una venganza ineludible - Capítulo 35
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35: el verdadero mundo 35: el verdadero mundo El gran salón de Frendal estaba iluminado por candelabros de cristal ámbar.
Las mesas largas rebosaban de platos bien presentados, copas altas y telas finas.
Dorian, Erila, Vesper y Freya se encontraban sentados junto a varios nobles de Frendal, todos vestidos con ropajes elegantes, aunque de estilos muy distintos entre sí.
—Debo admitirlo —dijo un noble de barba canosa, levantando su copa—, Frendal no ve invitados de Valdora con frecuencia.
Menos aún en tiempos como estos.
—Los tiempos difíciles obligan a cruzar fronteras —respondió Erila con cortesía medida—.
Y Frendal siempre ha sido un punto clave para el equilibrio del norte.
Una mujer de cabello recogido, con joyas discretas pero valiosas, miró a Vesper con curiosidad.
—Dicen que eres uno de los guerreros más jóvenes en recibir ese rango —comentó—.
¿Es cierto?
Vesper inclinó levemente la cabeza.
—El rango no importa tanto como sobrevivir a él.
La noble sonrió, divertida.
—Humilde.
Eso no se ve todos los días.
Dorian, algo más callado de lo habitual, jugueteaba con una copa mientras escuchaba.
—Valdora resiste —dijo finalmente—.
Aunque a veces parezca que todo está a punto de quebrarse.
—Resistir no siempre es ganar —intervino otro noble, más joven—.
A veces solo es retrasar lo inevitable.
Freya levantó la mirada con firmeza.
—Mientras se resista, aún hay elección.
Cuando se deja de resistir, ya no hay nada.
El comentario dejó un breve silencio, roto por un leve aplauso de uno de los comensales.
—Bien dicho —murmuró—.
Se nota que has estudiado más que política.
—Más de lo que muchos creen —respondió Freya, tranquila.
Las conversaciones continuaron: comercio, rumores de guerra, antiguos tratados rotos y alianzas frágiles.
Sin embargo, algo flotaba en el aire.
Una tensión suave, casi invisible, como si todos supieran que aquella cena no era solo un gesto diplomático.
Entonces, las puertas del salón se abrieron.
Morgana entró sin anunciarse.
No llevaba corona ni símbolos exagerados de poder, pero su presencia fue suficiente para que el murmullo se apagara.
Caminó con paso seguro entre las mesas hasta detenerse junto a ellos.
—Dorian.
Vesper.
Erila.
Freya.
—Su voz fue clara, firme—.
Acompáñenme.
Nadie se atrevió a preguntar nada.
Los cuatro se levantaron de inmediato.
Los nobles intercambiaron miradas incómodas, algunos claramente aliviados de no estar involucrados.
Morgana los condujo fuera del salón, atravesando un corredor largo y estrecho, iluminado apenas por antorchas azules.
El sonido de la cena quedó atrás, reemplazado por un silencio denso.
—¿A dónde vamos?
—preguntó Erila en voz baja.
—A donde las máscaras se caen —respondió Morgana sin girarse.
Llegaron a una escalera en espiral que descendía profundamente bajo el palacio.
El aire se volvió más frío.
Al final, un pasillo recto los llevó hasta una sola puerta, grande, de madera oscura reforzada con metal antiguo.
—La última habitación —dijo Morgana—.
Entren.
La puerta se abrió sin esfuerzo.
Dentro, la sala era amplia, circular.
Una mesa de piedra ocupaba el centro.
Alrededor, varias figuras se encontraban de pie o sentadas, algunas cubiertas con capas, otras mostrando símbolos que ninguno de los cuatro reconoció al instante.
Pero hubo rostros que sí.
Sagram Varos estaba allí, imponente, con los brazos cruzados y una expresión dura, casi satisfecha.
Dorian sintió que el corazón se le detenía un segundo.
A unos pasos de él, apoyado contra una columna, estaba Eryon.
No llevaba uniforme, ni armadura.
Su mirada era fría, calculadora.
Cuando sus ojos se cruzaron con los de ellos, no mostró sorpresa.
Solo una leve tensión en la mandíbula.
—Vaya —dijo Sagram Varos con voz profunda—.
Así que estos son.
—¿Qué es esto?
—exigió Vesper, dando un paso al frente.
—Una reunión —respondió Morgana—.
De aquellas que deciden el rumbo del mundo, les guste o no.
