Villano Primordial con un Harén de Esclavas - Capítulo 1151
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Capítulo 1151: Ha vuelto
—Kekeke…
Una risa femenina, aguda y venenosa, se deslizó en su mente sin previo aviso.
Quinlan se congeló al instante. Un escalofrío recorrió su ser desde dentro. No provenía del campo de batalla; no estaba siendo atacado por los Fujimori. No… Era otra cosa.
Su alma se convulsionó.
El sereno equilibrio que había cultivado en su interior, el reino que debería haber sido inquebrantable, se retorció de repente como si lo hubiera golpeado un violento terremoto.
Una voz chillona resonó, débil y distorsionada, como si proviniera de detrás de una ventana cerrada.
—¡T-Tío que da miedo! ¡T-tengo miedo!
Mimi.
La pequeña niña dríada azul. La supuesta guardiana que Rosie una vez afirmó que protegería el reino de su alma mientras ella misma protegía su hogar.
Hasta ahora, Mimi se había mantenido al margen, mirándolo tímidamente pero sin atreverse a hablar, sobre todo cuando ni Serika ni Rosie estaban presentes. Siempre lo había tratado como un hombre aterrador con el que tenía que andarse con pies de plomo.
Pero ahora gritaba aterrorizada con una voz deformada cuyo eco sonaba completamente mal.
La concentración de Quinlan se dirigió hacia su interior, aunque solo fuera por un instante.
El reino de su alma apareció ante él. Debería haber sido un paisaje sereno, un lugar atemporal de quietud y luz, custodiado por aquella pequeña y tierna figura.
La pequeña dríada, apenas una niña, se apretaba las manitas contra el pecho mientras oleadas de una bilis de corrupción surcaban los cielos sobre ella. Temblaba violentamente.
«¡Sel’Ashra!»
El nombre brotó de él con violencia.
Y como veneno vertido en su mente, la risa le siguió por segunda vez.
—Kekeke…
El sonido era burlón, íntimo, y se le clavaba hasta la médula.
La Llama Marchita.
La diosa corrupta.
La voz de Sel’Ashra se deslizó por su consciencia como una serpiente enroscándose alrededor de su presa.
—Ooh, qué tierno, pequeño primordial. Me has recordado muy rápido, casi como si nunca me hubiera ido de tu mente. Debo de haberte dejado una impresión duradera si mi nombre brota de tus labios en el momento en que sientes que algo va mal~.
Su tono destilaba una diversión cruel, y cada sílaba goteaba un poder extraño que la palabra «incorrecto» describía a la perfección.
Hizo que los gritos de la dríada vacilaran.
—Sigues negándote, ¿verdad? Sigues rechazando el regalo que tuviste la suerte de que cayera en tu regazo. La preciosa semillita de corrupción…
«¡Ya te he dicho que no me interesa!», siseó Quinlan.
Como respuesta, la mujer soltó una carcajada estridente. —Pero a las semillas no les gusta que las ignoren, pequeño primordial. Crecen. Echan raíces. Se aferran a las grietas que finges que no existen.
Su risa estalló de nuevo, por cuarta vez, actuando más como un trueno en su cráneo que como una simple risa.
—Esa extraña criaturita hizo lo que pudo, de verdad que sí. Qué mona, luchando contra mí con toda su diminuta fuerza. Pero bastó un solo toque de mi voluntad y todo cambió. Perdió el control antes incluso de darse cuenta, permitiéndome expandir mi influencia sobre la semilla de corrupción.
El reino del alma se estremeció de nuevo, lo que provocó que Mimi cayera de rodillas mientras enredaderas de corrupción se extendían por el suelo antes sereno.
—Tu pequeña guardiana es demasiado débil e inexperta para proteger tu dominio. Esa Diosa entrometida tuya es más débil que yo. Ni siquiera necesito mencionar la diferencia que hay entre tú y yo. Nada puede salvarte, pequeño primordial.
La consciencia de Quinlan regresó bruscamente al campo de batalla al forzar él mismo el cambio, sabiendo que no era el momento de sufrir un colapso en medio de la contienda.
Sus ojos encontraron a Raika, que estaba siendo masacrada por el luchador.
La mujer era una bestia, un monstruo testarudo que se negaba a caer. Cada vez que el puño de él la hacía tambalearse, ella gruñía y volvía a la carga. Cada vez que la aplastaban, volvía a levantarse a duras penas. Su sangre teñía el suelo, pero su mirada ardía más que cualquier llama.
