Vendida al Ala Negra - Capítulo 93
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93: Hacer el ridículo-1 93: Hacer el ridículo-1 Después de eso, continuaron caminando hacia la cocina en silencio.
Cerdery seguía tarareando y la melodía sonaba más alegre que antes, como si acabara de ganar una pequeña partida de cartas.
Mientras tanto, Evangeline mantenía la cabeza gacha, con un torbellino de pensamientos en la mente mientras imaginaba el rostro de Hades.
—Sabes…
—dijo Cerdery de nuevo cuando estaban paradas frente a la puerta de la cocina—, a Hades le encanta todo lo que sea dulce.
Cuanto más dulce, más le gusta.
¿No te sorprende lo goloso que es?
Si alguna vez planeas hacerle un regalo, prepárale un pastel.
Era la primera vez que Eva no oía una declaración que la hiciera sentirse inferior a Cerdery, pero tras su conversación anterior, Eva no dejaba de sentirse inquieta.
Era porque había visto antes, durante su charla, cómo Cerdery había respondido a sus preguntas con una mirada que pretendía enseñarle cuál era su lugar.
—Lo tendré en cuenta.
—Deberías agradecérmelo —dijo Cerdery mientras abría la puerta—.
¿Mmm?
—Gracias, Señora Cerdery, por su consejo —respondió Eva, con voz más débil que antes, y entró en la cocina justo para oír la risita de la Señora Cerdery.
—He hecho el pastel yo misma —dijo Cerdery mientras abría la puerta de par en par y entraba con los brazos cruzados y su cabello negro rebotando junto a su frente—.
Te sorprenderías, ¿verdad?
Es tan bonito que no esperarías que lo hubiera hecho yo.
Es el pastel de los sureños, hecho sin horno, y lo llaman pastel de queso.
Evangeline dejó que las palabras de la mujer le entraran por un oído y le salieran por el otro.
No es que no le interesara, pero cuanto más pensaba, más dolida se sentía.
Sentía como si Cerdery estuviera intentando impresionar a Hades con el pastel y no quería sentir esa emoción turbia y fea hacia el pastel.
Era extraño.
Eva estaba segura de que nunca antes se había sentido tan enfadada y celosa.
Toda su vida se había visto obligada a ocultarse por Serena, a ver cómo la mimaban mientras ella no tenía nada para sí misma.
Así que debería ser lo bastante sensata como para no sentir celos.
Pero cuando se trataba de Hades, no podía evitarlo.
Él fue la primera persona que la trató de una forma tan especial.
—El chef debe de estar ocupado en la otra sala.
—Cerdery colocó la caja de madera de la sal y el azúcar en el compartimento—.
Hoy voy a impresionar a Hades con mi pastel y estoy segura de que se pondrá contentísimo.
Siempre que come mis pasteles, se ve absolutamente dichoso.
Es una expresión que odiaría que viera cualquiera.
Eva no respondió, sus ojos verdes fijos en el compartimento de la sal mientras Cerdery se daba la vuelta.
—En fin, niña, lleva el pastel a la habitación de inmediato.
Iré a despertar a Hades de su siestecita.
¡Su pastel favorito justo después de despertar!
Oh, qué feliz será, estoy segura.
Entonces Cerdery salió, cerrando la puerta con un golpe seco, dejando a Evangeline en la cocina vacía, rodeada por completo de baldosas ajedrezadas, el blanco y negro que parecía reflejar el pensamiento que se había colado en su cabeza, el despreciable pensamiento de querer arruinar cualquier sorpresa que Cerdery estuviera a punto de dar.
Mientras su mirada se posaba en la caja de la sal, Evangeline apretó el pastel de queso contra su cuerpo.
Mientras tanto, en el dormitorio lleno de enredaderas y flores, Hades por fin volvió a abrir los ojos.
Su mirada violeta se quedó fija en el techo sin rumbo hasta que se levantó de la cama, haciendo que esta crujiera, y giró la cabeza hacia un lado, entornando los ojos de inmediato al no ver a Cerdery por ninguna parte.
Como si estuviera hablando del rey de Roma, la puerta volvió a chirriar al abrirse y esta vez fue Cerdery quien entró en la habitación, haciendo sonar sus tacones mientras balanceaba la cabeza al ritmo de una alegre melodía.
—Oh, deja de mirarme así.
Sé que esta apariencia podría haberte conmovido el corazón, Hades, pero…
—Cesa ya tu actuación pretenciosa, Cerbero.
La mujer sonriente fue perdiendo la sonrisa, hasta que esta desapareció por completo de sus labios y sus ojos.
—¿Por qué estás tan molesto?
—le cuestionó Cerbero, bufando mientras ponía los ojos en blanco—.
Acabo de darte el mejor sueño que tendrás en toda la década.
¡Creo que merezco un elogio en lugar de una mirada como si fuera un gato ladrón!
—Te dije que te quedaras aquí y que no te metieras con mi Evangeline —advirtió Hades con el ceño fruncido y, al ver eso, Cerbero enarcó las cejas.
Se sostuvieron la mirada durante un largo rato, ambos molestos el uno con el otro.
Cerbero finalmente puso los ojos en blanco.
—No la toqué.
Nunca me han interesado los humanos, deberías saberlo mejor que yo.
—Sí, porque les tienes miedo.
—¿Miedo?
—se burló Cerbero en voz alta, señalándolo con el dedo con indignación—.
Para que lo sepas, los humanos son débiles.
No tienen poder como yo, que soy descendiente de un fae.
¡Así que deberías saber que no temería a una criatura tan débil!
—Entonces, ¿por qué te acercaste a ella?
—La pregunta de Hades sonó civilizada, pero su mirada se había vuelto afilada, como la de alguien que estuviera juzgando si dejar que Cerbero se fuera sin un rasguño por su fechoría o darle una buena lección que implicara derramar sangre.
—¿Cómo sabes que me acerqué a ella?
Podría haber salido solo a tomar un poco de aire fresco.
—Puedo sentirlo.
—Hades giró la mano y sonrió—.
La marca en su cuello me permite saber si alguien innecesario la ha tocado.
Lo había incluido en el contrato, especialmente porque quería vigilar a Evangeline, para asegurarse de que nadie se atreviera a tratarla con tanto descuido, ya que ella era suya.
Se frotó los pulgares, sintiéndose satisfecho ante la idea de que la marca de sirviente siempre le mostraría quién la había tocado si no era él.
Lo hacía sentirse especial.
—¿De verdad?
—se burló Cerbero—.
Entonces, ¿no te gustaría conocer los verdaderos sentimientos de tu mascotita?
¿Saber si te hará daño o no, como decía la profecía?
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