¡Vendida al Alfa Bastardo después de mi Divorcio! - Capítulo 181
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Capítulo 181: Capítulo 181
POV de Rebecca
Me ardía la garganta.
Cada respiración se sentía como tragar cristales. Me dolía todo el cuerpo. Ese tipo de dolor profundo, que calaba hasta los huesos, el que sientes tras desplomarte en el desierto y que te arrastren sobre las rocas.
Pero nada de eso importaba en este momento.
Porque estaba mirando a un fantasma.
Magnus Corona de Sangre estaba de pie en esa plataforma elevada. Mirándome desde arriba con esos aterradores ojos rojo-dorado. Los mismos ojos que tenía su hijo. La misma mirada de depredador.
Pero los ojos de Magnus tenían algo que los de Kael nunca tuvieron.
Pura y absoluta locura.
—Tú… —grazné; tenía la voz destrozada—. Tú… tú…
No pude terminar la frase.
No lograba que mi cerebro procesara lo que estaba viendo.
Se suponía que Magnus Corona de Sangre estaba muerto. O al menos…, desaparecido. Desvanecido. Kael lo había derrotado. Lo había expulsado del territorio. Todo el mundo decía que probablemente había muerto en el exilio.
Todo el mundo se equivocaba.
Él se rio.
El sonido resonó por la cámara de piedra. Profundo. Intenso. Completamente demencial.
—¿Te comió la lengua el gato, pequeña Rebecca? —Bajó los escalones lentamente. Cada pisada, deliberada. Medida—. Pareces haber visto un fantasma.
—Yo… yo creí que estabas… —Tragué saliva con fuerza. Saboreé sangre—. Muerto.
—¿Muerto? —Llegó al último escalón. Se detuvo a solo unos metros—. Oh, mi querida niña. Estoy muy vivo.
Hizo un gesto abarcando la caverna. Hacia las docenas de renegados que nos observaban. Hacia las antorchas que proyectaban sombras parpadeantes sobre las paredes de piedra.
—Más vivo de lo que he estado en años, de hecho.
Mi mente iba a toda velocidad. Intentando comprender. Intentando reconstruir cómo era posible.
—Pero Kael…
—Kael —escupió Magnus el nombre como si supiera mal—. Ese cachorro malagradecido pensó que exiliarme sería suficiente. Pensó que arrojarme al páramo me mataría.
Su sonrisa se volvió afilada. Cruel.
—Se equivocó.
Lo miré fijamente. A este hombre que debería haber muerto ahí fuera. Que debería haber sucumbido al calor, la sed y la nada infinita.
En cambio, estaba aquí. En esta fortaleza subterránea. Rodeado de seguidores.
—¿Cómo? —La pregunta salió apenas audible.
Magnus ladeó la cabeza. —¿Cómo qué?
—¿Cómo pudiste…? ¿Cómo estás…? —Hice un gesto de impotencia—. ¿Todo esto?
Se rio de nuevo. Con ese mismo sonido demencial.
—¿Crees que ser un Rey Alfa durante treinta años no me enseñó nada? —Empezó a caminar de un lado a otro, con las manos entrelazadas a la espalda—. ¿Crees que no hice planes de contingencia? ¿Que no me preparé para la posibilidad de una traición?
Se detuvo. Se giró para mirarme directamente.
—Tenía recursos. Alijos ocultos por todo el páramo. Suministros. Armas. Todo lo que necesitaba para sobrevivir.
Sentí un nudo en el estómago.
—Y seguidores —continuó, con la voz cada vez más dura—. Lobos que estaban hartos de la ley de la manada. Hartos de las reglas, la jerarquía y el jugar a ser buenos. Renegados que querían poder sin restricciones.
Hizo un gesto hacia los hombres que nos rodeaban.
—Los reuní. Los entrené. Construí algo nuevo aquí, en los lugares olvidados. —Sus ojos ardían—. Algo más fuerte de lo que tiene Kael. Algo puro.
Esa palabra hizo que se me erizara la piel.
Porque podía ver a qué se refería. Podía verlo en las caras cicatrizadas de los renegados. En sus sonrisas crueles. En la forma en que me miraban como si fuera un trozo de carne.
Esto no era una manada. Era otra cosa. Algo más oscuro.
—Tú… —Forcé a mi voz a funcionar—. Planeas volver.
No era una pregunta.
La sonrisa de Magnus se ensanchó. —Niña lista.
