Villano Primordial con un Harén de Esclavas - Capítulo 1253
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Capítulo 1253: Atuendo de invierno
Cuando Quinlan salió del dormitorio principal, el silencio de la mansión llegó a sus oídos y su acogedor aroma a su nariz, creando un ritmo tranquilo que no había sentido en bastante tiempo.
Las altas puertas se abrieron, y allí estaba ella.
Eira, la joven doncella que una vez había salvado de la crueldad de los gemelos de Greenvale tras ser comprada en la subasta, se quedó helada a medio paso cuando sus ojos se posaron en él. Entonces sus labios se separaron y las lágrimas brotaron al instante. Hizo una profunda reverencia y su voz salió temblorosa de alegría.
—B-bienvenido de vuelta, Maestro Quinlan.
Él se detuvo. El sonido de su voz, el temblor en ella, la pura incredulidad…, se lo dijo todo. Lentamente, dirigió su mirada hacia la mujer que tenía en brazos.
—Estuve fuera un tiempo, ¿eh? —murmuró.
Seraphiel rio suavemente, con un tono a medio camino entre el cariño y la burla. —Se podría decir que sí.
Pero la atención de Quinlan volvió a Eira. Algo en ella parecía diferente.
Su uniforme de doncella ya no tenía el diseño con volantes que dejaba al descubierto sus brazos y piernas. Ahora llevaba una versión más gruesa y de manga larga, forrada con lana oscura y con los puños cuidadosamente rematados. La falda también era más larga y le llegaba por debajo de las rodillas, con unas mallas abrigadas debajo.
Sin embargo, no fue el cambio de moda lo que le sorprendió, sino la simple practicidad.
La evidente necesidad de abrigo.
Miró a su alrededor, percibiendo el ligero frío en el aire y la pálida luz que se filtraba por las ventanas del vestíbulo. Y entonces, cayó en la cuenta.
—Así que ya estamos en pleno invierno.
Seraphiel bufó adorablemente en sus brazos. —Saltaste de la cama tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de decírtelo. Has estado dormido durante dos meses.
Quinlan parpadeó una vez y luego soltó una risa queda. —Dos meses…
Caminó hacia la ventana más cercana.
El cristal se empañó cuando su aliento lo tocó, y más allá se extendía una escena de pura quietud. El mundo exterior estaba cubierto por un manto de nieve, espeso y prístino. Los bosques que se extendían alrededor de su finca relucían bajo un brillo plateado, y sus ramas estaban cargadas de escarcha.
Por un momento, Quinlan se quedó allí, simplemente observando.
Una cálida sonrisa se dibujó en sus labios. La fascinante vista de la tierra cubierta de nieve, su tierra, trajo consigo una sosegada satisfacción, de esa que se arraiga en lo más profundo del pecho.
Quinlan apartó la mirada de la nieve y miró hacia atrás. Primero a Eira, luego a la elfa en sus brazos.
—Pero dime —reflexionó con una media sonrisa—, ¿somos tan pobres que no podemos permitirnos la calefacción? ¿Por qué nuestra doncella va vestida como si tuviera que trabajar a temperaturas bajo cero?
Las mejillas de Eira se tiñeron de un rosa brillante en el instante en que se dio cuenta de que era el tema de conversación. Retorció las manos en su delantal mientras intentaba desaparecer.
Quinlan tuvo que admitir que la visión de esta joven doncella era bastante adorable. Por alguna extraña razón, Eira parecía tener grandes dificultades para estar en su presencia.
Seraphiel parpadeó con incredulidad, luego se zafó de su agarre y aterrizó con elegancia sobre sus pies. —Espera, ¿crees que somos tan crueles?
Luego hizo un gesto hacia sí misma. Su vestido era un noble atuendo élfico con mangas abiertas y un escote que dejaba sus hombros al descubierto. Su falda era elegante, pero no llevaba mallas debajo, revelando sus sexis piernas y sus pies descalzos.
Era su forma de decir: «Mírame, ¿parezco tener frío?».
—¿Se supone que eso ayuda a tu causa? —preguntó él con una expresión divertida.
—¡… Estás tomándome el pelo, lo sé! —La elfa puso las manos en jarras mientras procedía a explicar—. Las chicas y yo ya ni siquiera sentimos este tipo de frío. Nuestras estadísticas de Vitalidad están por las nubes. Pero las doncellas y los civiles, como los padres de Aurora y la madre de Jasmine, sí que lo sienten. Y aun así, cuando Lucille mencionó comprar artefactos de calefacción, no te creerías lo que hicieron estas granujas.
Eira emitió un sonidito, un gemido nervioso y adorable que hizo sonreír a Seraphiel a su pesar.
—Se organizó una protesta —continuó Seraphiel—. ¡Una de verdad! Nos suplicaron que no malgastáramos el oro en algo que, según ellas, era innecesario.
Quinlan ladeó la cabeza, con un brillo aún más divertido en sus ojos.
