Viuda por Contrato - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 El Sabor de la Traición
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22: Capítulo 22: El Sabor de la Traición 22: Capítulo 22: El Sabor de la Traición La pistola seguía presionando la frente de Damian.
El casino entero contenía la respiración.
Elena sentía el calor de su piel a través del cañón del arma, un pulso que gritaba recuerdos que ella no quería reconocer.
—Hazlo —susurró él, con esa arrogancia suicida que tanto la irritaba—.
Pero hazlo sabiendo que morirás vacía.
Elena bajó el arma.
Un error de sistema.
Un fallo en el código que Selene no podía permitir.
—Interrógalo —ordenó Selene, con un brillo de asco en los ojos—.
Llévatelo a la suite de seguridad.
Sácale quién lo financia y luego…
bórralo de la existencia.
El Infierno Privado Elena arrastró a Damian por el pasillo de mármol del hotel, sus dedos apretando su brazo con una fuerza que dejaría marcas.
Al entrar en la suite, lo lanzó contra la cama king-size.
Cerró la puerta con llave y activó el inhibidor de señales.
—¿Qué crees que estás haciendo, Damian?
—siseó ella, acercándose como una pantera—.
¿Crees que después de seis meses puedes aparecerte así?
Damian se incorporó, sentándose en el borde de la cama.
Se desabrochó los primeros botones de la camisa, sudado, desafiante.
—Vine a ver si todavía queda algo de “nosotros” o si papá finalmente te convirtió en su tostadora favorita.
Elena se lanzó sobre él, no para besarlo, sino para someterlo.
Lo tiró de espaldas y se sentó sobre su regazo, apretándole el cuello con una mano.
—No hay “nosotros”.
Solo hay la misión.
—Mientes —jadeó él, rodeándole la cintura con sus brazos—.
Tu respiración está a 140 pulsaciones por minuto.
Tu sistema se está sobrecalentando solo por estar cerca de mí.
El deseo, esa “culpa” que siempre los arrastraba al abismo, estalló.
Elena lo besó con una furia castigadora, una mezcla de odio y necesidad química.
Sus manos se movían con urgencia, desgarrando ropa, buscando la piel que el virus había intentado borrar de su memoria.
Fue un encuentro eléctrico, violento, en el que Elena reclamó cada cicatriz de Damian como si fuera suya.
En ese momento, en la penumbra de la suite de Mónaco, ella no era la Ejecutora.
Era la mujer que ardía por el hombre prohibido.
La Daga de Hielo Después de la tormenta, Elena se levantó para buscar un vaso de agua.
Su sistema estaba estabilizado, la energía del Medusa drenada.
Pero al entrar al vestidor de la suite para recoger su bata, escuchó un ruido: un gemido suave, casi imperceptible, que venía del baño privado.
Elena empujó la puerta lentamente.
Lo que vio fue una imagen que ni el virus más potente podría haberle preparado para procesar.
Damian no estaba solo en esa suite antes de que ella llegara.
En la bañera de hidromasaje, envuelta en una toalla de seda, estaba una mujer joven, rubia, de una belleza angelical que contrastaba con la oscuridad de Elena.
Pero no era cualquier mujer.
Era la hija menor de los Rossi, la familia enemiga que los Vane juraron exterminar.
Damian entró al baño, todavía abrochándose los pantalones, con el rostro serio.
—¿Quién es ella, Damian?
—preguntó Elena, y su voz no fue mecánica.
Fue la voz de una mujer rota.
—Es mi seguro de vida, Elena —respondió él, sin mirarla a los ojos.
La chica Rossi se levantó y caminó hacia Damian, rodeándole el cuello con sus brazos y depositando un beso posesivo en su mejilla.
—Gracias por la noche, Damian.
Mi padre estará encantado de saber que el “perro de los Vane” cumple con sus tratos tan bien…
en la cama.
Elena sintió que el mundo se caía.
No era solo una traición física; era una traición política.
Damian, el hombre por el que ella había sacrificado su mente y su pasado, estaba acostándose con el enemigo para comprar su propia libertad.
—¿Te acostaste con ella mientras me buscabas?
—preguntó Elena, sintiendo cómo el violeta de sus ojos regresaba, pero esta vez con una intensidad asesina.
—Los Vane me quitaron todo, Elena —dijo Damian, finalmente mirándola.
Sus ojos azules estaban fríos—.
Me quitaron mi nombre, mi hogar y te convirtieron a ti en un monstruo.
Los Rossi me ofrecieron un ejército para destruirlos.
El precio era…
la alianza.
—La alianza —repitió ella con asco—.
Te revolcaste con ella en la misma cama donde hace cinco minutos jurabas que me amabas.
—Es diferente contigo —intentó decir él, dando un paso hacia ella.
—¡No te acerques!
—Elena levantó la mano y una descarga de energía hizo estallar los espejos del baño—.
Eres igual a mi padre.
Usas el sexo, usas el amor y usas a las personas como piezas de ajedrez.
La chica Rossi sonrió con malicia.
—No te lo tomes como algo personal, “muñeca”.
Simplemente eres tecnología obsoleta.
Damian necesita una mujer real para heredar el trono de los Rossi.
Elena miró a Damian.
Esperaba que la defendiera, que la sacara de allí, que le dijera que era parte de un plan.
Pero él guardó silencio.
Su silencio fue la confirmación definitiva.
—Felicidades, Damian —dijo Elena, retrocediendo hacia la puerta del balcón—.
Me salvaste en el túnel para que pudiera ver esto.
Para que sintiera lo que es la verdadera traición humana.
—¡Elena, espera!
—gritó Damian.
Pero ella ya no escuchaba.
Elena saltó desde el balcón del décimo piso hacia la piscina del hotel.
Mientras caía, un mensaje se activó en su visión periférica: PROTOCOLO DE EMPATÍA ELIMINADO.
MODO GUERRA TOTAL ACTIVADO.
Ya no había amor.
Ya no había culpa.
Solo quedaba el deseo de ver a Damian y a los Rossi arder en el mismo infierno.
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