Viuda por Contrato - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 El Código del Deseo
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20: Capítulo 20: El Código del Deseo 20: Capítulo 20: El Código del Deseo El silencio en el ático era más pesado que el humo de la explosión.
Elena miraba a la mujer de blanco —Selene— y luego a Damian.
La mención de “esposa” golpeó a Elena con la misma fuerza que un choque a 200 km/h.
—¿Tu esposa?
—la voz de Elena salió como un látigo de hielo.
Damian no bajó el arma, pero sus hombros se tensaron.
—Fue un contrato de sangre cuando éramos niños, Elena.
Un pacto entre familias para asegurar el linaje.
Pero yo nunca…
—Ah, ahorra los detalles románticos, Damian —interrumpió Selene, caminando sobre los cristales rotos con una elegancia letal.
Se acercó a él y, ante los ojos furiosos de Elena, le pasó un dedo por la mejilla—.
Hueles a ella.
Hueles a plástico y a desesperación.
Papá está muy decepcionado.
Te envió a buscar la pieza perdida, no a acostarte con ella.
Elena sintió una oleada de calor violeta recorriéndole las venas.
La humillación de ver a Selene tan cerca de Damian activó algo en su sistema que no era programación: era celos puros.
—Aléjate de él —siseó Elena, dando un paso al frente.
Su piel empezó a emitir un leve zumbido eléctrico.
—¿O qué?
—Selene sonrió, mostrando unos dientes perfectos—.
¿Vas a llorar lágrimas de aceite?
Eres un juguete, Elena.
Yo soy la que lleva su apellido.
Carreras de Sangre Selene no disparó.
En lugar de eso, lanzó unas llaves sobre la cama.
—Papá quiere ver quién merece llevar el apellido Vane.
Hay dos coches en la base del edificio.
Un Lamborghini modificado para ti, Elena, y el Porsche negro de Damian.
Si llegas al puerto antes de que yo detone el chip de proximidad que Damian lleva en el cuello…
quizás te deje vivir un día más.
—¿Qué chip?
—Elena miró el cuello de Damian.
Allí, bajo la piel de su nuca, brillaba una pequeña luz roja que no estaba antes.
Selene lo había marcado mientras ellos dormían tras el sexo.
—¡Corre, Elena!
—rugió Damian—.
¡No preguntes, solo conduce!
Elena no lo pensó.
Agarró su chaqueta de cuero, las llaves y saltó por el hueco del ventanal, cayendo sobre el capó del Lamborghini que esperaba abajo.
Damian saltó tras ella a su propio coche.
Lo que siguió fue una persecución frenética por las calles de Lyon.
Motores rugiendo, neumáticos quemando asfalto y esa adrenalina de las carreras prohibidas.
Elena conducía como una poseída, usando su percepción mejorada para esquivar el tráfico a 250 km/h.
Por el retrovisor veía a Damian, pegado a su parachoques, protegiéndola de los coches negros de los mercenarios de Selene que intentaban sacarla de la carretera.
—Elena, escucha —la voz de Damian entró por la radio del coche—.
Si llegamos al túnel, tienes que frenar en seco.
Selene cree que vas a seguir de largo, pero hay una salida oculta.
—¡Me mentiste, Damian!
—le gritó ella por el manos libres, mientras derrapaba en una curva cerrada—.
¡Me dijiste que yo era la única!
¡Me usaste mientras tenías a esa mujer esperándote!
—¡Es complicado!
¡Lo hice por el imperio, pero te amo a ti!
—el Porsche de Damian golpeó lateralmente a un enemigo, mandándolo a volar contra un muro—.
¡Si sobrevivimos a esto, deja que te lo explique en la cama, de la forma que te gusta!
La Entrega Llegaron al túnel.
Elena frenó de golpe, haciendo que los neumáticos humearan.
El Porsche de Damian se detuvo milimétricamente junto al suyo.
Estaban en la oscuridad, bajo toneladas de hormigón.
Damian bajó del coche, jadeando.
Elena salió, furiosa, y lo estampó contra la puerta de su propio vehículo.
El calor de la carrera y la rabia de la traición se mezclaron en un cóctel explosivo.
—¿Me amas?
—le espetó ella, pegando su cuerpo al suyo—.
¿O solo amas que soy la única que puede seguirte el ritmo a esta velocidad?
—Amo que eres la única que me hace sentir que el mundo merece ser quemado —respondió él, tomándola por la nuca con fuerza.
A pesar del peligro, del chip en su cuello y de la Tercera acechándolos, el deseo de “amor prohibido” los consumió.
Se besaron con una violencia desesperada bajo las luces amarillentas del túnel.
Damian le subió la chaqueta de cuero, buscando su piel, mientras Elena sentía que su sistema Medusa llegaba al límite.
—Si ella me mata hoy —dijo Damian contra sus labios—, quiero que sepas que mis últimos pensamientos fueron sobre cómo se sentía tu cuerpo bajo el mío.
De repente, una luz cegadora iluminó el túnel.
Selene estaba allí, pero no en un coche.
Estaba en una pantalla gigante en la pared del túnel.
—Qué conmovedor —dijo Selene—.
Pero se acabó el tiempo.
Elena, el chip de Damian no es una bomba de explosivos.
Es una bomba de virus.
Si no te entregas ahora mismo y dejas que te extraiga el núcleo, Damian se convertirá en un vegetal en sesenta segundos.
Elena miró a Damian.
Él empezó a convulsionar, cayendo al suelo mientras el virus atacaba su sistema nervioso.
—No…
—susurró Elena.
—Elige, hermanita —rio Selene—.
Tu libertad o la vida del hombre que te engañó con su “esposa”.
¿Qué vale más para una máquina sin alma.
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