Pero la terquedad tenía sus límites. Seguía siendo humana. Seguía siendo mortal.
Y él no estaba ciego a la verdad.
El luchador la superaba en todo: era mayor, más fuerte, más experimentado. Su nivel era muy superior al de ella; cada uno de sus movimientos era más eficiente y brutal, como un martillo diseñado para romper piedra. Raika era esa piedra, y cada golpe la desgastaba.
Quinlan apretó los dientes. «La matará».
Justo había empezado a moverse hacía un segundo, justo había empezado a intentar intervenir, cuando esa maldita perra corrupta invadió su mente, deteniéndolo en seco.
Pero no podía permitirse que lo detuvieran.
Quinlan extendió la mano hacia el luchador. Su voluntad rebosaba. «Ven, fuego», pensó.
Lo bastante caliente como para hacer retroceder a ese bruto y darle espacio a Raika.
Pero no ocurrió nada.
Su mano chispeó y la energía se disipó. El motor que la impulsaba pareció fallar.
Sin embargo, al instante siguiente, algo sí se manifestó.
No era una llama. No era el fuego puro que él controlaba.
Aquello estaba mal.
Un resplandor fétido y retorcido brotó de su palma. Negro, aceitoso, perverso. En el momento en que se encendió, la agonía gritó a través de él. En lugar de consumir a su enemigo, el fuego reptó sobre él, devorando su carne.
—¡Gh! —Quinlan contuvo el dolor, pero no impidió que su piel se desgarrara ni que sus huesos se calcinaran. Su mano colapsó hacia dentro mientras el fuego negro la masticaba, devorando no solo la carne, sino también los huesos.
La risa de Sel’Ashra estalló en su cráneo.
—¡Kekekeke! ¡La verdad de la corrupción!
Su voz era estridente, triunfal, y destilaba veneno.
—Esto es lo que les pasa a los que la rechazan, pequeño primordial. Desdeñas la semilla, pero aun así crece. ¡Ahora, te comerá vivo!
El fuego negro lamió su brazo, ascendiendo, hambriento, implacable. El campo de batalla se desdibujó en los bordes de su visión mientras apretaba los dientes, intentando no desplomarse por completo.
Quinlan maldijo para sus adentros. Realmente no necesitaba esta puta mierda ahora mismo.
El fuego negro ascendió a toda velocidad por su brazo, comiéndoselo vivo.
No dudó. Tomó la decisión en un instante, y su sable ya estaba en movimiento. Con un tajo rápido y despiadado, el acero cortó el hueso. Su brazo se desprendió, engullido por la llama aceitosa antes incluso de tocar la tierra.
El muñón manaba sangre a borbotones, pero Quinlan no aminoró la marcha. Apretó los dientes y se lanzó hacia delante. Si la magia estaba descartada, se abriría paso solo con acero. Con el sable destellando, se abalanzó sobre el corpulento luchador que, lenta pero inexorablemente, estaba ganando ventaja sobre Raika.
Quinlan puso hasta la última gota de su fuerza en el tajo.
Pero su mundo se tambaleó. Su visión se deformó en un caleidoscopio putrefacto. Sus funciones motoras fallaron. Las piernas le cedieron y el suelo se precipitó hacia él.
Golpeó la tierra con fuerza.
Una explosión de fuego se estrelló contra la espalda del luchador, e Ignis aterrizó a su lado envuelto en un manto de ceniza y llamas, ardiendo para proteger a Quinlan.
—¿Qué ocurre? —gruñó Ignis, pateando al enemigo para hacerlo retroceder.
—¡Muere! —rugió Raika, lanzando un golpe al unísono con el Mago de Cenizas. Su puño se estrelló contra la mandíbula del luchador, pero el bruto solo se tambaleó un breve segundo, impasible.
La situación empeoró en un instante. Los soldados Fujimori se acercaron en tropel, presintiendo la repentina oportunidad. Con Quinlan derrumbado, Raika ocupada e Ignis obligado a ayudar, las filas enemigas ya no mermaban.
Quinlan se esforzó por conectar con su interior, buscando a su ejército. «¡Volved a mí! ¡Eva! ¡Veyrin!». El vínculo de su alma debería haberlos traído de vuelta a su lado, pero no hubo nada. Su conexión estaba rota, corrupta.
«¡¿Dónde está?!», gritó su mente. «¡¿Dónde está la Diosa?! ¡La última vez expulsó a esta perra!».
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