una venganza ineludible - Capítulo 34
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34: En Frendal nuevamente 34: En Frendal nuevamente Las puertas de Valdora se abrieron con una solemnidad poco habitual.
No hubo cuernos ni avisos apresurados: el aire mismo pareció tensarse cuando Morgana cruzó el umbral de la ciudad.
La acompañaban escoltas de magos poderosísimos, figuras envueltas en capas oscuras, con símbolos arcanos bordados en hilos que parecían vivos.
No hablaban.
No miraban a nadie directamente.
Su sola presencia bastaba para silenciar la plaza.
Aralik descendió los escalones del palacio apenas la vio.
Por un instante, el rey de Valdora —veterano de guerras, estratega incansable— quedó genuinamente asombrado.
Se acercó con pasos firmes, pero respetuosos, y tomó la mano de Morgana para besarla, como dictaban las antiguas cortesías entre gobernantes de poder desigual.
—Reina Morgana —dijo—.
Valdora le da la bienvenida.
Será un honor recibirla en la sala real.
Morgana retiró la mano con suavidad, sin desprecio, pero sin conceder.
—No —respondió—.
No he venido por honores ni por conversaciones largas.
Busco respuestas.
Aralik frunció apenas el ceño.
—Pregunte, entonces.
Ella observó los muros, las torres, los estandartes.
Luego habló con claridad: —¿Dónde está el gobernante de Veldor?
¿Dónde está Roderic?
El silencio fue inmediato.
Aralik no respondió enseguida.
Su mirada se endureció, no por hostilidad, sino por el peso de lo que iba a decir.
—Roderic está muerto —dijo al fin—.
Veldor ya no existe.
Eryon atacó ese reino… y también nos atacó a nosotros.
Valdora resistió.
Veldor no.
Por primera vez, Morgana pareció realmente confundida.
No sorprendida, no indignada: confundida.
—Eso no concuerda —murmuró—.
Entonces… ¿Freya está aquí?
Aralik se tensó.
—¿Freya?
—repitió—.
Sí.
Vive en Valdora.
—Hizo un gesto seco a un guardia—.
Tráiganla.
De inmediato.
Luego miró a Morgana con desconfianza abierta.
—¿Por qué la busca, reina Morgana?
Ella lo miró de frente.
—No le interesa.
Hubo un instante de fricción.
Después, Morgana inclinó apenas la cabeza.
—Disculpe mi atrevimiento, rey Aralik.
Pero la tomaré prestada.
Antes de que Aralik pudiera responder, una escena lateral captó la atención de Morgana.
Vesper y Dorian cruzaban la plaza, discutiendo algo trivial —nuevas botas del mercado, nada que ver con reyes o guerras— cuando la reina los vio.
—Ustedes —dijo, alzando la voz.
Ambos se detuvieron de inmediato y se acercaron con rapidez, reconociendo la autoridad en el tono más que en el nombre.
Morgana los observó con detenimiento, como si midiera algo invisible.
—Ellos también —añadió—.
Los quiero.
Aralik dio un paso adelante, incrédulo.
—¿Qué?
—exclamó—.
No son solo ciudadanos.
Son de mis más fuertes guerreros.
Los necesito contra Sagram Varos.
Morgana no alzó la voz.
No lo necesitó.
—Te propongo un trato, rey de Valdora.
Yo me llevo a los tres… y te aseguro que Sagram Varos no atacará hasta que regresen aquello que me llevé.
La propuesta cayó como una losa.
Aralik sabía que no era una promesa vacía.
Morgana no hablaba a la ligera.
—¿Y qué garantía tengo?
—preguntó con dureza.
—Mi palabra —respondió ella—.
Y mi interés.
El rey apretó los dientes.
Miró a Vesper.
A Dorian.
Pensó en Freya.
Pensó en la guerra.
—¿Quién más?
—preguntó finalmente, con voz contenida.
Morgana sonrió apenas.
—Gracias por preguntar.
Tu hija también.
El rencor fue inmediato.
Aralik aceptó… pero no ocultó el desprecio que le provocaba esa concesión.
Cuando Freya y Erila llegaron, el ambiente ya estaba decidido.
No hubo despedidas largas.
No hubo discursos.
Morgana no perdía tiempo.
Los escoltas formaron un círculo.
Un portal se abrió como una herida en el aire.
—Nos vamos a Frendal —anunció Morgana.
Valdora quedó atrás.
Y con ella, la certeza de que nada de lo que seguía sería simple.
El aire de Frendal era distinto al de Valdora: más quieto, más pesado, como si cada calle guardara secretos antiguos.
