Vendida al Ala Negra - Capítulo 95
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95: Emociones expuestas-1 95: Emociones expuestas-1 —¿Qué es?
—Cerbero, que sostenía un tenedor frente a su cara, sonrió—.
¿El pastel?
Ni siquiera lo has probado.
Hades, sin decir palabra, tomó el tenedor de la mano de Cerbero y se lo llevó a la boca.
Frunció el ceño y Evangeline observó atentamente desde un lado, nerviosa, hasta que lo vio asentir y dejar el pastel.
—Podrías haberlo hecho mejor.
—¿Qué?
—espetó Cerbero, y hundió su propio tenedor en el pastel.
Lo lamió antes de hacer una mueca de asco y girarse para escupir lo que había probado, mirando con repugnancia su propia creación—.
¿Qué es esto?
¡¿Por qué está tan salado?!
Evangeline, que estaba a un lado, se quedó atónita.
Era un pastel y los pasteles son dulces, así que ¿cómo podía estar salado?
Ciertamente, antes, cuando la habían dejado con el pastel, los celos se arremolinaron en su cabeza, pero ella jamás volvería salado el pastel solo porque sintiera celos.
Una parte de ella no quería que Hades se comiera el pastel…
Pero se mantuvo en silencio, pues sabía que hacer un pastel era un esfuerzo y no quería desperdiciar el de otra persona.
—Tú —Cerbero se volvió hacia Evangeline—.
Trajiste el pastel hasta aquí, ¿verdad?
—¿Estás insinuando que ella ha vuelto salado tu pastel?
—replicó Hades a Cerbero.
El tono protector de su voz hizo que la habitación se sumiera en el silencio.
En esta situación, lo más normal habría sido arremeter contra Evangeline, la sirvienta, en lugar de contra Cerbero.
Sin embargo, Hades había decidido cuestionar las palabras de Cerbero con un tono que denotaba la certeza de que su sirvienta estaba siendo acusada.
—Bueno, dejé el pastel con ella en la despensa.
¿Quién sabe qué le habrá hecho al pastel?
—cuestionó Cerbero, antes de desviar lentamente su mirada hacia Evangeline, cuyo rostro se tiñó de sorpresa y confusión.
Todo tipo de emociones llenaron el corazón de Eva, pero no era ella quien había arruinado el pastel, así que miró a Hades, suplicándole con la mirada que confiara en ella.
Afortunadamente, parecía que él confiaba en ella por ahora, pero ¿seguiría haciéndolo, teniendo en cuenta que Cerbero era alguien mucho más importante para él que ella?
Lo natural sería confiar en la persona que conoces desde hace más tiempo que en alguien a quien acabas de conocer hace apenas unos meses.
Hades miró a Evangeline, su mirada violeta era firme mientras le susurraba: —¿Fuiste tú, Ángel?
Cuando sus miradas se encontraron, la angustia de que no confiaran en ella, ya que a menudo la culpaban por los errores de otros, se desbordó en lágrimas incontrolables.
Pero Hades sabía que no debía dejarse llevar por sus lágrimas.
Se acercó a ella y volvió a susurrar: —Confío en ti, pero también tienes que ser firme contigo misma.
No puedes dejar de defenderte solo porque en el pasado unos cuantos no te escucharan.
Ahora tienes a alguien que creerá tu verdad, así que no te contengas y dilo.
Sus palabras fueron tan alentadoras que no pudo pensar, y los pensamientos de su cabeza se derramaron por su boca a toda velocidad.
—Yo no lo hice.
No toqué el pastel…
—Ella no lo hizo —respondió entonces Hades sin mirar a Cerbero.
Sus grandes pulgares recorrieron la piel bajo los ojos de ella y, con ágiles movimientos, secó las lágrimas de su rostro, más concentrado en limpiarlas que en el hecho de que algunas tuvieran un sabor tan salado.
Cerbero frunció el ceño, claramente disgustada de que Hades hubiera confiado en las palabras de Evangeline sin dudarlo un instante, por encima de la evidencia que tenían ante sus ojos.
—¿Estás diciendo que miento y que este pastel no está salado?
Tú también lo probaste.
¡Sabías que le habían puesto demasiada sal!
Hades puso en blanco sus ojos violetas.
—Ella no lo hizo.
Debiste de ser tú quien añadió sal en lugar de azúcar.
—Lo probé antes de traerlo aquí.
Mi paladar no puede haberse estropeado.
Además —resopló ella—.
Conozco el motivo por el que esa chica ha arruinado mi pastel.
Hades estaba cansado de esta farsa.
Claramente, el plan de Cerbero para hoy era montar un espectáculo a costa de Evangeline, avergonzarla y recordarle cuál era su lugar para que se marchara.
Pero él intentaba conseguir lo contrario.
Quería que fuera sincera consigo misma, que sintiera celos cuando otros estuvieran más cerca de él que ella.
No solo quería que sintiera esa avaricia ardiente por poseerlo; quería que actuara en consecuencia.
Pero lo que Cerbero estaba haciendo tenía el efecto contrario.
—¿Motivo?
A Evangeline se le encogió el corazón al ver la sonrisa que se curvaba en los labios de Cerbero.
No era solo emoción lo que veía en los ojos de la mujer, era un ansia resplandeciente por arruinar la paz que se había asentado entre Hades y ella.
Los ojos de Cerbero siempre daban la sensación de que podían verlo todo.
De que podían ver a través de ella y de los pensamientos que albergaba en su cabeza, incluidos los celos y la envidia que había sentido antes hacia ella.
—A esa chica le gustas.
Y a Evangeline el corazón se le hundió hasta el estómago.
¿A quién le gustaría que otra persona revelara sus sentimientos?
Peor aún, Evangeline todavía no había aceptado sus propias emociones.
Había estado intentando reprimir sus sentimientos, recordándose a sí misma cuál era su lugar para no hacer el ridículo delante de Hades.
Pero ahora…
era demasiado tarde.
Tanto el miedo como la vergüenza hicieron que su rostro ardiera.
Deseó que la tierra se la tragara o, al menos, poder huir, pero hacerlo solo confirmaría las palabras y la dejaría aún más en ridículo.
—¡Incluso me dijo que te conoce mejor que yo!
Me porfió que ella es más cercana a ti que yo.
—Yo no…
—Evangeline no replicó.
Se había sentido herida por su conversación, pero sabía que era inútil discutir con Cerbero.
No se esperaba que Cerbero no solo mintiera, sino que además expusiera sus sentimientos.
Incapaz de hacer nada, Evangeline miró a Hades a la cara, esperando que, por lo menos, no la mirara con asco, pero cuando lo hizo, se le hizo un nudo en el estómago.
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