tan intenso en él.

Al llegar, fueron conducidos casi de inmediato ante Aralik.

El estratega estaba revisando mapas y reportes cuando levantó la vista y los vio entrar juntos.

No necesitó que hablaran para saber que algo no iba bien.

—Hablen —ordenó.

Dorian dio un paso al frente, sin rodeos.

—Hay señales de mi padre.

Lucius.

No son rumores, Aralik, es algo real.

Necesito permiso para iniciar una búsqueda.

El efecto fue inmediato.

Aralik dejó los documentos lentamente sobre la mesa.

Su expresión cambió: el ceño se frunció, la mandíbula se tensó.

Por primera vez en mucho tiempo, parecía… incómodo.

—No —respondió con frialdad.

Dorian parpadeó.

—¿Cómo que no?

—Dije que no —repitió Aralik, esta vez más duro—.

No habrá ninguna búsqueda.

No ahora.

No en este contexto.

Vesper intervino, con voz firme pero respetuosa.

—Aralik, si hay una mínima posibilidad— —Justamente por eso lo niego —lo cortó—.

Una búsqueda por Lucius ahora sería imprudente, peligrosa y estratégicamente desastrosa.

Erila dio un paso adelante.

—¿Por qué te pone tan nervioso ese nombre?

—preguntó sin rodeos.

Aralik la miró fijamente.

—Porque Lucius no es solo un hombre desaparecido —dijo—.

Es un punto de quiebre.

Si movemos una sola pieza alrededor de él, desencadenamos cosas que no podemos controlar.

Freya frunció el ceño.

—Pero negarlo no hace que desaparezca.

—Negarlo nos mantiene vivos —respondió Aralik con dureza—.

Valdora está al borde de una guerra total.

No voy a permitir que una búsqueda personal, por más legítima que sea, debilite nuestra defensa.

Dorian apretó los puños.

—Entonces lo sabes —dijo en voz baja—.

Sabes algo más.

Aralik guardó silencio unos segundos.

Luego habló, más rígido que nunca.

—Esta conversación termina aquí.

Orden directa: no se investiga a Lucius.

Cualquier intento será considerado insubordinación.

El aire quedó pesado.

Nadie discutió más.

Pero todos entendieron lo mismo: si Aralik reaccionaba así, era porque la verdad era mucho más peligrosa de lo que parecía.

Antes de que Dorian cruzara por completo el umbral de la sala, la voz de Aralik lo detuvo como un golpe seco.

—Escucha bien, Dorian —dijo sin quitar la mirada de él—.

No sean desobedientes como en el pasado.

No hubo amenaza explícita, pero no hizo falta.

Dorian se quedó quieto un segundo, apretó la mandíbula y luego siguió caminando sin responder.

Al cerrar la puerta, la decepción le pesaba más que el enojo.

Erila dio un paso adelante.

—Hablaré con él —dijo—.

Intentaré hacerlo entrar en razón.

Dorian no respondió.

Ya estaba caminando con rapidez.

Pasaron los minutos y antes de dormir Erila salió del salón con paso rápido y se dirigió a las estancias privadas de su padre.

El pasillo estaba en silencio.

Al llegar frente a la puerta, levantó la mano para tocar… pero se detuvo.

Desde dentro, escuchó voces.

Reconoció la de Selene.

Y luego, la de Aralik, más baja, más dura.

—Si tu chico sale de acá en busca de Lucius, la pagarás caro —dijo él—.

Haz lo que sea necesario para que ese niño no lo encuentre.

Erila sintió que el aire se le iba del pecho.

No escuchó más.

No quiso.

Bajó lentamente la mano, dio media vuelta y se alejó sin hacer ruido, con el corazón golpeándole fuerte.

Ya no había nada que convencer.

Solo algo que evitar… o enfrentar.

Buscó a Dorian por el patio interior, pero lo encontró junto a Vesper, cerca de las escaleras laterales.

Freya estaba allí.

Vesper la miró apenas llegó, directo, sin rodeos.

—Erila, aquí estás ¿Estás dentro o fuera, Erila?

Ella frunció el ceño, todavía afectada.

—¿Qué?

¿Dentro o fuera de dónde?

Vesper sostuvo su mirada.

—Iremos en busca de respuestas.

Erila dudó.

Pensó en lo que había oído.

En la amenaza.

En Lucius.

En Dorian, con los ojos cargados de algo que no era solo esperanza.

Respiró hondo.

—Está bien —dijo al fin—.

Estoy dentro.

Dorian llegó justo y la miró, sorprendido.

—¿En serio?

Ella asintió, firme ahora.

—Sí.

Pero no a ciegas.

—Luego miró a Vesper—.

¿Por dónde empezamos?

Vesper esbozó una leve sonrisa.

No era alivio.

Era decisión.

—Por Vesper

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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