Viuda por Contrato - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 El Santuario de la Carne
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19: Capítulo 19: El Santuario de la Carne 19: Capítulo 19: El Santuario de la Carne El reencuentro en aquel callejón de Lyon no fue un cuento de hadas; fue una combustión espontánea.
Damian no la llevó a un hotel, sino a un refugio seguro fortificado en las afueras de la ciudad, un ático de hormigón y cristal que dominaba el Ródano.
En cuanto la puerta se cerró con el estruendo de los cerrojos electrónicos, la “normalidad” de Lena la librera se evaporó.
Damian la acorraló contra la pared fría, sus manos grandes y ásperas enmarcando su rostro.
—¿Me recuerdas?
—gruñó él, su aliento mezclándose con el de ella—.
¿O solo sientes el error en tu sistema?
—No es un error —susurró Elena, y sus dedos, impulsados por una memoria muscular que el borrado no pudo tocar, rasgaron la camisa de Damian, arrancando los botones—.
Es una necesidad.
Siento que me falta el aire si no estás a menos de un metro de mí.
El encuentro fue una explosión de rabia y hambre acumulada durante un año de vacío.
Damian la despojó del jersey de lana, ese disfraz de mujer común, revelando la piel perfecta y pálida que él había soñado cada noche en su exilio.
La levantó, envolviendo las piernas de ella alrededor de su cintura, y la llevó hacia la mesa de acero de la cocina.
Fue un sexo desesperado, coreografiado por el instinto de supervivencia.
Elena arqueaba la espalda, sintiendo cómo el calor de Damian reactivaba los circuitos de su suero Medusa.
Sus ojos parpadeaban entre el castaño humano y el violeta eléctrico cada vez que él la poseía con más fuerza.
No había ternura, había reclamación.
Damian estaba marcando cada centímetro de su cuerpo, recordándole a su ADN quién era su único dueño, mientras ella clavaba sus uñas en la espalda de él, buscando el dolor para sentirse viva.
—Dime mi nombre —exigió Damian, hundiéndose en ella una última vez con una intensidad que la hizo gritar al techo de cristal.
—Damian…
—jadeó ella, y por un segundo, el velo del borrado se rasgó por completo—.
Mi Damian.
La Sombra de la Duda Horas después, mientras el sudor se secaba sobre sus cuerpos entrelazados en la cama king size, el silencio del refugio fue roto por una notificación en la pantalla holográfica de la pared.
Elena se incorporó, cubriéndose apenas con la sábana de seda negra.
Sus ojos se fijaron en la imagen que parpadeaba: un video de seguridad del puerto de Marsella, grabado hace apenas diez minutos.
—¿Qué es eso?
—preguntó ella, su mente analítica procesando los datos a una velocidad que Jean, su novio arquitecto, nunca habría comprendido.
Damian se sentó a su lado, su rostro tornándose sombrío.
—Es la razón por la que te busqué ahora, Elena.
No solo porque te extrañaba hasta la locura.
Sino porque alguien está usando tu firma genética para abrir las bóvedas de los Vane en todo el mundo.
En la pantalla, se veía a una mujer caminando por el muelle.
Tenía el mismo caminar de Elena, la misma estatura…
y llevaba puesto el anillo de bodas original de los Vane, aquel que Elena creía perdido en el fondo del mar.
—Lilith está muerta —dijo Elena, sintiendo un frío glacial—.
Yo la vi caer.
—El cuerpo nunca apareció, Elena.
Y hay algo más —Damian tomó un pequeño dispositivo y proyectó un audio—.
Escucha esto.
Una voz familiar, pero distorsionada, llenó la habitación: ”El prototipo Elena ha cumplido su ciclo.
Es hora de activar a la Tercera.
La que no tiene corazón, ni cables…
la que solo tiene hambre.” —¿La Tercera?
—Elena miró a Damian con horror—.
¿Cuántas de nosotras hizo mi padre?
—No lo sé —respondió Damian, tomando su arma de la mesa de noche—.
Pero esa mujer en el video se dirige hacia aquí.
Alguien le dio la ubicación de este refugio.
Elena sintió una punzada en su sistema.
Una traición que no venía de afuera, sino de adentro.
Revisó sus propios registros internos de la última hora.
—Damian…
—su voz tembló—.
Cuando estábamos en la mesa…
mi sistema emitió una señal de pulso electromagnético.
No fue un orgasmo, fue una transmisión.
Alguien usó nuestro contacto físico para desbloquear mi cortafuegos y enviar nuestras coordenadas GPS.
Damian se tensó, mirando a Elena con una mezcla de sospecha y dolor.
—¿Estás diciéndome que me usaste para llamar a tu reemplazo?
—¡Yo no sabía!
—gritó ella, levantándose—.
¡Está programado en mi subconsciente!
¡Él nos quería juntos para que yo sirviera de baliza!
Antes de que Damian pudiera responder, una explosión lateral derribó la pared de cristal del ático.
Una figura saltó desde un helicóptero invisible al radar, aterrizando con la gracia de un gato en medio de la sala.
Era ella.
La Tercera.
Pero no era igual a Elena ni a Lilith.
Tenía el cabello blanco como la nieve y una armadura orgánica que parecía parte de su propia piel.
Y en su mano, sostenía la cabeza decapitada de Jean, el novio francés de Elena.
—Papá dice que dejes de jugar a la casita, Elena —dijo la mujer de blanco, lanzando la cabeza de Jean a los pies de la cama—.
La verdadera heredera ha llegado para recolectar las piezas.
Damian se puso frente a Elena, apuntando a la intrusa, pero se detuvo en seco cuando la mujer de blanco sonrió y mostró un tatuaje en su muñeca.
Era el mismo tatuaje que Damian tenía en su antebrazo.
—Hola, hermano —dijo la Tercera—.
¿No vas a saludar a tu verdadera esposa?
Elena miró a Damian.
La traición final estaba servida: el hombre que juraba amarla, el que la había buscado por un año, tenía un vínculo de sangre y ley con la mujer que venía a destruirla.
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