Viuda por Contrato - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 El Bautismo del Caos
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14: Capítulo 14: El Bautismo del Caos 14: Capítulo 14: El Bautismo del Caos El jet privado cortaba las nubes sobre el Mediterráneo como un bisturí de plata.
En la cabina principal, la presurización creaba un silencio artificial, roto solo por el zumbido de los motores y el latido desbocado de mi propio corazón.
El peligro ya no estaba afuera; estaba sentado frente a mí, con la camisa abierta y los ojos fijos en mis labios.
—Me engañaste en el altar —dije, rompiendo el silencio.
Mi voz no era una acusación, sino un reconocimiento del poder que él había ejercido sobre mí desde el primer segundo.
Damian se levantó lentamente.
Sus movimientos tenían esa gracia letal de un depredador que ya no necesita esconderse.
Se acercó a la barra de bar del avión, se sirvió un whisky doble y, sin dejar de mirarme, bebió un sorbo largo.
—No te engañé, Elena.
Te salvé —respondió con voz ronca—.
Si Julian hubiera estado allí, te habría marcado como a su ganado antes de que terminara el brindis.
Yo te di una salida, aunque no lo supieras.
—Me diste un matrimonio con un cadáver —repliqué, levantándome también.
Caminé hacia él hasta que el calor que emanaba de su cuerpo herido me envolvió—.
Y ahora me das una vida de fugitiva.
Damian dejó el vaso sobre la mesa de caoba.
Sus manos, marcadas por los nudillos rotos del bateo en el búnker, se posaron en mis hombros.
Su tacto no era delicado; era posesivo, cargado de una tensión que habíamos estado acumulando desde aquel primer encuentro en la suite nupcial.
—Te estoy dando un imperio —susurró, inclinándose hasta que su aliento, con sabor a malta y peligro, rozó mi oído—.
Pero antes, necesito saber si la mujer que está frente a mí es la viuda de Julian…
o mi mujer.
No hubo más palabras.
El aire se volvió irrespirable.
Fui yo quien acortó la distancia, estrellando mis labios contra los suyos en un beso que sabía a hierro, a supervivencia y a un deseo largamente reprimido.
Sus manos bajaron rápidamente por mi espalda, apretándome contra su cuerpo duro, recordándome que debajo de las heridas había un hombre que había cruzado el infierno por mí.
Me cargó con una fuerza bruta, sentándome sobre la mesa de la cabina.
Mis manos se perdieron en su cabello oscuro mientras sus labios bajaban por mi cuello, dejando un rastro de fuego donde antes había habido frío.
El contraste de su piel áspera contra mi traje de seda era una descarga eléctrica.
En ese momento, el poder cambió de bando.
Abrí su camisa, exponiendo las vendas manchadas de sangre en su pecho.
Él gruñó, un sonido animal, cuando mis dedos rozaron su piel caliente.
—Si hacemos esto, Damian…
no habrá vuelta atrás —jadeé, mientras él desabrochaba el cierre de mi falda con una urgencia que me hacía temblar—.
No habrá hermanos, ni padres, ni leyes.
Solo nosotros contra el resto del mundo.
—Ese es el único trato que me interesa —respondió él, hundiendo su rostro en mi escote.
El encuentro fue feroz, casi violento, un choque de dos almas que solo sabían comunicarse a través del conflicto.
Cada caricia era una batalla; cada gemido, una confesión.
En la penumbra de la cabina, bajo la luz ámbar de emergencia, nos convertimos en uno solo, borrando las marcas de la traición con el calor de nuestros cuerpos.
Por un momento, no hubo búnkeres, ni clones, ni herencias.
Solo estaba el ritmo frenético de nuestros corazones y la certeza de que, después de esto, ya no seríamos capaces de vivir el uno sin el otro…
o de morir sin llevarnos al otro por delante.
Cuando la respiración de ambos se normalizó, Damian se quedó abrazado a mí, con su frente apoyada en la mía.
El sudor nos pegaba a la tapicería de cuero, pero el frío del mundo exterior empezaba a filtrarse de nuevo.
—¿En qué piensas?
—preguntó él, su voz era un murmullo bajo.
—En Lilith —respondí, mis dedos trazando la cicatriz de su hombro—.
Ella tiene el supresor.
Sabe que sin eso, Julian morirá de forma definitiva, pero también sabe que es su moneda de cambio para atraer a los Rossi o a cualquier otro postor.
Damian se incorporó, recuperando su máscara de soldado.
Tomó el maletín de la Doctora y lo abrió sobre la mesa donde hace un momento nos habíamos entregado.
—Mira esto —dijo, señalando una coordenada que acababa de aparecer en la pantalla secundaria—.
La señal del frasco se ha detenido.
No está en Italia.
—¿Entonces dónde?
—pregunté, acercándome.
El mapa se amplió.
El punto rojo parpadeaba en medio del océano, cerca de una isla privada que no figuraba en las cartas de navegación comerciales.
—Es la Isla de los Lamentos —dijo Damian, su rostro ensombreciéndose—.
Una antigua prisión psiquiátrica que Julian compró hace años para sus experimentos más…
inconfesables.
Si Lilith está allí, no está sola.
Está reuniendo al “ejército de sombras” de Julian.
En ese momento, la radio del avión emitió un pitido.
No era una frecuencia de control aéreo.
Era una frecuencia encriptada de la familia Vane.
—Elena…
Damian…
—la voz de Lilith salió por los altavoces, nítida y cargada de una dulzura venenosa—.
Espero que el vuelo sea placentero.
Me he tomado la libertad de enviarles un regalo de bienvenida a su destino.
Papá siempre decía que una boda no está completa sin una explosión de alegría…
o de fuego.
De repente, el avión sufrió una sacudida violenta.
La alarma de proximidad empezó a gritar: MISIL DETECTADO.
Damian me lanzó al suelo y corrió hacia la cabina del piloto.
—¡Sujétate a algo, Elena!
¡Esto no va a ser un aterrizaje suave!
Miré por la ventanilla.
A lo lejos, una estela de humo blanco se acercaba a toda velocidad hacia nosotros.
Mi hermana no nos estaba esperando; nos estaba cazando en el aire.
—¡Damian!
—grité.
—¡Confía en mí!
—rugió él, tomando los controles manuales—.
¡Voy a hacer que este pájaro baile!
El jet se inclinó en un ángulo imposible mientras el misil estallaba a escasos metros de la cola, lanzándonos hacia un descenso en picada sobre las aguas negras del Mediterráneo.
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