Volvió a mirar a Eira, que ahora tenía la vista clavada en sus botas, intentando no moverse con inquietud, aunque sin éxito.
Las piezas encajaron en su mente. Por supuesto. Las doncellas provenían de los orígenes más humildes, y los padres tampoco estaban mucho mejor. Ni siquiera la pareja de alquimistas era precisamente rica antes de unirse a él. Para ellos, vivir con un poco de aire frío en invierno era normal.
Más que normal, era algo que cabía esperar.
Probablemente pensaron que sería un derroche gastar tanto en una comodidad que su señor y sus compañeras de alta Vitalidad ni siquiera necesitaban.
Era humilde. Y muy humano.
—Ya veo —dijo Quinlan finalmente mientras pellizcaba la mejilla de su amante elfa, que hacía un puchero. Sera le lanzó una mirada fulminante, pero estaba demasiado feliz de tenerlo finalmente de vuelta con ella como para poder continuar con su actuación de novia enfadada, como evidenciaba la calidez en sus ojos que casi al instante reemplazó la expresión anterior que le había dedicado.
Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras empezaba a acariciar su exuberante cabello rubio y añadía: —Tiene sentido. Aun así, me encargaré de ello pronto. Somos asquerosamente ricos como para tener una casa fría.
Su mirada se desvió de nuevo hacia Eira, deteniéndose justo lo suficiente para hacer que ella volviera a arrastrar los pies. —Pero he de admitir que este nuevo atuendo de doncella es genial. Aprobado.
Su sonrojo se intensificó hasta casi llegarle a las orejas. —G-gracias, Maestro Quinlan…
Seraphiel, feliz de ver lo radiante que estaba la chica al recibir su elogio, le sonrió antes de mirar a Quinlan.
—¡Ese uniforme es el resultado del esfuerzo y la dedicación del equipo! Clarisse, la doncella con más experiencia, enseñó a las demás a coser en su tiempo libre, y ellas mismas hicieron todos los uniformes de abrigo, para que gastáramos lo menos posible en ellos. ¿No son geniales nuestras doncellas? No solo son agradables a la vista y conocen muy bien su oficio, sino que, a diferencia de la mayoría de las doncellas que sirven a sus señores, las nuestras también son muy frugales.
Eira jadeó suavemente como respuesta, tomada por sorpresa por las amables palabras. Sus ojos se abrieron de par en par, brillando débilmente con emoción. —¿Lady Seraphiel de verdad lo cree?
—Claro que sí —dijo la elfa, radiante—. Lo habéis hecho de maravilla.
Eira inclinó la cabeza, sonriendo con tímida incredulidad mientras el calor se extendía por su rostro gracias a la amabilidad en la voz de su dama.
Quinlan observó el intercambio con la comisura de los labios curvándose hacia arriba, sabiendo perfectamente que su amante estaba haciendo esto para que la tímida chica se sintiera mejor.
No es que la elfa dijera tonterías en las que no creía, en absoluto. Solo que estaba destacando que se daba cuenta y respetaba sus esfuerzos.
Puede que el mundo exterior estuviera sepultado en nieve, pero allí, dentro de su hogar, el calor parecía estar por todas partes.
Pero aunque era encantador estar de vuelta, y más aún presenciar a su amada elfa interactuar con la tímida adolescente humana… —Es hora de organizar una reunión. Me siento inquieto —decretó Quinlan finalmente con ese tono mezcla de calma y autoridad con el que sus subordinados estaban tan familiarizados.
Seraphiel ladeó la cabeza, todavía sonriendo, aunque ahora había una clara curiosidad en su mirada. —Pareces tener bastante prisa.
—He estado haciendo el papel de la bella durmiente durante demasiado tiempo. A este ritmo, ni siquiera podré sacar provecho de todo el caos que nuestros esfuerzos han traído sobre el reino.
La calidez en el rostro de Seraphiel se transformó en algo mucho, mucho más agudo. Aunque su sonrisa no se desvaneció, el aire a su alrededor cambió, adquiriendo un matiz de comprensión. Sabía exactamente lo que eso significaba: su hombre estaba a punto de mover ficha de nuevo, y cuando lo hiciera, todo el tablero se movería con él.
Ahora más que nunca.
Mientras empezaban a avanzar por el pasillo, el sonido de sus pasos resonaba en el suelo de mármol. Eira los seguía de cerca, como la doncella obediente que era, con las manos entrelazadas sobre el delantal, esperando una orden.
—Eira —dijo Quinlan de repente tras mirar por encima del hombro—, busca a Clarisse y reuníos con nosotros en la sala de conferencias.
La chica parpadeó sorprendida, tomada por sorpresa al ser incluida en un asunto así. Pero rápidamente hizo una reverencia. —¡Sí, Maestro Quinlan! —Se dio la vuelta y se fue a toda prisa, casi tropezando con sus propios pies antes de estabilizarse.
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