Vendida al Alfa de la Escarcha - Capítulo 29
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29: Recuérdanos 29: Recuérdanos 𝐌𝐢𝐤𝐡𝐚𝐢𝐥
—Revela todo lo que he ignorado sobre ti —dije con voz baja pero cortante—.
Cada sombra que justifiqué.
Cada duda que silencié.
Ahora las veo, expuestas entre los escombros.
La confianza está destrozada, Verónica.
Es irrecuperable.
Sus ojos se abrieron de par en par, húmedos por una súbita desesperación.
Negó con la cabeza y el pelo se le soltó.
—No.
No estoy trabajando con ellos, nunca podría.
Son unos monstruos.
Han masacrado a Híbridos Marcados antes; conozco su historia.
Sabes que yo nunca…
—¿Nunca?
—repetí, arqueando una ceja.
Le temblaron los labios y luego probó una táctica diferente.
—Fue Selene.
Me provocó, me insultó.
Me dijo que dos Alfas la querían.
Que tú la querías.
Minutos después de que la sacaras en brazos de los escombros… mientras a mí me dejabas desangrándome, debilitada.
En otra vida, me habrías llevado a mí en brazos.
Mi mirada se agudizó, pero no la corregí.
La dejé hablar.
Dejé que cavara su propia tumba.
—No sé qué me pasó —se apresuró a decir, con lágrimas surcándole el rostro—.
El rechazo de mi amor por ti, el terror de la bomba… hicieron que mi loba perdiera el control.
No era yo misma.
Incliné la cabeza, estudiando cómo se desmoronaba.
Aun así, ella siguió adelante, tejiendo sus mentiras con manos frenéticas.
—Mi corazón, mi alma… ahora son solo fragmentos.
Me miro en el espejo y veo a una extraña.
Ya ni siquiera sé quién soy si no te tengo a ti.
Sus sollozos se hicieron más fuertes, su actuación perfeccionada, y entonces jugó su última carta.
Con dedos temblorosos, se remangó la manga.
Unos oscuros moratones le rodeaban la muñeca.
—Mira esto.
Me agarró cuando se burló de mí.
Incluso tirada en el suelo, me hizo daño.
Miré la marca y luego volví a mirarla a ella.
Todo lo que vi fue cálculo.
No había dejado que los Deltas la curaran.
Una herida preservada, no padecida.
Una herramienta en su engaño.
Pero el fallo en su telaraña de mentiras era flagrante.
El cuerpo que había sacado de los escombros estaba destrozado, su respiración era superficial, su pulso, frágil.
Selene había estado al borde de la muerte: inconsciente, sin reaccionar.
Nadie en ese estado podría haberse burlado, y mucho menos defenderse con la fuerza necesaria para dejar un moratón.
Lo que significaba que Verónica no estaba desesperada.
Estaba tramando algo.
Y me había subestimado.
Ahora sus lágrimas caían con más fuerza, calientes y rápidas, surcando sus mejillas mientras su cuerpo se estremecía con cada sollozo.
—Están intentando separarnos.
Eso es lo que quieren… La Orden.
Ponen bombas, envenenan, susurran sus mentiras hasta que empiezas a mirarme así.
Dio un paso tembloroso hacia delante, agarrándose el pecho como si el corazón fuera a arrancársele.
—¿He luchado a tu lado, te he apoyado, y ahora hacen que creas que podría hacerte daño?
¿¡Que podría traicionarte!?
—Su voz se agudizó, enloquecida por la emoción, y su actuación se afiló como una cuchilla.
Sus sollozos se entrecortaron, pero algo cambió en sus ojos: había cálculo bajo las lágrimas.
Entonces, acortó la distancia de golpe.
Alzó las manos hacia mi cara, temblorosas, desesperadas, mojadas de lágrimas, mientras se inclinaba para presionar sus labios contra los míos.
La sujeté por las muñecas antes de que hiciera contacto.
Sus sollozos se convirtieron en algo más áspero y desesperado.
