una venganza ineludible - Capítulo 9
- Inicio
- Todas las novelas
- una venganza ineludible
- Capítulo 9 - 9 La primer aparición cara a cara
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
9: La primer aparición cara a cara 9: La primer aparición cara a cara El mapa ardía suavemente entre las manos de Vesper, revelando una línea centelleante que se deslizaba entre montañas, bosques y valles.
El destino estaba marcado: Aetheron.
—Esto nos lleva al reino de la disciplina… pero también del riquezas —murmuró el elfo.
Durante horas cabalgaron bajo la luz tenue de la luna, cruzando el río de Espejismos y los Bosques de los Susurros.
Al amanecer, las murallas de Aetheron se alzaban ante ellos: un coloso de piedra blanca tallada con símbolos élficos, inquebrantables como la misma voluntad de sus fundadores.
Apenas cruzaron los arcos sagrados, apenas sus ojos alcanzaron a admirar los techos curvos de las casas y las fuentes encantadas que danzaban con agua suspendida en el aire, cuando un alarido los detuvo.
—¡Quietos!
¡Por orden del rey Aric, están arrestados por ser la Sombra del Alba!
Elira y Dorian se miraron, confundidos.
Vesper frunció el ceño, y Freya preguntó: —¿La Sombra del qué?
No hubo respuesta.
Solo cadenas y empujones.
Fueron conducidos hasta el salón del trono de cristal azul.
El rey Aric, de barba trenzada y ojos como hielo quebrado, sostenía un mapa: el mismo que el mendigo les había dejado en la entrada hacía semanas.
—Este mapa lo dejó un hombre extraño.
Lucius, el rey de Valdora, agarró un anillo.
Queriendo dominar la magia.
Rompió el tratado en la última reunión de reyes —declaró el monarca, sin quitar la vista del pergamino.
Freya frunció los labios, tratando de entender.
Pero justo cuando Aric iba a continuar, una explosión estremeció las paredes.
Gritos, fuego y caos siguieron.
El suelo vibró.
Una de las murallas, antaño impenetrable, se desplomó bajo una explosión arcana.
540 hombres de la oscuridad invadieron la ciudad, armados con varitas negras que lanzaban rayos de energía devastadora.
Las torres ardían.
La plaza se hundía en ceniza.
Entre ellos, uno solo avanzaba sin prisa.
Iba montado sobre un caballo negro cuyos ojos azules brillaban como estrellas muertas.
Su manto se deslizaba como sombra líquida y su rostro, oculto bajo una capucha, era más temido que cualquier ejército.
Entró en la sala del trono sin ser detenido.
Las antorchas se apagaron a su paso.
—Entrégame el mapa —dijo, con una voz serena que helaba la sangre.
—¿Tú quién eres?
¿Acaso sabes con quién hablas?
Tengo el mejor ejército de este mundo.
No temo a fantasmas —rugió Aric, levantándose del trono.
—Entrégamelo.
—No lo haré.
No te tengo mie… El rey se detuvo.
El hombre alzó la mano derecha, lentamente.
En el aire comenzaron a bailar motas de vapor y brasas.
El agua de las fuentes cercanas se elevó, formando serpientes líquidas; el fuego de los candelabros se arremolinó en un ciclón ardiente.
—Dámelo.
—¿Qué estás haciendo?
—preguntó Aric con un temblor en la voz.
Pero era tarde.
Una ola de fuego lo envolvió.
Agua hirviendo lo aprisionó y fuego lo devoró, dejando solo huesos ennegrecidos.
El mapa cayó de sus manos calcinadas, y el hombre lo tomó con delicadeza, como si recogiera una flor.
Un soldado oscuro se le acercó.
—¿Qué hacemos ahora, señor?
—Lo que quieran —respondió, sin mirar atrás.
Desde las alturas del palacio, Dorian y su equipo vieron todo.
Ojos abiertos como platos, corazones latiendo como tambores de guerra.
—Ese hombre… maneja dos elementos primordiales.
No podemos enfrentarlo —susurró Freya.
—No hay lugar para la cobardía —replicó Dorian, tragando saliva.
El mapa, como si respondiera al horror, volvió a brillar.
Trazó una nueva línea.
El camino ahora era hacia Valdora.
Huida de las Ruinas Gracias a Vesper, que conocía los antiguos túneles de Aetheron, escaparon entre las ruinas.
Atravesaron pasadizos ocultos, bajo bibliotecas derrumbadas y criptas sagradas, hasta salir por una grieta al norte.
El humo aún se elevaba hacia los cielos, y las lágrimas de Elira ardían por la impotencia.
Caminaron durante 38 horas con apenas pausas.
Al borde del colapso, sus botas cubiertas de barro y ceniza, llegaron a las puertas de Valdora.
El lugar de nacimiento de Dorian.
Su antigua casa.
Pero los centinelas los detuvieron inmediatamente.
Espadas en mano, los escoltaron ante el trono donde estaba sentado Lucius, el general y rey.
Freya, firme como nunca, fue la primera en hablar.
—Tienes algo que no es tuyo.
Lucius alzó una ceja.
—No importa eso, lo que importa es por que se escaparon, destruyeron todo para volver —no queriamos volver rey inútil—exclamó enojado Vesper —bueno la condena ya está sellada —¡¡responde!!— gritó Freya—es mas importante mi pregunta que tu capricho.
¿Te dieron algo que no es tuyo hace unos días?
—¿Qué cosa?
— Un objeto que pertenece a alguien muy… peligroso.
Lucius se quedó en silencio por unos segundos.
Luego asintió.
—Lo tengo.
¿Pero qué tiene que ver con ustedes?
Dorian dio un paso al frente.
—Ese hombre… ha destruido Aetheron.
Lo vimos.
Calcinó al rey Aric frente a nuestros ojos.
Está reclamando lo que le pertenece, le roberon cosas poderosas y la repartieron al perecer.
Uno por uno.
Y vendrá por ti.
Lucius palideció.
Sus labios se apretaron.
—¿Lo enfrentaron?
¿En persona?
Todos asintieron.
El silencio lo dijo todo.
Lucius se levantó, por tercera vez en días con miedo verdadero en los ojos.
—Entonces… no hay tiempo.
Yo mismo dirigiré al ejército de Valdora.
Si ese hombre llega… que lo espere el infierno.
—no padre, nosotros lo dirigiremos
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com