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​Viuda por Contrato - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 El Error de Cálculo
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12: Capítulo 12: El Error de Cálculo 12: Capítulo 12: El Error de Cálculo ​Damian avanzó con el cuchillo en alto.

El filo brilló bajo las luces del quirófano.

Lilith observaba con una sonrisa de victoria, apoyada en el hombro de nuestro padre.

El aire olía a muerte, pero justo cuando Damian levantó el arma para dar el golpe final, se detuvo a milímetros de mi garganta.

​—No puedo —susurró él, pero no con amor, sino con una sonrisa retorcida que no iba dirigida a mí—.

No puedo matarla, Lilith…

porque si muere, el código de la cuenta suiza se borra para siempre.

​—¿De qué hablas?

—preguntó mi padre, dando un paso al frente, la codicia nublando su juicio.

​—Julian no era tonto, suegro —Damian se giró hacia ellos, pero mantuvo el cuchillo cerca de mi cuello—.

Él sabía que Lilith existía.

Sabía que tú lo estabas traicionando.

Por eso instaló un chip de proximidad en el corazón de Elena la noche de la boda, bajo anestesia.

Si el corazón de Elena deja de latir, o si se aleja más de diez kilómetros de este búnker sin que ella misma introduzca una clave cada hora…

los mil millones de la cuenta de contingencia se autodestruyen.

​Mi padre palideció.

Lilith dio un paso atrás, su máscara de perfección agrietándose.

—¡Eso es mentira!

—gritó ella—.

¡Yo revisé los escaneos de Elena!

​—Revisaste lo que yo quise que revisaras —dijo Damian, y en ese momento, me guiñó un ojo.

​En ese instante comprendí.

Damian no estaba con Lilith, ni conmigo.

Damian estaba jugando su propio juego de ajedrez contra todos los presentes.

​—Elena —me susurró al oído, su aliento rozando mi piel—, en el bolsillo de mi pantalón hay una jeringa.

Sácala.

Ahora.

​Mientras mi padre y Lilith discutían a gritos sobre la cuenta suiza, introduje la mano en su bolsillo y saqué un pequeño cilindro de metal.

​—Ahora, clávalo en el panel de cristal —ordenó él.

​Lo hice.

Al contacto con el metal, la jeringa inyectó un virus informático que Julian me había dado semanas atrás (disfrazado de un regalo de bodas: una pulsera de diamantes con un puerto oculto).

Las luces del búnker se tornaron violetas.

Las puertas se sellaron con un estruendo que sacudió los cimientos.

​—¿Qué has hecho?

—rugió mi padre.

​—He cambiado las reglas —dije, recuperando mi voz de acero—.

No hay cuenta suiza, papá.

Y no hay chip en mi corazón.

Solo hay un sistema de autodestrucción por gas que acabas de activar.

​Lilith corrió hacia la salida, pero la puerta no cedió.

—¡Ábrela, Elena!

¡Nos vamos a morir todos!

​—Tú ya estás muerta, Lilith —le dije con una calma que me asustó a mí misma—.

Moriste el día que decidiste que ser un reflejo era mejor que ser una persona.

​De repente, Damian me tomó de la cintura y nos lanzó detrás de la mesa de operaciones reforzada.

—¡Cúbrete!

​No hubo una explosión de fuego.

Hubo un silencio absoluto, seguido del sonido de cristales rompiéndose.

Pero no era el cristal de mi celda.

Era el techo.

​El agua del lago suizo que estaba sobre el búnker empezó a filtrarse con una presión demoledora.

Julian no había instalado una bomba; había instalado una válvula de inundación.

Si él no podía tener su imperio, nadie lo tendría.

El búnker se estaba convirtiendo en una pecera gigante.

​—¡Damian, el ascensor de carga!

—grité.

​Corrimos a través del agua que ya nos llegaba a las rodillas.

Vi a mi padre forcejeando con una caja fuerte que flotaba, tratando de salvar sus diamantes mientras el agua lo arrastraba.

Lilith, la “hermana perfecta”, estaba paralizada por el terror, gritando por un padre que ya la había abandonado para salvar su dinero.

​Entramos al ascensor justo cuando el nivel del agua subía a nuestros pechos.

Damian cerró la rejilla metálica y el elevador empezó a subir con un chirrido agónico.

​—¿Por qué me ayudaste?

—le pregunté, mientras subíamos hacia la superficie, dejando atrás los gritos de mi familia.

​Damian me miró.

Estaba cubierto de sangre, herido y exhausto, pero por primera vez, su mirada era honesta.

​—Porque Lilith es lo que todos querían que yo fuera: un arma.

Pero tú…

tú eres lo que yo quiero ser: libre.

Además —sonrió con una pizca de su antigua arrogancia—, todavía me debes esa noche de bodas que Julian interrumpió.

​El ascensor llegó a la superficie, en medio de un bosque nevado.

El búnker colapsó bajo nosotros con un rugido sordo.

Estábamos solos, en mitad de la nada, con un imperio en ruinas y el mundo creyéndonos muertos.

​Damian se dejó caer en la nieve, respirando con dificultad.

—¿Y ahora qué, jefa?

​Me miré las manos.

Ya no tenían el satín blanco del vestido de novia.

Estaban manchadas de grasa, sangre y tierra.

Saqué de mi sujetador la tarjeta de memoria que había logrado robar de la consola de la Doctora antes de la inundación.

​—Ahora —dije, mirando hacia el horizonte donde empezaba a amanecer—, vamos a buscar a la Doctora Vane.

Ella cree que se escapó con los datos originales.

No sabe que lo que se llevó es un virus que va a vaciar todas sus cuentas bancarias en cinco minutos.

​Me incliné y le di un beso corto, pero esta vez, yo fui la que marcó el ritmo.

—Bienvenido al juego sucio, Damian.

Esta vez, yo reparto las cartas

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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