—¿Acaso esto no lo demuestra?
¿Que soy tuya?
¿Que siempre he sido tuya?
¿Crees que la estrangulé porque quería que desapareciera?
No, Mikhail, lo hice porque estaba entre nosotros.
Se burló de mí.
Dijo que la querías, que te tenía.
Perdí el control.
Pero no fue traición, fue un corazón roto.
Sus muñecas temblaban en mi agarre, y aun así siguió empujando hacia delante, tratando de cerrar el espacio entre nosotros, con sus labios rozando el aire.
—Mírame —suplicó, con la voz rota—.
Mírame bien.
Estoy rota.
Tú me rompiste.
No me moví.
Las lágrimas surcaban su rostro mientras susurraba: —No dejes que ganen.
No dejes que nos separen.
La miré desde arriba, en silencio, dejando que sus palabras se desmoronaran en el espacio que nos separaba.
Sus sollozos, su súplica, su contacto… no estaban curando nada.
Lo estaban exponiendo todo.
La fractura no era mía.
Era suya.
Y cada palabra, cada beso desesperado que intentó forzar sobre mí, solo lo revelaba con más claridad.
Sus lágrimas amainaron, pero su voz se agudizó, rompiendo el silencio como un cuchillo.
—Si no quieres verme por quien soy ahora…, entonces recuerda quién fui para ti.
Mi agarre en sus muñecas no se aflojó, pero sus palabras se clavaron más hondo de lo que jamás podrían hacerlo sus sollozos.
—Las Tierras Exteriores —susurró, como si esa sola palabra pudiera deshacerme—.
Cuando tú y tu madre no teníais nada: ni manada, ni comida, ni techo.
Cuando la sangre de tu padre aún estaba fresca en la tierra y a tu hermana la arrancaron de los brazos de tu madre… mi padre abrió sus puertas.
Te dio cobijo.
Te alimentó.
Te vistió.
Te dio el entrenamiento que te convirtió en el Alfa que eres ahora.
Sus ojos buscaron los míos desesperadamente, como si el propio pasado fuera el arma que me haría ceder.
—Sin él, no habrías sobrevivido al exilio.
Sin él, no habrías recuperado Crestainvierno.
Sin él… no serías Mikhail Morozov, el Gran Alfa.
El nombre resonó como un eco.
Apreté la mandíbula.
Los recuerdos llegaron sin ser llamados: el cuerpo de mi padre destrozado ante mis ojos, mi madre gritando mientras le arrancaban a su recién nacida.
Años de ceniza y hambre en las Tierras Exteriores, hasta que una mano severa me sacó de allí.
El hombre que nos había dado cobijo, que había forjado la fuerza en mis miembros temblorosos a base de golpes, que me había enseñado a convertir el dolor en acero.
A los dieciséis, había convertido ese acero en victoria.
Había ganado el Duelo Alfa.
Había derramado la sangre de mi tío y reclamado Crestainvierno con mis propias manos.
Pero fueron los cimientos establecidos en el exilio —las lecciones que me inculcaron a la fuerza en las Tierras Exteriores— las que me hicieron capaz.
Y ella lo sabía.
Por primera vez en todo el intercambio, mi agarre flaqueó.
No mucho.
No lo suficiente para que se soltara.
Pero sí lo suficiente para que notara el cambio.
Sus labios se curvaron, temblorosos, como si hubiera encontrado la grieta que había estado buscando a arañazos.
—Le debes a él.
Nos debes a nosotros.
Me debes a mí.
Le prometiste que cuidarías de mí, que me querrías…
La interrumpí.
—Como a una hermana.
Me dijo que quisiera a su hija como a una hermana.
Y haré justamente eso.
—Mi voz era hielo afilado—.
He cuidado de ti toda tu vida.
Hice un juramento a mi mentor, tu padre.
¿Y qué es un lobo sin honor?
—Mi rostro se ensombreció—.
Verónica Vargan, por la presente te revoco tu puesto como mi Beta.
Su rostro se descompuso y palideció.
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