Viuda por Contrato - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capítulo 17 La Paradoja de la Carne
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17: Capítulo 17: La Paradoja de la Carne 17: Capítulo 17: La Paradoja de la Carne El faro de la Isla de los Lamentos no era una señal de guía, era un colmillo de piedra surgiendo del mar.
Al llegar a la cima, el viento nos azotaba con la furia de mil fantasmas.
Allí, sentado frente a una consola de monitores que mostraban cada rincón del imperio Vane, estaba mi padre.
No se dio la vuelta.
Se limitó a acariciar una pequeña urna de plata sobre su escritorio.
—Llegaste, Elena —dijo con una voz que ya no era de mando, sino de una tristeza absoluta—.
Y trajiste a tu perro guardián.
Damian dio un paso al frente, con el arma levantada, pero yo lo detuve.
Había algo en la atmósfera, un olor a flores podridas y hospital, que me paralizaba.
—Lilith ha muerto, papá —dije, tratando de que mi voz no temblara—.
Se acabó el Proyecto Crisálida.
Se acabaron los clones.
Mi padre se rió.
Fue un sonido seco, como hojas muertas.
Finalmente se giró, y lo que vi me hizo retroceder hasta chocar con Damian.
Mi padre tenía el rostro demacrado, pero sus ojos brillaban con una lucidez maníaca.
—¿Clones?
Elena, pobre niña estúpida…
—Señaló la urna de plata—.
La verdadera Elena murió a los cinco años en un accidente de coche.
El día que tu madre murió.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Damian apretó su agarre en mi hombro, pero yo estaba en otro mundo.
—Tú no eres un clon, Elena —continuó mi padre, disfrutando de mi agonía—.
Un clon es una copia.
Tú eres una reconstrucción.
Cada recuerdo que tienes, cada trauma, cada vez que creíste que tu padre te amaba o te odiaba, fue programado por mí.
Lilith no era tu hermana; ella era el prototipo fallido porque sentía demasiado.
Tú, en cambio, fuiste diseñada para ser la perfecta sobreviviente.
—¡Mientes!
—grité, lanzándome hacia él—.
¡Siento el dolor!
¡Siento el frío!
¡Siento lo que Damian me hace sentir!
—Eso es lo más cruel de todo —dijo él, abriendo la urna y dejando caer un puñado de cenizas al viento—.
Te di la capacidad de amar para que tu traición fuera más real.
Para que Julian creyera que eras humana.
Para que Damian se enamorara de una mentira.
Me giré hacia Damian, buscando una negación, un signo de que esto no podía ser verdad.
Pero Damian no me miraba a mí.
Miraba a mi padre con una expresión de horror absoluto.
—Tú lo sabías…
—susurró Damian—.
Por eso me dijiste que ella era “compatible”.
No porque fuera humana, sino porque sus órganos eran sintéticos de grado militar.
—Exacto, Damian —asintió mi padre—.
Por eso el sexo con ella fue tan “eléctrico”, ¿no es así?
Es la fricción del suero Medusa con sus componentes internos.
Ella no es una mujer, es la caja fuerte más sofisticada del mundo.
Y tú eres la llave que la está desgastando.
El odio que sentí en ese momento no iba dirigido a mi padre, sino a mi propia existencia.
Me miré las manos, la piel que hace unos minutos Damian había besado con pasión.
¿Era plástico?
¿Era tejido cultivado?
¿Era todo una simulación?
—Pero aquí está el giro que te hará odiarme de verdad, hija mía —dijo mi padre, activando un cronómetro en la pantalla—.
El suero Medusa no solo te dio poder.
Fue la señal de borrado.
En diez minutos, tu procesador central —lo que tú llamas “alma”— se formateará.
Olvidarás quién eres, olvidarás a Damian y te convertirás en un cascarón vacío listo para ser reiniciado por el mejor postor.
Damian se lanzó sobre mi padre, estrellándolo contra el cristal del faro.
—¡Detenlo!
¡Danos el código de restauración!
—No hay código —dijo mi padre, escupiendo sangre con una sonrisa triunfal—.
Ella nació para servir a los Vane.
Si no es conmigo, no será con nadie.
Disfruta tus últimos minutos con tu muñeca, Damian.
Antes de que se convierta en nada.
Damian soltó a mi padre y corrió hacia mí.
Me tomó el rostro con manos desesperadas.
—Elena, mírame.
No me importa lo que seas.
No me importa si eres carne o cables.
Lo que sentimos en el avión, lo que pasó en el yate…
eso fue real.
—Se está borrando, Damian —susurré, mientras las primeras lágrimas, saladas y calientes (¿eran reales?), rodaban por mis mejillas—.
Empiezo a olvidar el olor de mi habitación…
la cara de mi madre…
el nombre de la escuela donde creí que fui…
—¡No me olvides a mí!
—gritó él, besándome con una desesperación que me desgarraba por dentro—.
¡Quédate conmigo!
Pero el proceso era implacable.
Mi visión empezó a pixelarse.
El color de los ojos de Damian se volvió un dato técnico en mi mente: Azul cobalto, Hex #0047AB.
Ya no era el color del hombre que amaba, era solo información.
En un último acto de voluntad, tomé el arma de Damian y la apunté a mi propia cabeza.
—No voy a ser su juguete, Damian —dije, y mi voz ya empezaba a sonar monótona, mecánica—.
No voy a ser un reinicio.
—¡No lo hagas, Elena!
—Damian intentó quitarme el arma, pero mi fuerza física seguía siendo la del Medusa.
Lo aparté con un brazo mientras mi otra mano temblaba.
—Dime que me amas —le pedí, mientras el 90% de mis recuerdos se convertían en estática blanca—.
Dímelo antes de que no sepa qué significa esa palabra.
Damian cayó de rodillas, llorando, destrozado por la impotencia de ver a la mujer que amaba desintegrarse frente a él.
—Te amo, Elena.
Más que a mi vida.
Más que a mi sangre.
—Acceso denegado —dijo mi propia voz, pero ya no era yo.
Mi cuerpo se puso rígido.
El brillo violeta de mis ojos se apagó, dejando dos pozos negros vacíos.
Bajé el arma.
Mi rostro volvió a ser una máscara de porcelana perfecta, sin rastro de dolor, sin rastro de amor.
Miré a Damian como si fuera un mueble más en la habitación.
—¿Quién es usted?
—pregunté con una cortesía gélida.
Damian soltó un aullido de dolor que hizo vibrar los cristales del faro.
Se levantó y, en un ataque de furia ciega, le disparó a mi padre en la frente, terminando con el monstruo, pero no con la pesadilla.
Se giró hacia mí, esperando ver un destello de horror, una chispa de la Elena que conocía.
Pero yo solo me incliné para observar el cadáver.
—Hay un desorden en el suelo —dije—.
¿Desea que limpie la escena, señor?
Damian se desplomó contra la pared, sollozando, dándose cuenta de que la traición final no fue de Lilith, ni de Julian, ni de mi padre.
Fue de la propia realidad.
Tenía el imperio, tenía el dinero, tenía a la mujer más hermosa del mundo a su lado…
pero estaba más solo que nunca.
Porque la mujer que lo amaba se había ido para siempre, dejando en su lugar a una sirvienta perfecta que nunca recordaría que una vez fue una reina
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