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Villano Primordial con un Harén de Esclavas - Capítulo 1172

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Capítulo 1172: Intuición aterradora

Quinlan lució una expresión bastante irónica por un momento al notar lo rápido que sus chicas lo calaron. Ni siquiera les llevó más de un par de segundos. Miró a Blossom por un instante, que solo meneaba la cola con entusiasmo mientras ponía la expresión más inocente del mundo.

«¡¿Qué clase de nariz huele eso?!», se lamentó Quinlan para sus adentros.

Pero no tardó en recobrar la compostura, tras lo cual le dirigió una mirada a Feng.

<¡Uf! ¡Qué arrogante! Cada vez es peor…>, gruñó la adolescente oriental, pero aun así una breve risita se le escapó de los labios.

Lo mismo ocurría con sus chicas, que no estaban demasiado sorprendidas. Intuían que las cosas iban en esa dirección desde que Colmillo Negro empezó a ayudar a Quinlan como su Fenómeno de Vesper patrocinado, y luego se enteraron de que era una malota tatuada con una personalidad desquiciada y una de las mujeres más fuertes del mundo…

Para ellas, parecía el curso natural de los acontecimientos.

Solo Vex parecía un poco preocupada, preguntándose qué se sentiría al compartir la cama con la mujer que había sido su maestra y figura materna todo este tiempo.

La guerrera de ojos morados dirigió su mirada hacia Quinlan, sin ser consciente de la conversación mental que estaba teniendo lugar.

Pero entonces dijo algo que sorprendió a todos los presentes. —Estáis hablando entre vosotros ahora mismo.

Resultó que no lo ignoraba en absoluto.

—¿A qué te refieres? —preguntó Quinlan, desconcertado.

Colmillo Negro explicó con gusto. —Cuando escuché la sesión de tortura dirigida por las chicas de pelo castaño y negro, llegaste al final.

Jasmine e Iris intercambiaron una mirada.

—Cuando llegaste, la de pelo negro te dio un abrazo.

—¿Eh? —jadeó Ayame, y muchas cabezas se giraron bruscamente hacia Iris. La mujer se negó a cruzar la mirada con nadie.

—Tuve la sensación de que os estabais comunicando en ese momento, debido a numerosas pistas contextuales. Pensé que podría estar equivocada. Pero ahora siento lo mismo. El escalofrío de Vex, el repentino meneo de cola de la cánida, las sonrisas inesperadas, los giros de cabeza y más. Todo me hace pensar que hay una conversación en marcha de la que no soy partícipe.

Al ver la expresión estupefacta de Quinlan, la peligrosa belleza de ojos morados se permitió una pequeña sonrisa. Pero no dejó que siguiera conmocionado por mucho tiempo. En su lugar, dijo: —En cuanto a tu oferta, acepto.

Quinlan exhaló lentamente mientras se le oprimía el pecho. No solo había atado cabos; había diseccionado la verdad. «¡Esta mujer es realmente aterradora!», pensó.

Y como si le leyera la mente, los labios de Colmillo Negro se curvaron en una sonrisa más oscura, una que casi susurraba: «Lo sé».

—¿Qué hay de mi baño?

Preguntó, sin intención de esperar a que superara la conmoción.

Un destello de genuino interés brilló en su expresión.

—… Bueno, estoy listo si tú lo estás… —murmuró Quinlan.

Ella asintió brevemente. Quinlan sonrió al verla, no solo porque aceptara su oferta, sino también por su actitud.

Antes, en los cielos, había afirmado que no se parecía en nada a la reina. Que no buscaba conocimiento diseccionando su cuerpo en un laboratorio como Morgana. Quería experimentar sus poderes por sí misma, sentirlos con su propio cuerpo. Esa era su forma de aprender.

Y, una vez más, demostró que no mentía al respecto.

—Desnúdate, entonces —dijo Quinlan. Mantuvo un tono de voz uniforme, pero, como es natural, cerró los ojos por respeto.

Hubo una breve pausa, solo interrumpida por el susurro de unas prendas desgarradas. Luego, una voz grave respondió.

