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​Viuda por Contrato - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 El Sacrificio del Cuerpo
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21: Capítulo 21: El Sacrificio del Cuerpo 21: Capítulo 21: El Sacrificio del Cuerpo ​Damian estaba en el suelo del túnel, su cuerpo sacudido por espasmos violentos.

La luz roja en su nuca ya no parpadeaba; emitía un pitido constante, un cronómetro de muerte cerebral.

Elena cayó de rodillas a su lado, ignorando el ruido de los helicópteros que se acercaban.

​—¡Damian!

¡Mírame!

—le gritó, tomándole el rostro.

Sus ojos azules estaban en blanco, y una línea de sangre empezaba a correr por su nariz.

​—Quedan treinta segundos, Elena —la voz de Selene resonaba en los altavoces del túnel, cargada de una satisfacción perversa—.

Es irónico, ¿no?

Tú, la “máquina”, sintiendo un dolor tan humano.

Ríndete.

Deja que el virus lo borre y ven conmigo.

Podrás ser mi sombra, mi reflejo.

​Elena miró a Damian.

Recordó el calor de su cuerpo en el avión, la forma en que él la miraba como si fuera lo único real en un mundo de mentiras, y ese beso prohibido en el túnel que sabía a despedida.

Ella no era una máquina.

Una máquina no sentiría este vacío en el pecho que amenazaba con romperla.

​—No voy a dejar que te borren —susurró ella.

​Elena recordó una línea de código oculta en el protocolo Medusa: Transferencia de Carga Térmica.

Podía absorber cualquier señal eléctrica o viral si entraba en contacto físico directo con el receptor, pero a un costo: su propio sistema se sobrecargaría, quemando sus circuitos y, posiblemente, borrando la poca identidad que le quedaba.

​Se inclinó sobre él.

No fue un beso tierno.

Fue un acto de posesión desesperada.

Elena pegó su frente a la de él, entrelazó sus dedos con los suyos y activó su núcleo al 200%.

​—¡AHHHH!

—el grito de Elena desgarró el silencio del túnel.

​Una corriente eléctrica de color violeta intenso saltó del cuello de Damian hacia los brazos de Elena.

Su piel empezó a brillar, sus venas se tornaron negras y el olor a ozono inundó el aire.

El virus estaba entrando en ella, devorando sus recuerdos de Lyon, la cara de Jean, la paz de la librería…

todo se quemaba para salvar el cerebro de Damian.

​El Despertar de la Bestia ​El pitido en el cuello de Damian se detuvo.

Sus ojos recuperaron el enfoque justo a tiempo para ver a Elena desplomarse sobre su pecho, exánime.

​—¿Elena?

—Damian la tomó en sus brazos, su voz rota—.

¡Elena, responde!

​Ella abrió los ojos.

Ya no eran castaños.

Ni siquiera eran violetas.

Eran de un blanco gélido, sin pupilas.

Se levantó con un movimiento mecánico, lento, casi aterrador.

No lo miró.

Su mirada estaba fija en la cámara de seguridad donde Selene la observaba.

​—¿Qué…

qué eres?

—la voz de Selene tembló por primera vez.

​Elena no respondió con palabras.

Caminó hacia el Porsche de Damian, arrancó la puerta de cuajo con una mano y sacó un rifle de asalto del compartimento oculto.

Se giró hacia Damian.

Por un segundo, una chispa de la antigua Elena brilló en el fondo de ese blanco infinito.

​—Huye —dijo ella, con una voz que sonaba como el choque de dos glaciares—.

Si me quedo contigo, te mataré.

El virus…

no se borró.

Se ha convertido en mí.

​—¡No te voy a dejar!

—Damian intentó acercarse, pero Elena disparó una ráfaga a sus pies, obligándolo a retroceder.

​—¡VETE!

—rugió ella.

​En ese momento, el equipo de asalto de Selene descendió por cables desde el techo del túnel.

Elena se lanzó hacia ellos.