Morgana caminaba al frente del grupo cuando, sin detenerse, habló con voz clara: —Tienen el día libre.
—Se giró apenas—.
Esta noche hablaremos.
Vesper, Erila y Dorian se miraron entre sí.
No hicieron preguntas.
El cansancio acumulado, el viaje, la tensión constante… todo pesaba.
La idea de un día sin órdenes fue suficiente para que, casi sin pensarlo, aceptaran y se dispersaran por la ciudad con una mezcla de curiosidad y alivio.
Risas bajas, comentarios sueltos, planes simples: comer, dormir, caminar sin mirar atrás.
Freya, en cambio, no se movió.
—Reina Morgana —dijo con respeto—.
¿Puedo hablar con usted?
Morgana la observó un instante, como si hubiera estado esperando esa reacción exacta.
—Ven conmigo.
Tomaron una calle estrecha, alejándose del centro.
Las casas se volvieron más antiguas, de piedra gastada, con símbolos tallados que Freya no reconocía del todo.
El silencio se hizo más profundo cuanto más avanzaban.
—Tú tienes la varita de Vortex —dijo Morgana sin mirarla—.
Espero que la tengas contigo en este preciso momento.
Freya asintió, llevándose una mano al costado.
—Sí, claro.
—Perfecto.
Entonces sabes lo que puede hacer.
Freya tragó saliva.
Lo sabía.
Demasiado bien.
—Ahora —continuó Morgana— estamos yendo a la casa de un monje.
Para dominar una energía se necesita muchísima concentración.
Para hacerlo por primera vez… —hizo una pausa— cuando lo logras, la ventaja es que la energía pasa a servirte.
La desventaja es el desgaste.
Mucho desgaste energético.
Freya frunció el ceño.
—¿Y por qué me dice todo esto?
Morgana se detuvo y la miró de frente.
—Porque quiero.
Y porque es mi deber.
No dijo más.
La casa del monje estaba apartada, casi escondida entre árboles viejos.
No era grande ni imponente.
Al contrario: simple, austera, como si no necesitara llamar la atención.
Al entrar, Freya sintió una presión suave en el pecho, una presencia que no era hostil, pero sí intensa.
El monje estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados.
Su respiración era lenta, regular.
Parecía no haberse sorprendido por su llegada.
—Sabía que vendrían —dijo sin abrir los ojos.
Se levantó con calma, estirando las piernas, y saludó a ambas con un apretón de manos firme.
—Ya sabes —dijo Morgana—.
Está en tus manos.
El monje asintió una sola vez.
Morgana dio media vuelta y se retiró sin mirar atrás, dejando a Freya sola con él.
El silencio volvió a instalarse.
—¿Tu nombre?
—preguntó el monje.
—Freya.
El hombre la observó con atención, no como quien juzga, sino como quien mide algo más profundo.
—La magia puede controlarse —dijo—, pero exige tres cosas: concentración, talento… y obsesión.
—Se acercó un paso—.
Dime, Freya, ¿qué energía deseas dominar primero?
Freya parpadeó, confundida.
—¿Cómo?
¿Se puede dominar más de una?
El monje sonrió apenas.
—Sí, niña.
Eso lo cambió todo.
Freya sintió un estremecimiento, una mezcla de miedo y posibilidad.
—Está bien —dijo, respirando hondo—.
La magia negra.
El monje alzó las cejas, genuinamente impresionado.
—Impresionante elección.
¿Por qué esa energía?
Freya no respondió de inmediato.
Pensó en Valdora, en la guerra, en lo que había visto y en lo que vendría.
—Porque se controla poco —dijo al fin—.
Y porque nadie quiere hacerlo bien.
El monje la observó largo rato.
Luego asintió.
—Bien.
Elegiste una de las más difíciles.
—Señaló el suelo—.
Siéntate.
Freya obedeció.
Se sentó frente a él, con la espalda recta, la varita de Vortex apoyada sobre sus piernas.
—La magia negra no es solo poder —comenzó el monje—.
Es intención, es voluntad pura.
No responde al miedo.
Tampoco a la duda.
Si flaqueas, no pasará nada… pero si te dispersas, la energía te ignorará.
Cerró los ojos.
—Concéntrate en lo que deseas controlar, no en lo que temes.
Freya cerró los suyos.
Sintió el pulso de la varita, una vibración leve, casi imperceptible.
El aire alrededor pareció espesarse.
Por primera vez, entendió que no estaba aprendiendo un hechizo.
Estaba dando el primer paso hacia algo mucho más grande.
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