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​Viuda por Contrato - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 El nido de los tiburones
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3: Capítulo 3: El nido de los tiburones 3: Capítulo 3: El nido de los tiburones ​El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la biblioteca, pero no traía calidez.

Yo no había dormido.

Me habían obligado a cambiarme el vestido de novia por un traje sastre negro que Damian había ordenado traer de mi casa, un recordatorio silencioso de que ahora era una viuda antes de haber sido realmente una esposa.

​La mesa de caoba estaba rodeada por cuatro hombres y una mujer.

Los directivos de Vane Enterprises.

Me miraban como si fuera un virus que acababa de infectar su sistema operativo.

​—Esto es una farsa —espetó Marcus, el socio más antiguo de Julian, golpeando la mesa—.

Julian no estaba en sus facultades cuando firmó esta modificación ayer por la tarde.

No podemos permitir que una…

una desconocida se quede con el cincuenta y uno por ciento de las acciones.

​—La “desconocida” tiene nombre, Marcus —la voz de Damian llegó desde el rincón más oscuro de la sala.

Estaba de pie, con una taza de café en la mano y la misma camisa de la noche anterior, con las mangas remangadas revelando sus antebrazos tensos—.

Y legalmente, ella es la dueña de tu silla en este momento.

​Me sorprendió que me defendiera, pero al ver el brillo calculador en sus ojos, entendí el juego: él no me estaba protegiendo a mí, estaba protegiendo el imperio de agentes externos.

Quería que el botín se quedara en la familia, aunque fuera en mis manos…

para luego arrebatármelo él mismo.

​—Damian tiene razón —dije, cruzando las piernas y apoyando las manos sobre la mesa.

Mis dedos estaban helados, pero mi mirada no flaqueó—.

El testamento es legal, está notariado y Julian estaba perfectamente lúcido cuando decidió que su esposa sería quien tomara el mando en caso de su ausencia.

​—¿Ausencia?

¡Está muerto, niña!

—gritó la mujer del grupo—.

Y las circunstancias son, cuanto menos, sospechosas.

​—Exactamente —intervino Damian, caminando lentamente hacia el centro de la habitación.

El aire pareció comprimirse a su paso—.

Por eso, mientras la investigación interna continúa, yo actuaré como la sombra de la señora Vane.

Ella tiene los votos, pero yo tengo el veto.

Nada se firma, nada se vende y nada se mueve sin que pase por mi escritorio primero.

​Me giré hacia él, sintiendo una punzada de rabia.

Eso no estaba en el acuerdo.

​—Damian, un momento…

​—¿Tienes algo que objetar, Elena?

—se inclinó sobre mi silla, sus manos apoyadas en los brazos del asiento, encerrándome.

Frente a todos, parecía un gesto de apoyo, pero su presión era una advertencia—.

Recuerda que el informe preliminar del forense está en mi caja fuerte.

Sería una lástima que llegara a las manos equivocadas antes de tiempo.

​El chantaje era claro.

Si yo no aceptaba ser su marioneta ante la junta, él me entregaría a los lobos.

​Los directivos intercambiaron miradas incómodas.

Sabían que Damian era más peligroso que Julian.

Julian jugaba con dinero; Damian jugaba con vidas.

​—Bien —dijo Marcus, levantándose—.

Si la “heredera” acepta las condiciones de Damian, seguiremos adelante.

Pero queremos resultados.

El lunes es la gala benéfica de la Fundación Vane.

Si no apareces allí y convences a los inversores de que todo está bajo control, forzaremos una auditoría legal que te arrastrará a los tribunales.

​Salieron uno a uno, dejándome a solas con el hombre que me estaba robando el aire.

El silencio en la biblioteca se volvió pesado, eléctrico.

​—Me has tendido una trampa —le siseé, levantándome de golpe.

​—Te he salvado el cuello —corrigió él, dejando su taza con un golpe seco—.

Esos tiburones te habrían despedazado en cinco minutos.

Ahora, me perteneces profesionalmente.

Y pronto, me dirás qué hiciste realmente en esa habitación anoche.

​Se acercó tanto que pude ver la fatiga en sus ojos, pero también esa chispa de deseo oscuro que intentaba ocultar tras su odio.

Su mano subió y rozó el cuello de mi chaqueta negra.

​—Prepárate para la gala, Elena.

Vas a ser la viuda perfecta.

Y recuerda: yo no soy como Julian.

A mí no puedes comprarme con una cara bonita y una mente de acero.

A mí vas a tener que convencerme con la verdad…

o con algo más.

​Se dio la vuelta para salir, pero se detuvo en el umbral.

​—Por cierto, he trasladado tus cosas a la habitación contigua a la mía.

No quiero que te sientas “sola” en esta mansión tan grande.

​La puerta se cerró.

Estaba rodeada de enemigos, pero el más peligroso de todos acababa de mudarse a la habitación de al lado..

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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