Ya no era una pelea, era una ejecución.

Se movía tan rápido que parecía teletransportarse.

Cada golpe que daba iba cargado de la descarga eléctrica del virus.

​Damian, dándose cuenta de que ella estaba dándole tiempo para escapar, arrancó el Lamborghini.

No quería irse, pero sabía que si se quedaba, ambos morirían.

​—¡Volveré por ti, Elena!

¡Aunque tenga que quemar el mundo entero!

—gritó Damian mientras el coche rugía, desapareciendo en la oscuridad del túnel.

​La Jaula de Oro ​Elena terminó con el último soldado.

Estaba sola en el túnel, rodeada de cuerpos y metal retorcido.

Selene bajó lentamente desde una plataforma hidráulica, aplaudiendo.

​—Bravo.

Realmente eres la obra maestra —dijo Selene, acercándose con cuidado—.

Has absorbido el virus y lo has domesticado.

Pero a cambio, has perdido tu brújula moral.

Ya no sientes amor por Damian, ¿verdad?

Solo sientes el hambre de destruir.

​Elena la miró.

Sus ojos blancos empezaron a recuperar un poco de color, pero la frialdad permanecía.

—Siento…

que tengo un contrato que cumplir —dijo Elena, su voz monótona—.

Llévame con mi padre.

​Selene sonrió de lado, satisfecha.

Le puso una mano en el hombro, una caricia de “hermana” que Elena no rechazó.

—Esa es mi chica.

Vamos a casa.

Tenemos una guerra que ganar contra los Rossi, y tú vas a ser nuestra punta de lanza.

​Seis meses después: Mónaco ​La gala del Casino de Montecarlo era el evento del año.

Entre los invitados, una mujer destacaba por encima de todas.

Vestía un vestido rojo sangre que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel, dejando al descubierto un tatuaje de un fénix violeta en su hombro.

​Era Elena.

Pero ahora la llamaban “La Ejecutora Vane”.

​A su lado, siempre un paso atrás, estaba Selene.

Eran las dueñas de la noche.

Elena no hablaba, no reía, solo observaba a la multitud con ojos que prometían muerte.

​De repente, un hombre se acercó a la mesa de baccarat.

Era guapo, con una barba de varios días y una cicatriz que cruzaba su ceja.

Tenía ese aire de chico malo y peligroso que volvía locas a las mujeres del casino.

​—Apuesto todo a la Viuda —dijo el hombre, lanzando una ficha de un millón de dólares sobre la mesa.

​Elena se tensó.

Esa voz.

Ese olor a whisky y asfalto.

Se giró lentamente.

​—Lo siento, señor —dijo ella, con una cortesía mecánica—.

La Viuda no está en juego.

​El hombre, Damian, se inclinó hacia ella, ignorando a los guardias que le apuntaban por debajo de la mesa.

Le susurró al oído, tan cerca que sus labios rozaron el lóbulo de su oreja: ​—He pasado seis meses organizando carreras clandestinas en Rusia para comprar este momento, Elena.

No vengo por tu dinero.

Vengo a recordarte lo que se sentía cuando me hacías el amor en aquel túnel mientras el mundo se acababa.

​Elena lo miró fijamente.

En la profundidad de sus ojos, algo se movió.

Un eco.

Una falla en el sistema.

​—¿Damian?

—preguntó ella, y por un microsegundo, su voz volvió a ser la de la chica de la librería.

​Pero antes de que él pudiera responder, Selene le puso una mano en el pecho a Damian, empujándolo.

—Vaya, vaya.

El perro ha vuelto por sus sobras.

Elena, mátalo.

Es una orden directa de papá.

​Elena sacó una pistola pequeña de su liga y la puso directamente en la frente de Damian.

Él no parpadeó.

​—Hazlo, nena —dijo Damian con una sonrisa desafiante—.

Si vas a matarme, que sea mientras me miras a los ojos.

Porque sé que ahí dentro, todavía me perteneces.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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