Se detuvo justo delante de mí. Tan cerca que podía olerlo. A sangre, a hierro y a algo podrido por debajo.
—Y cuando llegue ese día… —su voz bajó a un susurro—, le arrancaré la garganta a mi hijo malagradecido. Recuperaré lo que es mío. Gobernaré como se supone que debe gobernar un Alfa.
El horror me invadió en oleadas.
—¿Tú… vas a matar a tu propio hijo?
Magnus se rio. El sonido carecía por completo de calidez. —Dejó de ser mi hijo en el momento en que me traicionó. En el momento en que decidió creer que yo era demasiado duro. Demasiado cruel. Demasiado anticuado.
Su mano salió disparada. Me agarró la barbilla. Me obligó a mirarlo.
—Ahora no es nada para mí. Solo un obstáculo que necesita ser eliminado.
La forma tan despreocupada en que lo dijo hizo que se me helara la sangre.
Magnus me soltó la barbilla. Dio un paso atrás.
—Pero basta de hablar de mi estúpido vástago. —Su expresión cambió. Se volvió calculadora—. Hablemos de ti, Rebecca Colmillo Plateado.
Se me cortó la respiración.
—Tienes potencial, pequeña Rebecca. Fuego. Ambición. El tipo de crueldad que se está volviendo rara en las manadas blandas y civilizadas.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Así que esta es mi oferta. —Su voz era suave ahora. Casi gentil—. Únete a mí. Conviértete en parte de mi manada. Ayúdame a recuperar lo que es mío.
Abrí la boca. La cerré. No salió ningún sonido.
—Y a cambio… —hizo una pausa, dejando que el silencio se alargara—, te haré mi Luna.
Las palabras me golpearon como un puñetazo.
Luna.
Su Luna.
Lo miré fijamente. A este hombre que habría sido mi suegro si las cosas hubieran sido diferentes. Si Kael se hubiera casado conmigo como se suponía.
Y ahora me ofrecía convertirme en su compañera.
Lo retorcido de la situación hizo que se me revolviera el estómago.
Pero…
Mi mirada se desvió hacia la entrada de la caverna. Hacia la oscuridad de más allá. Hacia el páramo al que apenas había sobrevivido.
Si decía que no, me dejaría ir. Lo sabía. Podía verlo en su expresión.
Me soltaría de vuelta en ese infierno. Quizá me daría unas horas de ventaja. Me dejaría volver a caminar bajo el sol, el calor y la nada infinita.
No duraría ni un día.
Estaría muerta antes del anochecer.
Los renegados nos observaban. Esperando. Algunos parecían esperanzados. Otros, hambrientos. Algunos simplemente parecían aburridos.
No les importaba lo que me pasara. No les importaba si vivía o moría.
A nadie le importaba.
Ya no.
Lo había perdido todo. Mi estatus. Mi manada. Mi futuro. Incluso mi orgullo había desaparecido, arrancado por días de arrastrarme por el desierto.
¿Qué me quedaba?
Nada.
Excepto una cosa.
Ira.
Pura ira ardiente hacia las personas que me habían puesto aquí.
Kael. Por elegir a Aria en vez de a mí.
Aria. Por existir. Por robar todo lo que debería haber sido mío.
La idea de que estuvieran felices juntos hizo que algo se retorciera en mi pecho. Algo caliente, cruel y absolutamente absorbente.
Habían destruido mi vida. Arruinado todo por lo que había trabajado. Todo lo que había sido.
Y probablemente estaban celebrándolo ahora mismo. Probablemente riéndose de lo patética que era. De que me hubieran exiliado. De que hubiera desaparecido para siempre.
Creían que habían ganado.
¿Pero y si no fuera así?
¿Y si volviera?
No sola. No débil.
Sino con un ejército. Con poder. Con una forma de hacerlos sufrir como yo había sufrido.
Magnus seguía observándome. Esperando mi respuesta.
Me temblaban las manos. Me temblaba todo el cuerpo.
Pero mi voz salió firme.
Clara.
Definitiva.
—Acepto.
La sonrisa de Magnus era aterradora. Pura locura y dientes.
—Excelente. —Me tomó la mano. Me puso en pie—. Bienvenida a la manada, mi querida.
Los renegados a nuestro alrededor se echaron a reír. A vitorear. El sonido rebotó en las paredes de piedra y se convirtió en algo monstruoso.
—Quiero a Kael muerto. Y a Aria. —Mi voz se hizo más fuerte. Más segura—. Los quiero a los dos muertos.
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