Vendida al Ala Negra - Capítulo 66
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66: Lo que significa un sirviente – 1 66: Lo que significa un sirviente – 1 Serena se acercó a la puerta de la prisión, sonriendo ampliamente mientras miraba el rostro de León con convicción: —¿Así que al final Evangeline pidió ayuda?
León abrió la puerta con un rostro inexpresivo.
Recordó cómo lloraba Evangeline, pero ¿por qué estaban tan seguros de que no se verían implicados en ningún problema?
Ahora le preocupaba de verdad si Sir Elijah había tomado la decisión correcta.
Su trabajo nunca había sido del todo justo; a veces, incluso priorizaban a los nobles por encima de la justicia, lo que se había convertido en la norma en su labor.
Pero, aun así, Elijah solo sometía al que era verdaderamente culpable, aunque fuera en lo más mínimo, nunca al que, como en este caso, era obviamente inocente.
—¡Respóndeme!
—suplicó Serena antes de que, de repente, viera levantarse las manos de León.
Al segundo siguiente, un dolor agudo le recorrió las mejillas; un dolor lleno de furia y advertencia.
La sangre goteó desde la comisura de su boca hasta el suelo y, al verlo, el rostro de Serena se horrorizó mientras el dolor le invadía la piel, quemándola como si la acabaran de marcar con un hierro candente.
—¿Q-qué…?
León la miró enarcando una ceja.
—¿Sabes con quién estás hablando?
Temblando, lo único que Serena pudo hacer fue mirar a su padre por el rabillo del ojo mientras se sujetaba las mejillas, todavía dolorida, pero su padre se limitó a mirarla antes de desviar lentamente la mirada.
A Serena se le abrieron los ojos como platos.
Lo cuestionó con la mirada, una expresión que preguntaba por qué su padre había apartado la vista cuando acababan de abofetearla.
Pero, por supuesto, el Sr.
Crestmont sabía de sobra que no debía provocar al Seraf en su situación actual.
Peor aún, si intentaba atacar a ese hombre, ¿no sería él quien cayera derribado con suma facilidad?
A pesar de su confianza en educar a sus hijos a base de mano dura y castigos, el hombre no era lo bastante fuerte como para meterse en peleas fuera de su casa.
Sobre todo, no contra un Seraf.
—Caminen —ordenó León con frialdad y, aunque Serena seguía fulminándolo con la mirada, él la ignoró y masculló por lo bajo: —La otra sabía cómo comportarse, pero a esta nunca le enseñaron.
Le hizo preguntarse si a Evangeline la habían educado de verdad en una casa diferente.
Cuando llegaron a la sala de interrogatorios, allí solo estaba Elijah, que ni siquiera levantó la vista ni les indicó que se sentaran.
En vez de eso, cerró su documento y, con pereza, se puso a escribir algo en sus papeles.
—Hay una opción —soltó Elijah la noticia de inmediato—.
Envíen a una de sus hijas al gremio de esclavos.
—¡¿Q-qué?!
—gritó la Sra.
Crestmont—.
¡No!
¡A Serena no!
—Entonces supongo que enviaré a su otra hija, Evangeline —señaló Elijah, y al instante oyó gritar a la Sra.
Crestmont.
—Sí.
¡Sí, envíe a Evangeline en su lugar!
Ante esto, Elijah Starn levantó la vista, con el pelo rozando sus pesadas alas que descansaban en la silla, mientras los observaba, sopesando si esa gente era realmente Seraf, pues parecían de peor calaña que su propia gente, conocida precisamente por eso.
—¿Va a oponerse?
—se dirigió Elijah al Sr.
Crestmont, que parecía seguir sumido en el silencio de sus preocupaciones.
Abrió la boca y la volvió a cerrar antes de bajar la mirada.
—S-si la venden…
no habrá ninguna implicación para nuestra familia, ¿verdad?
Elijah Starn no pudo evitar bufar y sonreír con desdén.
Había sido un necio por siquiera intentar ver si esa gente cambiaría.
Por muy desafortunada que fuera Evangeline, esta era su decisión.
—No las habrá —respondió Elijah Starn—.
Pero eso no significa que vayan a irse sin castigo alguno.
He redactado su castigo y se lo he entregado a León.
Él será quien les diga qué hacer a continuación.
Si eso es todo, ya pueden marcharse.
Denle las gracias a su otra hija, pues su autosacrificio es lo que les ha permitido a todos ustedes escapar de una sentencia de muerte.
Serena salió de la habitación, todavía frotándose las mejillas con indignación, pero no parecía haber ni el más mínimo atisbo de preocupación en su rostro, aun sabiendo que se habían llevado a su hermana para castigarla.
Elijah, que había visto esto, suspiró y se echó hacia atrás, pellizcándose el entrecejo.
—Parece, León, que deberías estar agradecido de no haber nacido en un hogar así.
León, que estaba de pie junto a la puerta, la cerró y asintió.
—Desde luego, y yo que siempre pensé que había tenido mala suerte a la hora de tener una buena familia.
Pero, Sir Elijah, ¿no es demasiado injusto que permitamos que esa chica cargue con todos los problemas de la familia?
Pensar que todos ellos serán liberados con nada más que una advertencia y una sanción…
—¿De verdad crees que esto será todo?
—cuestionó Elijah.
León lo miró con duda.
Elijah se levantó de la silla y caminó hacia la puerta, sus pesadas alas blancas barriendo el suelo.
Al llegar junto a su subordinado, le dio una palmada en el hombro—.
A veces es más afortunado separarse de una familia así, sobre todo sabiendo que pronto se enfrentarán a algo peor que la muerte.
—¿Peor que la muerte?
—dudó León, y Elijah se encogió de hombros con naturalidad.
—Pronto lo sabrás.
Además, esa chica no va a sufrir —dijo Elijah, y luego colocó el sobre que había traído y le dio unos toques en los hombros a León con él—.
Haz que envíen esto al Castillo Valentine.
Quizá a partir de ahora ya no tengamos que obedecer las palabras de otros nobles y por fin podamos cumplir ese sueño tuyo que siempre ha estado tan lleno de justicia.
Mirando a Elijah, León parpadeó y luego se quedó mirando el sobre, que a continuación envió al Castillo Valentine a pesar de que seguía sin saber qué iba a ocurrir.
Mientras tanto, esa misma mañana, a Evangeline la llamaron a una celda diferente; la despertaron de su breve siesta cuando otro guardia abrió la puerta de la celda, en la que se encontraba junto a otro grupo de mujeres.
—Síganme ahora.
—¿A-adónde vamos?
—preguntó una mujer temerosa, mirando a su alrededor.
Y aunque sentía la misma curiosidad que las demás, Evangeline se mantuvo alerta.
Era extraño, ya que no la habían devuelto a la celda en la que estaba antes de ser interrogada, y ahora las iban a trasladar de nuevo.
¿Pero adónde?
¿Al patíbulo?
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