Viuda por Contrato - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 El Trono de Ceniza
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13: Capítulo 13: El Trono de Ceniza 13: Capítulo 13: El Trono de Ceniza El frío de los Alpes suizos se sentía como una bendición comparado con el infierno de nitrógeno y sangre que habíamos dejado atrás.
Damian estaba sentado en la nieve, con el pecho subiendo y bajando, mientras el búnker de mi padre terminaba de colapsar bajo el peso del lago.
—¿A qué te referías con que te debo la noche de bodas?
—le pregunté, mientras limpiaba la sangre de mi rostro—.
Julian fue quien me puso el anillo.
Damian soltó una carcajada amarga y se desabrochó los primeros botones de su camisa ensangrentada.
De su cuello colgaba una fina membrana de polímero transparente: restos de la máscara profesional que había usado en la iglesia.
—Julian no podía ni sostener el peso de su propia columna ese día, Elena.
El hombre que te tomó la mano en el altar, el que te juró lealtad eterna frente a quinientos invitados y el que sintió tu pulso acelerado cuando nos declararon marido y mujer…
fui yo.
Julian estaba en la suite, conectado a un respirador, viéndolo todo por una cámara.
Él puso el dinero, pero yo puse el cuerpo.
Me quedé helada.
La traición era tan profunda que ya no me quedaban lágrimas.
El hombre que ahora me miraba con ojos hambrientos era, técnicamente, el que había hecho los votos conmigo.
—Entonces nada fue real —susurré.
—La boda no.
El deseo…
eso es otra historia —Damian se puso en pie con un esfuerzo sobrehumano y señaló hacia el camino forestal—.
Tenemos que movernos.
La Doctora Vane no es como tu padre; ella no se distrae con diamantes.
Ella ya debe estar en camino a la terminal privada de Ginebra.
La caza de la Reina Tres horas después, la ciudad de Ginebra era un borrón de luces bajo la lluvia.
No teníamos armas, ni dinero, ni nombres legales.
Solo teníamos la tarjeta de memoria que yo había robado y la ferocidad de dos animales heridos.
En el hangar privado, la Doctora Vane estaba a punto de subir a su jet.
Se veía victoriosa, con un maletín de titanio que contenía lo que ella creía que era el futuro de la medicina.
—¡Tía!
—el grito de Damian cortó el sonido de las turbinas.
La Doctora se giró, su rostro transformándose en una máscara de puro terror al vernos vivos.
Sus guardaespaldas sacaron sus armas, pero yo no me detuve.
Saqué mi teléfono y levanté la tarjeta de memoria.
—¡Si disparan, presiono ‘Enter’ y el virus no solo vacía tus cuentas, Doctora, sino que publica todos los archivos del Proyecto Crisálida en los servidores de la Interpol, la CIA y la prensa!
—mentí con una convicción que haría temblar al mismísimo diablo.
La Doctora levantó una mano, ordenando a sus hombres que bajaran las armas.
—Elena…
eres igual que tu padre.
Una negociadora nata.
¿Qué quieres?
¿Dinero?
¿Poder?
—Quiero que desaparezcas —dije, avanzando hasta quedar frente a ella—.
Quiero que nos des las llaves de este jet, los pasaportes falsos que tienes en ese maletín y que nunca, jamás, vuelvas a mencionar el nombre Vane.
Si lo haces, borraré el rastro.
Si no…
serás la mujer más buscada del planeta en diez segundos.
La Doctora miró a Damian y luego a mí.
Vio en nosotros algo que ella misma había ayudado a crear: un monstruo de dos cabezas que no tenía nada que perder.
Con un gesto de asco, lanzó las llaves del jet al suelo y nos entregó el maletín.
—Disfruten de su libertad —siseó ella, retrocediendo hacia la oscuridad del hangar—.
Pero recuerden: la sangre siempre llama a la sangre.
Y Lilith no murió en ese búnker.
Ella es más fuerte que tú, Elena.
El Nuevo Amanecer Media hora después, el jet despegaba hacia un destino que solo nosotros conocíamos.
En la cabina de lujo, el silencio era absoluto.
Damian estaba siendo atendido por el botiquín médico automático del avión.
Me acerqué a la ventana y vi cómo Suiza se hacía pequeña.
Mi padre, mi hermana, mi pasado…
todo estaba enterrado bajo el agua.
—¿A dónde vamos?
—preguntó Damian, apoyando su cabeza en el respaldo, exhausto.
—A un lugar donde Elena Vane no exista —respondí, sentándome frente a él—.
Donde solo seamos dos desconocidos con mil millones de dólares y un hambre de venganza que aún no se ha saciado.
Damian estiró su mano y tomó la mía.
Sus dedos se entrelazaron con los míos, y por primera vez en mi vida, no sentí que me estaban vendiendo.
Sentí que estaba tomando lo que me pertenecía.
—Dijiste que Lilith no sobrevivió —murmuró él, cerrando los ojos.
—Dije lo que ella necesitaba oír —respondí, mirando el maletín—.
Pero ambas sabemos que el búnker tenía un conducto de ventilación que Julian usaba para sus escapes.
En la última pantalla del maletín de la Doctora, que yo había logrado hackear antes de subir, apareció una notificación de GPS.
Un punto rojo parpadeaba en la costa de Italia.
Lilith estaba viva.
Y llevaba consigo el frasco original del supresor.
Sonreí, una sonrisa gélida y perfecta.
La guerra no había terminado.
Solo habíamos cambiado de escenario.
—Duerme, Damian —susurré, mientras le acariciaba el cabello—.
Mañana, el mundo sabrá que la “viuda” no solo sobrevivió…
sino que ha vuelto para cobrar los intereses
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