Villano Primordial con un Harén de Esclavas - Capítulo 1121
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Capítulo 1121: Damas mironas
Cinco chicas estaban acurrucadas en la esquina del patio, apretujadas hombro con hombro como las conspiradoras culpables que eran.
Feng, Felicity, Seraphiel, Kitsara y Rosie. Las más pícaras de la casa.
Sus ojos brillaban de puro asombro y fascinación, mientras sus labios luchaban por no ahogar una exclamación a cada segundo.
¿Por qué estaba este peculiar grupo de chicas tan alborotado?
¡TAN! ¡TAN! ¡TAN!
Cada golpe del martillo de herrero era tan fuerte que hacía castañetear los dientes.
Incluso desde su «seguro» escondite, las chicas estaban empapadas por el calor que la fragua desprendía en el aire. El sudor les recorría la espalda, pero ninguna de ellas pensó siquiera en alejarse.
Porque lo que estaban contemplando… Ah, aquello valía cada gota de malestar.
Dentro de la herrería se encontraba Quinlan.
Semidesnudo.
Llevaba el torso desnudo, exhibiendo una musculatura tan bien esculpida que prácticamente obligaba al bello sexo a babear con solo verla, sobre todo ahora que relucía bajo el sensual resplandor de la fragua. La luz del fuego danzaba sobre él, mientras las sombras se adherían a su pecho y abdominales antes de escurrirse por los surcos que trazaba el sudor.
En una mano empuñaba un martillo de oro. Su cabeza refulgía como si hubiera nacido del mismísimo sol, gracias a la inmensa cantidad de los elementos de Fuego de Quinlan que le estaba infundiendo. Cada vez que el martillo se alzaba, sus hombros se tensaban, su espalda se flexionaba y las venas de sus antebrazos se marcaban como ríos de acero. Cada vez que caía, su cuerpo se ondulaba con una fuerza tal que haría a casi cualquier hombre rabiar de celos.
—Caliente…, caliente…, caliente… —susurró Kitsara como una letanía entrecortada, con los ojos llenos de estrellas, el aliento ardiente y los dedos moviéndose, anhelantes, cada vez más cerca de sus partes más íntimas.
Felicity tenía la cara tan roja que parecía a punto de desmayarse. —¿Por qué…, por qué se le permite a Lord Black vestir así?! ¡Es indecoroso!
—¿Permitido? Está obligado —le susurró Seraphiel con las mejillas sonrosadas—. Si intentara ponerse una camisa, iría hasta allí y le daría un coscorrón.
Feng se tapaba la boca con las manos, temiendo que pudiera gritar. La adolescente oriental ya había visto desnudo a ese tipo grosero y soberbio muchas veces cuando vivían juntos en Zhenwu. Quinlan no es que se escondiera, aunque, por supuesto, nunca había creado una situación incómoda.
Por lo que a él respectaba, Feng podía verlo bañarse; no creía que eso fuera a arruinar su inocencia ni nada por el estilo. Además, el mundo de Zhenwu era peligroso. De esa forma, podía proteger mejor a la chica que si ella estuviera lejos.
En resumen, sí, la chica ya había visto esos músculos al descubierto. Pero nunca así. No en un entorno tan salvaje.
No sabía qué decir. Su cerebro empleaba todos sus recursos en observar y memorizar; no le quedaba capacidad para, además, hablar.
¡Otro TAN! resonó, más fuerte, más nítido, haciendo temblar el suelo. Saltaron chispas como fuegos artificiales, iluminando el cuerpo de Quinlan con destellos de llamas doradas. Las cinco chicas contuvieron el aliento al unísono.
De repente, los ojitos de Rosie se iluminaron con tal intensidad que parecían dos farolillos de puro asombro. De hecho, por un segundo, hubo una auténtica competición entre las chispas doradas de la fragua y el brillo de sus ojos.
Abrió la boca de par en par.