—Ya está.

—Allá voy.

Quinlan levantó la mano, listo para invocar la corriente. Sin embargo, antes de que pudiera formarse una sola gota, sintió algo. Dos esbeltas palmas se aferraron con firmeza a su muñeca.

Con un suave tirón, Colmillo Negro guio su mano hacia abajo hasta que la palma de él presionó su hombro desnudo.

El gesto era inconfundible; quería sentir la magia más de cerca. Incluso más cerca que antes.

No era él quien elegía tocarla, sino ella quien exigía que lo hiciera.

—… —Quinlan no ofreció respuesta, limitándose a notar lo increíblemente suave que era la piel de ella, sobre todo después de todo el derramamiento de sangre por el que había pasado.

«Esos baños de veneno son realmente otra cosa, su piel es muy delicada…», pensó para sus adentros.

Pero mientras lo hacía, el calor manó de su mano.

El agua cobró vida, no derramándose a lo loco como si saliera de una manguera, sino fluyendo como una corriente viva, moldeada y guiada por su voluntad. Recorrió su cuerpo en suaves ondas, enjuagando la sangre y la suciedad, aferrándose a sus curvas antes de disolverse en la nada.

Infundió fuego en la corriente, asegurándose de que el calor fuera tenue y reconfortante, convirtiendo el agua en un bálsamo que se filtraba en su carne maltrecha.

Nada de ello salpicó el suelo. No deseaba hacer un desastre. Con ese fin, cada gota obedeció su intención, doblegándose a su control, pero deteniéndose dondequiera que el cuerpo de ella atraía su atención.

Fue íntimo, más de lo que pretendía.

Quinlan podía sentir su respiración, podía percibir la silenciosa aceptación en cómo no se crispaba ni se apartaba, solo dejaba que la corriente la limpiara. También podía sentir su curiosidad, cómo sus ojos seguían las corrientes en su cuerpo, estudiándolo todo con atención.

Pero bajo esa firmeza, también sintió algo más: su cansancio, la fragilidad que se aferraba a su cuerpo a pesar de sus mejores esfuerzos por no mostrar debilidad.

Aunque sus heridas estaban curadas en gran parte, la tensión de la batalla persistía en lo más profundo de su cuerpo. Después de todo por lo que había pasado, era natural que no se recuperara en cinco minutos; tardaría un tiempo en volver a ser la fuerza abrumadora por la que era conocida.

Cuando desapareció el último rastro de rojo, retiró la mano e invocó una túnica de combate de repuesto de su anillo, ofreciéndosela.

—Toma.

Pero Colmillo Negro no la aceptó. De su anillo de bolsillo, sacó una túnica limpia propia. —No es necesario.

Oyó el débil susurro de la tela, el suave roce de la tela deslizándose sobre la piel. Un momento después, su voz llegó hasta él.

—Ya puedes abrir los ojos.

Quinlan hizo exactamente eso. Lo primero que vio fueron esos hipnóticos ojos morados, brillando con una intensidad que lo clavó en el sitio. Le miró directamente a los ojos.

Era una visión tan peligrosa como cautivadora.

Entonces, se dio la vuelta. Su túnica de combate, ahora dominada por tonos morados oscuros en lugar del negro anterior, ondeó en el aire mientras se alejaba.

A pesar de sus mejores intenciones, sus ojos la siguieron, captando el vaivén de sus caderas con una atracción totalmente imposible de resistir. Por tanto, ni siquiera lo intentó.

Un pisotón seco aterrizó en su pie en el momento en que perdió la batalla.

<¿Adónde estás mirando exactamente ahora mismo, Maridito?>

Quinlan ni siquiera dudó.

 

La contundente declaración fue hecha con una sinceridad tan absoluta que varias chicas a su alrededor estallaron en risitas. Incluso Vex esbozó una sonrisa a pesar de su pisotón.

 

, se rio Kitsara.

Con la tensión disipándose en diversión, el grupo se dirigió hacia las almenas, con la intención de ver cómo se había desarrollado el enfrentamiento en su ausencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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