Viuda por Contrato - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 El Espejismo de Metal
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24: Capítulo 24: El Espejismo de Metal 24: Capítulo 24: El Espejismo de Metal El cronómetro en mi visión desapareció de golpe, no por un fallo técnico, sino porque me di cuenta de la verdad: no era una interfaz digital, era una alucinación provocada por las drogas que mi padre me inyectaba cada noche.
No era una máquina.
Solo era una mujer rota, drogada y manipulada hasta el punto de creer que no tenía alma.
Miré a Damian, que seguía encadenado a la cama, y sentí un dolor tan agudo en el pecho que me dobló.
El odio que sentía por él se mezcló con una necesidad física enfermiza.
—No soy una bomba, Damian —susurré, mientras mis manos temblaban, ya sin rastro de esa frialdad artificial—.
Soy solo una idiota que volvió a caer en tu cama.
Saqué la llave de las esposas de mi escote y lo liberé.
En cuanto sus muñecas quedaron libres, Damian no huyó.
Me tomó de la nuca y me estampó contra la pared de la habitación, sus ojos azules ardiendo con una rabia que ocultaba un deseo desesperado.
—¿Crees que Bianca me importa?
—rugió él, su aliento golpeando mi cara—.
Me acosté con ella para obtener el antídoto de la droga que tu padre te da.
Para que volvieras a ser tú, Elena.
No la “ejecutora”, sino la chica que me miraba como si fuera su único refugio.
—¡Me dolió, Damian!
—le grité, golpeándole el pecho con los puños—.
¡Verte con ella me destruyó más que cualquier tortura de mi padre!
—Entonces devuélveme el dolor —respondió él, bajando las manos a mis caderas y pegando mi cuerpo al suyo con una fuerza que me dejó sin aire—.
Hazme pagar, pero no me pidas que te deje sola otra vez.
Esa tensión que nos caracterizaba, ese “te odio pero te necesito”, estalló de nuevo.
Nos devoramos allí mismo, entre las sábanas de seda de la villa Rossi, ignorando que afuera el mundo se venía abajo.
Fue un encuentro crudo, lleno de arañazos y confesiones susurradas, donde el amor y la traición se fundieron hasta que ya no supimos quién era el enemigo.
La Huida de Cap Ferrat Salimos de la habitación justo cuando la primera explosión real —dinamita colocada por Selene— sacudió la villa.
El techo de la mansión empezó a ceder.
—¡Tenemos que irnos ya!
—Damian me tomó de la mano y corrimos por el pasillo envuelto en llamas.
En el gran salón, nos encontramos con Bianca Rossi.
Estaba herida, con el vestido de novia desgarrado y un arma en la mano.
Su mirada no era la de una heredera caprichosa, sino la de una mujer despechada.
—No vas a llevártela, Damian —dijo Bianca, apuntándome al corazón—.
Mi padre tiene a tu hermano menor.
Si no me entregas a Elena ahora mismo, lo matarán.
Damian se tensó.
El aire se volvió pesado.
Yo miré a Damian, esperando otra traición.
¿A quién elegiría ahora?
¿A su sangre o a la mujer que lo volvía loco?
—Suelta el arma, Bianca —dijo Damian, dando un paso frente a mí—.
No voy a negociar con ella.
—¿Incluso si eso significa que tu hermano muera?
—preguntó Bianca con una sonrisa macabra.
En ese momento, Selene entró por el ventanal roto, pero no venía a ayudarnos.
Tenía un transmisor en la mano y la voz de mi padre salió por él.
—Elena, querida…
el experimento ha terminado.
Damian ha fallado en protegerme.
Selene, acaba con los tres.
No quiero testigos de mis errores.
Selene levantó su rifle, pero antes de que pudiera disparar, Damian se lanzó sobre ella.
El caos fue total.
Bianca disparó, la bala rozó mi hombro y el dolor, el bendito y real dolor humano, me hizo gritar.
—¡Elena, a la lancha!
—gritó Damian mientras forcejeaba con Selene en el suelo.
Corrí hacia el muelle privado de la villa, con la sangre empapando mi vestido blanco.
Salté a la lancha motora y arranqué el motor.
Damian apareció segundos después, saltando al bote justo cuando la villa Rossi colapsaba en una bola de fuego detrás de nosotros.
Mar Abierto Navegamos a toda velocidad hacia la oscuridad del Mediterráneo.
Cuando estuvimos lo suficientemente lejos, Damian apagó el motor y se dejó caer a mi lado.
El silencio solo era roto por el jadeo de ambos y el sonido de las olas.
Me miré la herida del hombro.
La sangre era roja, espesa y tibia.
—¿Lo oíste?
—le pregunté, con la voz rota—.
Mi padre quería matarnos a todos.
A ti, a mí…
incluso a Selene.
Damian se acercó y, con una ternura que me desarmó, empezó a limpiar mi herida con un trozo de su camisa.
—Se acabó, Elena.
Ya no hay drogas, ni chips, ni misiones.
Solo somos tú y yo…
y un hermano al que tengo que rescatar.
—Me mentiste con Bianca —le recordé, sintiendo que las lágrimas volvían a asomar—.
Dijiste que era por el antídoto, pero disfrutaste ver cómo me rompía.
Damian dejó de limpiar la herida y me miró fijamente.
Se acercó tanto que nuestras narices se rozaron.
—Disfruté ver que todavía te importaba.
Disfruté ver que, a pesar de todo lo que te hicieron, todavía me perteneces de la misma forma en que yo te pertenezco a ti: con una culpa que nos va a consumir vivos.
Me besó con una mezcla de arrepentimiento y posesión.
En esa lancha, en mitad del mar, la novela se volvió real.
Ya no éramos piezas de ajedrez.
Éramos dos personas peligrosamente enamoradas, huyendo de un pasado que no iba a dejarnos ir tan fácilmente.
—¿A dónde vamos?
—pregunté entre besos.
—A buscar a mi hermano —respondió él, encendiendo de nuevo el motor—.
Y después, vamos a por tu padre.
Pero esta vez, Elena, no lo vamos a matar por el imperio.
Lo vamos a matar por lo que nos hizo.
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