Pero antes de que el sonido pudiera estallar, Seraphiel se movió a toda velocidad. Le tapó la boca a la dríade con ambas manos, ahogando el grito que estaba a punto de soltar.
—¡¡MMMF!! —Rosie pataleó y se revolvió en señal de protesta, golpeando los brazos de Seraphiel con sus puñitos y agitando las piernas como un gato atrapado en una red. El ruido ahogado que soltó seguía pareciéndose demasiado al lamento de una banshee, a pesar de los denodados esfuerzos de la elfa.
—¡Shhh! —siseó Seraphiel en un susurro—. Ni se te ocurra arruinar esto, o Mamá Sera te dará tu primer azote…
Rosie, por supuesto, no hizo caso. Se retorcía y se sacudía con violencia, con los ojos aún brillantes por un deseo irrefrenable de gritar.
Felicity puso sus propias manos sobre las de Seraphiel, con la esperanza de amortiguar más el sonido. —¡Diosa, sálvame! ¡No podré mirar a Lord Black a los ojos si nos descubre…!
Kitsara finalmente decidió ayudar a su cómplice, sabiendo que la princesa no bastaba para sujetar a esa bomba de energía que tenían por hija. Juntas, las tres inmovilizaron a Rosie.
Sin embargo, en su estado de embelesamiento, puede que las chicas hubieran pasado por alto un hecho muy importante: Quinlan no estaba solo.
Justo a su lado, martillo en mano, se encontraba Kaelira.
La elfa de pelo azul estaba igual de empapada en sudor, y sus tonificados brazos se flexionaban al blandir su martillo en perfecto ritmo con él. Era todo un espectáculo por derecho propio; de una belleza salvaje y con ese aire de chicazo, cada uno de sus golpes era firme, y cada movimiento estaba respaldado por la fuerza de una guerrera que se tomaba su artesanía tan en serio como sus batallas. La pareja trabajaba en perfecta armonía, como dos mitades de un único fuego de fragua, dando forma a la misma pieza de metal incandescente con la máxima concentración.
Frente a ellos se encontraba Rykar. El viejo maestro, que antaño cojeaba como un tullido al que le faltaban las cuatro extremidades, ahora llevaba prótesis. Unas extremidades construidas por Quinlan y Kaelira, lo bastante robustas como para permitirle volver a erguirse. El rostro surcado de arrugas del maestro herrero reflejaba calma mientras observaba a sus alumnos dar vida al acero.
Y a su lado, de brazos cruzados, estaba Serika. La expresión de la pelirroja de piel bronceada era radiante. Sus brillantes ojos verdes refulgían con una alegría incontenible al ver a su desdichado padre renacer a través de su arte, mientras su marido trabajaba codo con codo junto a él.
Los dos hombres más importantes de su vida, trabajando juntos por el mismo objetivo: forjar una obra maestra.
Bueno, al menos ese era el centro de su atención hasta que sus agudos ojos detectaron la conmoción. Las chicas no se lo pusieron difícil, y eso que ella ni siquiera gozaba de una percepción especialmente buena.
Era una guerrera que usaba los puños y el fuego para aniquilar a sus enemigos, no para rastrearlos durante kilómetros.
Rosie seguía debatiéndose como una ardilla poseída. Seraphiel, Felicity y Kitsara prácticamente estaban luchando para inmovilizarla. Mientras tanto, Feng permanecía quieta, demasiado absorta en la contemplación de la reluciente espalda de Quinlan.
La mirada de Serika se posó en ellas. Sacudió la cabeza lentamente, con aire divertido. Su sonrisa no desapareció, pues su buen humor era inquebrantable, pero el mensaje en sus ojos era bastante claro: «Pilladas».
Mientras las chicas estaban ocupadas espiando, la concentración de Quinlan era absoluta.
¡Estaba trabajando en la armadura que usaría en el próximo conflicto!
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