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​Viuda por Contrato - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capítulo 18 El Eco de una Extraña
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18: Capítulo 18: El Eco de una Extraña 18: Capítulo 18: El Eco de una Extraña ​Un año después.

​La ciudad de Lyon, en Francia, despertaba bajo una lluvia mansa y gris.

En una pequeña librería cerca de la catedral, una mujer de belleza serena acomodaba los lomos de los libros con una precisión que rozaba lo obsesivo.

No usaba seda negra ni joyas de diamantes; vestía un jersey de lana color crema y unos vaqueros sencillos.

​Se llamaba Lena.

O al menos, ese era el nombre en su documento de identidad francés.

​—Buenos días, Lena —dijo un hombre joven, de unos treinta años, entrando con el olor del pan recién horneado—.

Te traje un pain au chocolat.

​Lena sonrió.

Era una sonrisa dulce, pero sus ojos, de un castaño profundo, no reflejaban el brillo de los recuerdos.

Eran como un lago en calma que nadie podía navegar.

​—Gracias, Jean.

Siempre eres tan puntual —respondió ella, aceptando el café.

​Jean era arquitecto.

Un hombre amable, sencillo, que la amaba con una devoción transparente.

Se habían conocido seis meses atrás en un parque, y para él, Lena era un misterio delicioso: una mujer sin pasado, sin familia, que hablaba cuatro idiomas y podía arreglar cualquier motor o sistema electrónico con una facilidad asombrosa.

​—¿Vendrás a la cena con mis padres esta noche?

—preguntó Jean, acariciándole el brazo.

​Lena sintió el contacto.

No era eléctrico.

No era doloroso.

Era simplemente…

cálido.

Un dato positivo en su sistema.

​—Sí, me gustaría mucho —respondió ella.

​Pero mientras Jean hablaba de los planos de su nuevo proyecto, Lena sintió una punzada en la base del cráneo.

Un destello de algo violeta, una sensación de frío intenso y el sabor metálico del whisky.

Se tambaleó ligeramente.

​—¿Lena?

¿Estás bien?

​—Solo un mareo, Jean.

No es nada.

​La Sombra en la Acera ​Al caer la tarde, tras cerrar la librería, Lena caminó hacia su apartamento.

Se detuvo frente a un escaparate para arreglarse el cabello, y fue entonces cuando lo vio.

​Un hombre estaba de pie al otro lado de la calle, bajo la lluvia, sin paraguas.

Vestía un abrigo largo oscuro y su presencia irradiaba una violencia contenida que hacía que la gente se apartara instintivamente de su camino.

Su rostro era duro, marcado por una tristeza que parecía grabada en piedra, y sus ojos azules la miraban con una intensidad que le dio ganas de correr y, al mismo tiempo, de arrodillarse.

​Damian.

​Lena se quedó paralizada.

Su procesador interno empezó a lanzar alertas de seguridad.

Sujeto desconocido.

Nivel de amenaza: Indeterminado.

Frecuencia cardíaca: Aumentando.

​Pero algo más ocurrió.

En el fondo de su mente, donde los archivos estaban borrados, un pequeño fragmento de código sobreviviente se activó.

Una sensación de pertenencia, de un fuego que no pertenecía a esa vida normal en Lyon.

​El hombre cruzó la calle.

Jean, que venía a buscarla para la cena, apareció en ese momento y se puso al lado de Lena, tomándola de la cintura.

​—¿Pasa algo, cariño?

—preguntó Jean, mirando con desconfianza al extraño.

​Damian se detuvo a dos metros.

Vio la mano de Jean en la cintura de Lena.

Vio el jersey de lana.

Vio la vida “normal” que ella llevaba.

El dolor en su rostro fue tan real, tan humano, que incluso Lena, en su frialdad programada, sintió una opresión en el pecho.

​—¿Nos conocemos?

—preguntó Lena, y su voz tembló por primera vez en un año.

​Damian apretó los puños.

Podía haberla llevado a la fuerza.

Podía haber matado a Jean allí mismo.

Tenía el dinero y el poder para reclamar su “muñeca”.

Pero se dio cuenta de que ella no estaba fingiendo.

Ella realmente no sabía quién era él.

​—No —dijo Damian, y su voz sonó como si estuviera tragando cristales rotos—.

Me equivoqué de persona.

Usted se parece a alguien que…

que solía ser una reina.

Pero ella está muerta.

​Damian se dio la vuelta para marcharse, pero antes de desaparecer entre la multitud, se detuvo y dejó un pequeño sobre en el suelo.

​Jean intentó evitar que ella lo tomara, pero Lena fue más rápida.

Sus reflejos seguían siendo sobrehumanos.

Abrió el sobre.

Dentro no había dinero, ni amenazas.

Había una pequeña foto de una mujer vestida de novia, con el satín blanco manchado de whisky y una mirada llena de fuego y acero.

Y en el reverso, escrito con una caligrafía firme: ​”El acero no olvida al fuego, Elena.

Y yo no he dejado de quemar el mundo buscando tu chispa.” ​Lena miró a Jean, que la llamaba preocupado.

Luego miró la foto.

De repente, una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

No era una lágrima de Lena, la librera.

Era una lágrima de la Viuda Vane.

​—Jean…

—susurró ella, soltándose de su agarre—.

Ve tú a la cena.

Yo…

yo tengo que recordar algo.

​Lena empezó a correr tras el hombre del abrigo oscuro.

Sus piernas se movían con la potencia del suero Medusa que aún dormía en sus venas.

No sabía quién era él, ni por qué le dolía tanto verlo partir, pero sabía que su vida “normal” se había acabado en el momento en que esos ojos azules la miraron.

​Damian se detuvo al final del callejón, escuchando los pasos rápidos detrás de él.

No se giró.

No quería verla fallar otra vez.

​—¿Señor?

—llamó ella, jadeando.

​Damian cerró los ojos, esperando la pregunta gélida: “¿Quién es usted?”.

​Pero lo que escuchó fue algo que le devolvió el alma al cuerpo: ​—Usted me dijo…

que me amaba antes de que no supiera qué significaba esa palabra.

​Damian se giró lentamente.

Elena estaba allí, bajo la lluvia, con la foto en la mano y los ojos empezando a brillar con un tenue, casi imperceptible, tinte violeta.

​—Dígamelo otra vez —pidió ella—.

Quizás esta vez, mi procesador no sea lo único que escuche.

​Damian dio un paso hacia ella, borrando el año de soledad en un solo movimiento.

La tomó del rostro, ignorando el mundo, ignorando a Jean, ignorando el pasado.

​—Te amo, Elena Vane.

Y voy a pasar el resto de mi vida recordándote por qué eres la mujer más peligrosa del mundo.

​En medio de la calle oscura de Lyon, la máquina y el soldado se fundieron en un beso que sabía a traición, a sangre y a una esperanza que ningún código podía borrar.

La guerra no había terminado; simplemente, la Reina había despertado

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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