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Vendida al Ala Negra - Capítulo 76

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76: Cómo usar un arma 2 76: Cómo usar un arma 2 «¿Qué expresión pondría?».

Hades se lo preguntó en silencio.

Sus ojos violetas se detuvieron en el rostro paralizado de ella, oscuros e impasibles, mientras la estudiaba con ociosa paciencia.

Sintió curiosidad por los pensamientos que debían de arremolinarse dentro de su bonita cabecita: miedo, resistencia, quizá incluso esperanza, todo cuidadosamente contenido bajo aquel exterior impávido.

La muchacha que tenía ante él era hermosa, no se podía negar.

Sin embargo, a lo largo de su longeva vida, había aprendido que la belleza siempre era lo primero en marchitarse.

Cautivaba con facilidad y decepcionaba con la misma rapidez, su novedad se pudría hasta que la admiración se convertía en una monótona inevitabilidad.

Al final, una vez que la belleza se descomponía, todo lo que quedaba era hueso y polvo.

Esa verdad, no obstante, no disminuía su interés por Evangeline.

Si era sincero consigo mismo, ella poseía todos los rasgos que inevitablemente le llamaban la atención: suave, delicada y engañosamente frágil.

El tipo de belleza que parecía poder romperse sin esfuerzo, pero que sería tan delicioso de contemplar si se manchara por completo con su propia tinta.

Parecía algo precioso envuelto en encaje, pero era innegablemente más atractiva cuando era él quien la envolvía.

¿Quién no se sentiría tentado de rehacer algo hermoso con sus propios colores?

Hades, desde luego, nunca se había inclinado a negarse a sí mismo tal capricho.

Pero ahora mismo estaba intrigado.

Lo último que ella debió de ver fue lo poderosa que era su autoridad.

Con solo un chasquido de sus dedos, ¿quién se atrevería a meterlo entre rejas a pesar de haber matado un alma?

Lo había visto, había aprendido que no era alguien con quien cualquiera pudiera meterse.

Normalmente, la mayoría de las personas con un aliado con tanto poder sobre la autoridad invocarían su nombre de inmediato cuando estuvieran con el agua al cuello.

Pero Evangeline no lo hizo.

No mencionó su nombre, a sabiendas de que, si lo hubiera hecho, ni siquiera habría tenido que dormir en el calabozo, y mucho menos estar aquí, atrapada en la casa de subastas.

Desde luego, estaba asustada.

Al menos, lo bastante asustada como para atreverse a intentar atacar a alguien cuando todavía dudaba sobre la idea de matar.

Así que, ¿quería escapar, pero sin su ayuda?

Pues bien, eso es inaceptable.

Antes de darse cuenta, el rostro de Hades se había vuelto gélido y, al ver esa expresión sombría en él, Evangeline se estremeció.

Su cuerpo seguía temblando por completo, el miedo cubría su rostro, pero, más que eso, había apretado la mandíbula con fuerza, y su mirada desafiante se asomaba a través de sus ojos de gacela.

Solo cuando vio la sangre retrocedió, pero se dio cuenta de que no podía moverse, al menos no hasta que Hades retirara la mano de la suya, que todavía sujetaba la daga.

E intentó moverla, una y otra vez, en vano.

Aquello la asustó.

Sabía que la pérdida de sangre podía llevar a la muerte.

En concreto…, a la muerte de Hades.

Solo la imagen que cruzó por su mente fue suficiente para espantarla.

Las lágrimas que se le habían estado acumulando por fin cayeron.

No de miedo, sino de preocupación, lo que quedó claro cuando tartamudeó: —S-suéltame las manos, p-por favor…

Yo…, estás herido.

Lo siento, no era mi i-intención.

—Sé que no tenías la intención de rebanarme el cuello —soltó una risita, y ella pudo sentirla en su garganta, ya que sus nudillos estaban presionados contra su nuez, lo que le provocó aún más náuseas.

—Entonces suéltame…

—¿Por qué no dijiste mi nombre?

¿Una pregunta?

Evangeline frunció el ceño.

¿Acaso una pregunta era más importante ahora mismo que quitar primero la hoja de su mano?

Él estaba sangrando…

y el corte solo se haría más grande cuanto más tiempo estuviera la daga presionada contra su cuello.

Parece que Tiana incluso había elegido la hoja más afilada que tenía, a juzgar por lo limpio que podía cortar incluso la piel de Hades, que parecía tan impenetrable.

—No lo entiendo…

—susurró ella.

Su mente pareció congelarse al ver la hoja, y él había dejado claro que no la soltaría a menos que le respondiera.

—Me pregunto —continuó él—, por qué no invocaste mi nombre cuando te interrogaron.

¿Sabes lo preocupado que estaba al enterarme de todo lo que pasó para cuando te vendieron aquí?

Evangeline parpadeó mientras lo miraba.

¿Eso era lo que le causaba curiosidad?

No pensó que fuera para tanto.

Después de todo, fue su elección no invocar su nombre y no debería ser algo que a él le extrañara.

Pero en este momento, su pregunta, que aunque sonaba cariñosa con su tono amable, no podía ocultar la oscuridad y el descontento que se escondían debajo.

Que estaba molesto porque ella no había dicho su nombre cuando la interrogaron.

—No…

me acordé de hacerlo.

—¿Eso es todo, de verdad?

—le preguntó de nuevo y, al ver que él había movido la mano, ella se sobresaltó aún más y se devanó los sesos en busca de la respuesta más sincera, como si su instinto supiera que era la única forma de detenerlo de verdad.

—¡Q-quería darle una lección a mi familia!

—¿Ves?

—rio Hades entre dientes—.

Podrías haberme dicho la verdad, ángel.

Mentir no te sienta bien.

Decidió que mentir no le sentaba bien.

—Pero aun así, no es del todo justo, ¿verdad?

—Hades emitió un profundo murmullo, sin permitirle todavía que soltara la mano.

Ella entró en pánico.

—Yo…

estás sangrando aún más.

Por favor, déjame soltar la daga, yo…

—¿Deseabas que te vendieran a alguien?

—dijo Hades pensativo, entrecerrando los ojos mientras continuaba—: He pensado en las razones por las que no dijiste mi nombre a pesar de saber que, tal vez, ya ni siquiera estarías vinculada a este asunto si tan solo hubieras dicho una palabra sobre mí.

Sí, quizá querías darle una lección a tu familia, pero ¿realmente valió la pena?

Había una forma más fácil, después de todo.

—¿Una forma más fácil?

Ya no podía entender las palabras de Hades.

El miedo en su cabeza se sentía caliente, quemando y derritiendo su cerebro hasta que ya no pudo comprender más la situación.

Hades…

estaba furioso.

Eso fue lo que finalmente comprendió.

Claro, la había llamado con cariño, había hablado con tanta clemencia.

Sabía que su rostro parecería aterrador si fruncía el ceño o dejaba de sonreír, así que seguía manteniendo una sonrisa.

Pero cabía preguntarse cuán ciego había que estar para no darse cuenta de que no solo estaba descontento, sino molesto.

Y Hades era alguien sin tolerancia hacia cualquiera que lo molestara.

.

-siguiente capítulo en unos minutos-

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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