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​Viuda por Contrato - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 Vestido de Blanco Bañado en Rojo
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23: Capítulo 23: Vestido de Blanco, Bañado en Rojo 23: Capítulo 23: Vestido de Blanco, Bañado en Rojo ​El agua de la piscina no enfrió mi rabia; la evaporó, convirtiéndola en un vapor tóxico que me llenaba los pulmones.

Al salir del agua, mi vestido rojo goteaba como si estuviera hecho de sangre fresca.

No miré atrás.

No busqué a Damian en el balcón.

Para mí, el hombre que me amó en el túnel había muerto en esa bañera junto a la heredera Rossi.

​Caminé por el lobby del hotel con una calma que aterraba a los turistas.

Selene me esperaba junto a la limusina blindada, fumando un cigarrillo con una sonrisa de suficiencia.

​—¿Y bien?

—preguntó ella—.

¿Ya te diste cuenta de que el “amor” es solo un fallo en el software?

​—Dile a mi padre que acepto —dije, subiendo al coche—.

No quiero ser la Ejecutora.

Quiero ser la dueña.

Quiero que los Rossi dejen de existir antes de que termine la semana.

​Selene soltó una carcajada y me pasó una tableta.

—Estás de suerte.

Mañana por la noche es el compromiso oficial en la villa privada de los Rossi en Cap Ferrat.

Damian y Bianca Rossi.

Una alianza sellada con champán y…

bueno, lo que sea que Damian use para sellar sus tratos.

​—Mañana no habrá champán —dije, mirando mis manos, que aún temblaban ligeramente—.

Habrá cenizas.

​La Villa de los Lamentos ​La seguridad de los Rossi era legendaria, pero yo conocía sus puntos ciegos mejor que ellos mismos.

Llevaba un vestido de gala blanco, una ironía final, con un escote infinito que ocultaba dos dagas de cerámica y un inhibidor de frecuencias en el liguero.

​Desde una colina cercana, Selene observaba con un rifle de francotirador.

—Objetivo a la vista, Elena.

Damian se ve muy guapo de esmoquin.

Casi parece que no es un traidor.

​—Cállate y vigila el perímetro —le ordené por el intercomunicador oculto en mi pendiente.

​Entré a la fiesta como una invitada más.

La música clásica flotaba en el aire salado del Mediterráneo.

Divisé a Damian en la terraza.

Estaba bebiendo whisky, con el rostro endurecido, mientras Bianca Rossi se colgaba de su brazo, presumiendo un anillo de compromiso que brillaba con la luz de mil mentiras.

​Me acerqué lentamente.

Cuando Damian me vio, su vaso se detuvo a mitad de camino.

Sus ojos azules se abrieron, una mezcla de terror y una esperanza enferma.

​—Elena…

—susurró él.

​—Felicidades, Damian —dije, con una voz tan suave que parecía un beso—.

El blanco te queda bien.

Casi oculta la podredumbre.

​Bianca se interpuso, mirándome con desprecio.

—Vaya, la muñeca rota ha venido a ver cómo los adultos juegan.

Seguridad, saquen a esta…

​No la dejé terminar.

Con un movimiento que Selene apenas pudo seguir por la mira telescópica, tomé una copa de cristal de una bandeja, la rompí contra la mesa y la clavé directamente en la mano que Bianca tenía sobre el brazo de Damian.

​El grito de la chica Rossi fue la señal de salida.

​—¡AHORA!

—rugí.

​Las luces de la villa se apagaron.

Selene empezó a disparar desde la colina, eliminando a los guardias de las torres en segundos.

El pánico estalló.

Damian me tomó de los hombros, intentando sacarme de la línea de fuego.

​—¡Elena, vete de aquí!

¡Esto es una trampa de los Rossi para atrapar a tu padre!

—gritó él entre el caos.

​—¡Tú eres la trampa, Damian!

—le devolví el golpe, estrellándolo contra una estatua de mármol—.

¡Me vendiste por un ejército!

​En medio de la oscuridad y los gritos, lo arrastré hacia una de las habitaciones privadas de la villa.

El virus Medusa en mi sangre estaba pidiendo guerra, pero mi cuerpo todavía recordaba el tacto de sus manos.

Lo empujé contra la cama con dos columnas de madera y usé sus propias esposas de seguridad para anclarlo.

​—¿Qué vas a hacer?

—preguntó él, jadeando.

​—Voy a recordarte quién soy —dije, desgarrándole la camisa del esmoquin—.

Y luego, voy a dejar que veas cómo destruyo todo lo que intentaste construir con ella.

​Fue un acto de sexo y venganza.

Lo tomé con una ferocidad que lo dejó sin aliento, una lucha de poder donde cada gemido era una herida.

Lo besaba mientras le mordía el labio hasta que el sabor a sangre inundó nuestras bocas.

Era nuestra forma de decirnos adiós: quemándonos en el mismo fuego que nos consumía.

Mientras afuera los Rossi morían bajo las balas de Selene, adentro nosotros nos destruíamos en una última danza de traición y deseo prohibido.

​Cuando terminé, me levanté y me puse mi vestido blanco, ahora manchado con su sangre y la mía.

​—Adiós, Damian —dije, sacando un detonador de mi bolsillo—.

Bianca te espera en el infierno.

​—¡Elena, espera!

—gritó él, forcejeando con las esposas—.

¡Hay algo que no sabes sobre el virus Medusa!

¡Tu padre no te lo dijo todo!

​Me detuve en la puerta.

​—Dime algo que me importe, Damian.

​—El virus no solo te borra —dijo él, con los ojos llenos de una tristeza infinita—.

Te está convirtiendo en una bomba biológica.

Tu padre te envió aquí para que explotaras en medio de la reunión de los Rossi.

¡En diez minutos, esta villa y todos en ella seremos cenizas!

¡Él nos usó a ambos!

​Miré el cronómetro que de repente apareció en mi visión periférica.

09:59.

09:58.

​Mi padre no quería que ganara la guerra.

Quería que yo fuera el final de todos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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