Freya observó a las demás figuras.
Reyes.
Señores.
Gobernantes de tierras que apenas había oído nombrar.
Todos allí, en secreto.
—¿Por qué están ellos aquí?
—preguntó Erila, señalando a Sagram Varos y Eryon.
Sagram sonrió apenas.
—Porque la guerra no siempre se libra en los campos de batalla.
Eryon habló entonces, por primera vez.
—Y porque algunas verdades solo se dicen cuando no hay testigos innecesarios.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de presagios.
Morgana cerró la puerta detrás de ellos.
—Siéntense —ordenó—.
A partir de ahora, nada de lo que escuchen podrá olvidarse.
Y en ese instante, los cuatro entendieron que habían cruzado un umbral del que ya no había regreso.
La puerta se cerró con un golpe seco detrás de ellos.
Dorian fue el primero en reaccionar.
—¿Qué hacen Eryon y Sagram Varos aquí?
—exclamó, dando un paso al frente.
Vesper ya tenía la mano cerca del arma.
Erila miraba a Morgana con una mezcla de traición y desconcierto.
Freya sentía la varita vibrar levemente bajo su capa, como si también percibiera la tensión.
Morgana no elevó la voz.
—Cálmense.
No harán nada.
—Su mirada recorrió sus rostros uno por uno—.
¿Acaso conocen al resto?
Ninguno respondió.
Fue entonces cuando Morgana avanzó hacia la mesa circular y comenzó a señalar.
—El de barba es Harald Noren, emperador del norte.
El hombre inclinó apenas la cabeza.
Su barba gris estaba trenzada con anillos metálicos, y sus ojos eran fríos como hielo antiguo.
—La mujer —continuó Morgana— se llama Seraphine Caelreth.
Es jueza del Consejo.
Erila frunció el ceño.
—Disculpe… ¿dijo Consejo?
¿Qué es eso?
La reacción fue inmediata.
Varios de los reyes y consejeros soltaron risas contenidas.
No burlonas del todo… pero sí incrédulas.
Morgana los silenció con una mirada.
—Cada habitante humano de este mundo debe seguir ciertas normas regidas por el Consejo —explicó con calma—.
Ellos deciden quién es culpable y quién no.
A qué prisión irá cada condenado.
Qué propuestas pueden aprobarse.
Qué avances pueden existir.
En otras palabras… manejan lo más importante de la sociedad humana.
Se acercó un poco más a Erila.
—Por ejemplo: si tú me matas, irás a prisión.
Pero si matas al líder del Ur’ Molkar, no necesariamente.
Sin embargo, si haces contrabando con ellos… sí.
El Consejo define qué crimen pesa más que otro.
Alguna duda.
Erila tragó saliva.
—No… ya entendí.
—Bien.
—Morgana señaló al hombre al lado de Seraphine—.
Él es Aldric Vaelor, alto consejero de justicia.
Aldric no sonrió.
Observaba como quien analiza una ecuación compleja.
—Y por último —añadió Morgana—, pero no menos importante: Kaelor Dreeven, líder de los Cuervos de Hierro.
Un grupo de mercenarios de élite.
Kaelor inclinó la cabeza apenas, con una media sonrisa peligrosa.
Dorian respiró hondo.
—Gracias por la presentación, reina Morgana… pero ¿por qué no nos presenta el verdadero motivo?
Kaelor habló antes que ella.
—¿Alguna vez han escuchado de la Legión de los Anillos?
Freya se quedó helada.
—¿Qué?
¿Luchan contra ellos?
Kaelor soltó una carcajada seca.
—¿Luchar contra ellos?
No, niña tonta.
Nosotros somos parte de la Legión.
El impacto fue evidente.
Dorian miró a Eryon.
Sagram cruzó los brazos, esperando la reacción.
Erila dio un paso adelante.
—¿Y de qué nos sirve saber que son parte de un grupo secreto… y famoso al mismo tiempo?
Aldric Vaelor intervino con voz firme.
—Porque luchamos contra otra sociedad.
Una que solo Eryon conoce en profundidad.
Y por alguna razón… no nos ha dicho quiénes son exactamente nuestros enemigos.
Solo sabemos que personas importantes de Galandor y Valdora están involucradas.
El nombre de Valdora resonó como un golpe.
Erila sintió que el aire se le escapaba.
—Esperen… —dijo lentamente—.
Yo escuché algo.
