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​Viuda por Contrato - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 El Veneno en la Sangre
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16: Capítulo 16: El Veneno en la Sangre 16: Capítulo 16: El Veneno en la Sangre ​El salón de la Isla de los Lamentos se convirtió en una carnicería de sombras.

Lilith, mutada por el suero rojo, era una fuerza de la naturaleza, pero yo me movía con la precisión de un rayo violeta.

Chocamos en el aire, un estruendo de huesos y acero que hizo temblar la cúpula de cristal.

Cada golpe que le daba me costaba un año de vida; mis pulmones ardían y sentía que mi sangre empezaba a hervir bajo mi piel.

​—¡Es inútil, Elena!

—rugió Lilith, estrellándome contra una columna de mármol—.

¡Naciste para morir por mí!

​Me desplomé, escupiendo una mezcla de sangre y ese líquido violeta del suero Medusa.

Mi visión se nubló.

El tiempo se acababa.

A lo lejos, vi a Damian.

Se había liberado por completo y sostenía un maletín metálico que acababa de extraer de una caja fuerte oculta tras el trono.

​—¡Damian!

—grité, estirando una mano temblorosa—.

¡El antídoto!

​Damian se acercó corriendo, pero se detuvo a tres metros de nosotras.

En su mano derecha sostenía una única jeringa de color azul eléctrico.

El antídoto.

El único billete de vuelta a la humanidad.

​—Solo hay una dosis —dijo Damian, y su voz no tenía el calor de antes.

Era la voz fría del ex-militar que sabe que en la guerra solo sobrevive el más apto.

​Lilith se detuvo, su cuerpo deformado empezando a temblar por el rechazo del suero rojo.

Miró a Damian con una súplica que me revolvió el estómago.

—Damian…

amor…

recuerda los Alpes.

Recuerda nuestro trato.

Si me salvas, el imperio es tuyo.

Elena está muriendo de todos modos…

déjala ir.

​Miré a Damian.

Mi corazón, forzado por el Medusa, latía con una fuerza que amenazaba con reventar mis costillas.

—Damian…

—susurré.

​Él miró la jeringa.

Miró a Lilith.

Luego me miró a mí.

Caminó hacia Lilith, la tomó por la nuca y, en un movimiento que me desgarró el alma, la besó con una pasión desesperada mientras le clavaba la jeringa en el cuello.

​—¡NO!

—mi grito fue un aullido de agonía pura.

​La traición me golpeó más fuerte que cualquier golpe de Lilith.

Damian la había elegido a ella.

Lo vi en sus ojos mientras ella se aferraba a él, recuperando su forma humana, su piel volviéndose suave de nuevo mientras la mía se resquebrajaba.

​—Lo siento, jefa —dijo Damian, mirándome sobre el hombro de Lilith—.

Pero ella tiene las claves maestras.

Tú solo tienes el odio.

Y con el odio no se compran ejércitos.

​Se dieron la vuelta y corrieron hacia el hangar, dejándome tirada en el suelo, muriendo, rodeada de los escombros de mi propia venganza.

​La Última Llama ​Pasaron los minutos.

Mi pulso era una línea débil.

Estaba lista para aceptar la oscuridad cuando sentí un peso en mi mano.

Era un pequeño dispositivo que Damian había dejado caer “accidentalmente” al besar a Lilith.

​Un inyector de adrenalina pura y un micrófono encriptado.

​—Corre al muelle 4, Elena —la voz de Damian sonó en mi oído a través de un pinganillo imperceptible—.

Tuviste que ver el beso para que ella se confiara.

La dosis que le di no era el antídoto…

era un rastreador neurotóxico.

Ella te llevará directo a tu padre.

Ahora levántate y termina lo que empezamos.

​La adrenalina me devolvió la vida de un golpe.

No estaba salvada, pero tenía una última oportunidad.

Corrí hacia el muelle, impulsada por una furia que quemaba más que el suero.

​Allí estaba el yate de lujo de los Vane.

Entré por la popa, silenciosa como un espectro.

El barco ya estaba en marcha.

En la cabina principal, Lilith estaba tumbada en un sofá de seda, aún recuperándose, mientras Damian pilotaba.

​—¿Estás bien, cariño?

—preguntó Damian, sin soltar el timón.

​—Me duele todo —respondió Lilith con voz débil—.

Pero valió la pena verlo.

Valió la pena ver cómo se le apagaba la mirada cuando me elegiste.

​—Ella nunca fue rival para ti —dijo Damian, pero sus ojos estaban fijos en el reflejo del espejo.

Me vio entrar.

No hizo nada.

​Me acerqué a Lilith por la espalda.

Ella me sintió demasiado tarde.

Antes de que pudiera gritar, le puse un brazo alrededor del cuello y le clavé un trozo de cristal roto en el costado.

​—Sorpresa, hermana —siseé.

​Damian apagó los motores y puso el piloto automático.

Se giró, observando la escena con una calma aterradora.

Lilith sangraba, mirándolo con horror.

—Damian…

¡ayúdame!

¡Dijo que me dio el antídoto!

​—Te mintió —dije, empujándola contra la mesa de cristal—.

Al igual que tú me mentiste a mí.

Al igual que mi padre nos mintió a todos.

​Damian se acercó a nosotras.

Se quitó la chaqueta y la lanzó a un lado.

La tensión en la habitación era asfixiante, una mezcla de violencia, traición y un deseo retorcido que nos unía a los tres.

​—Elena —dijo Damian, tomando mi mano, la misma mano que aún sostenía el cristal ensangrentado—.

El suero Medusa te está matando.

Pero hay una forma de estabilizarlo.

No es una medicina.

Es una transferencia de calor.

Tu metabolismo está tan acelerado que si no quemas esa energía ahora, explotarás.

​—¿Qué estás diciendo?

—pregunté, jadeando, mientras el violeta de mis venas brillaba con más intensidad.

​—Digo que me uses —él me jaló hacia sí, su boca buscando la mía con una urgencia que no aceptaba un no por respuesta—.

Úsame para sobrevivir.

Deja que Lilith mire cómo la verdadera Elena Vane reclama lo que es suyo.

​Lo que siguió fue un acto de posesión salvaje.

No había amor, solo la necesidad frenética de no morir.

Damian me tomó sobre la mesa, justo al lado de donde Lilith se desangraba, incapaz de moverse.

Fue un sexo sucio, cargado de la adrenalina del suero y la amargura de la traición.

Cada gemido mío era un insulto para mi hermana; cada embestida de Damian era un clavo en el ataúd de los planes de mi padre.

​En el clímax del encuentro, sentí cómo el exceso de energía del Medusa se drenaba de mi cuerpo hacia el suyo, estabilizándome.

El violeta de mis ojos se desvaneció, dejando paso a mi color natural, pero con una chispa de oscuridad que nunca se iría.

​Cuando terminó, Damian me cubrió con su camisa.

Lilith estaba pálida, sus ojos ámbar perdiendo el brillo.

​—Papá…

—susurró Lilith con su último aliento—…

él está en el faro…

los espera…

​Damian la miró sin un gramo de lástima.

Tomó el cuerpo de mi hermana y, con una frialdad que me recordó por qué era el hombre más peligroso que conocía, lo lanzó por la borda a las aguas del Mediterráneo.

​—Ahora —dijo Damian, limpiándose el sudor y la sangre—, vamos a matar a tu padre.

Y esta vez, Elena, asegúrate de que no quede ningún código, ningún clon y ninguna duda de quién es la reina de este imperio.

​El yate giró hacia el faro que se alzaba en el horizonte.

La noche era joven, y yo finalmente tenía el control del juego.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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