Entre mi padre y Selene.
No entendí todo… pero estaban furiosos.
Selene mencionó a Lucius.
Dorian se giró hacia ella, incrédulo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Erila bajó la mirada.
—No sé… Perdón.
No quería preocuparte.
Antes de que la tensión entre ellos creciera, una figura dio un paso al frente.
Alto, con armadura oscura y símbolos que ninguno reconocía.
—Cuando estaba en Lythaen —dijo Arkhavel con voz grave—, los ogros atacaron buscando a un anciano.
Solo Eryon sabe por qué lo querían.
Y Lucius apareció.
Algo… inusual.
Vesper frunció el ceño.
—Si es cierto que Eryon sabe tanto… ¿por qué no habló antes?
¿Por qué no dijo nada?
Todos miraron hacia él.
Eryon permaneció en silencio unos segundos.
Luego habló.
—Yo sé lo que hago.
Después de todo… soy líder de la Legión.
El peso de esa afirmación cayó como una losa.
Dorian ignoró el título.
—Si existe otra sociedad secreta… ¿por qué no nos dicen quiénes son?
Harald Noren respondió esta vez.
—Porque podrían ayudarnos.
Uniéndose a nosotros.
Dorian dio un paso atrás, incrédulo.
—¿Unirme?
¿A ustedes?
¿A él?
—Señaló a Sagram Varos—.
El que destrozó mi reino.
El pueblo de mi tío.
El que secuestró a mi amigo.
¿De verdad creen que necesito menos razones para odiarlos?
Sagram no se alteró.
—No tienes idea de lo que esta sociedad es capaz de hacer para cumplir su objetivo.
Hemos sufrido por su culpa durante años.
Solo sabemos que Lucius forma parte de ella.
Que Galandor y Valdora están implicados.
Pero no sabemos quién dentro de esos reinos.
Tampoco sabemos dónde está Lucius.
Dorian no parecía convencido.
Hasta que Eryon volvió a hablar.
—Escucha.
Sabes mi historia.
Sabes por qué soy parte de esto.
—Lo miró fijamente—.
¿Conoces la historia de Aldric y Edric?
Dorian asintió lentamente.
—¿Qué pasaría si te dijera que Lucius cambió los nombres?
—continuó Eryon—.
Aldric era él.
Y Edric era… yo.
El silencio fue absoluto.
—Él me traicionó —dijo Eryon con voz baja—.
Me dejó tirado frente a los ogros.
Y lo peor… es que los enemigos de hoy eran mis aliados entonces.
Freya sintió un escalofrío.
—Entonces… ¿naciste en Valdora?
—preguntó—.
¿Eras parte de la sociedad secreta?
¿Por qué no dices nada?
Eryon la miró.
Por un segundo, pareció humano.
Vulnerable.
Pero no respondió.
Simplemente se dio media vuelta y salió de la habitación.
El sonido de la puerta resonó en la sala.
Incluso los reyes parecían sorprendidos.
Dorian miró alrededor.
—¿Por qué se impresionan?
¿No lo sabían?
Morgana habló con calma.
—Si.
Si losabiamos La revelación había superado incluso a los presentes.
Morgana avanzó un paso.
—Y bien.
—Su voz fue firme, directa—.
¿Están dentro… o fuera?
Los cuatro se miraron.
Unirse significaba trabajar con enemigos.
Con traidores.
Con hombres que habían destruido sus hogares.
Pero no unirse significaba caminar a ciegas mientras una sociedad invisible movía los hilos del mundo.
Vesper fue el primero en hablar.
—Es peligroso.
—Sí —añadió Freya.
Erila apretó los puños.
—Demasiado.
Dorian respiró hondo.
—Lo debemos pensar.
Morgana asintió.
—Tienen hasta el amanecer.
La sala volvió a quedar en silencio.
Ya no eran solo guerreros.
Ya no eran solo herederos o aprendices.
Estaban a punto de decidir si entrarían en la guerra más grande que jamás habían imaginado.
Y esta vez… no habría vuelta atrás.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Gabriel_tortorici En este capítulo aparecen nuevos personajes que son dificiles de entender cual es su rol.
Aquí aparece Harald Noren, emperador del Norte alguien muy influyente.
Seraphine Caelreth, es jueza del Consejo (sería como el juicio mágico).
Kaelor Dreeven, líder mercenario de los Cuervos de Hierro, el grupo mercenario con mejor reputación.
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