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​Viuda por Contrato - Capítulo 34

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Capítulo 34: Capítulo 34: El Marcaje del Cazador

​El silencio después de nuestra “tregua” era espeso, cargado del olor a mar y al sudor de dos personas que acababan de sellar un pacto de muerte. Me sentía extrañamente ligera, como si al aceptar que todos me habían traicionado, finalmente fuera libre. Pero esa libertad duró lo que tarda un músculo en contraerse.

​Me levanté para vestirme, buscando mi ropa entre las sombras de la habitación, cuando un destello metálico en el brazo de Damian me detuvo. Él estaba de espaldas, revisando un mapa táctico sobre la mesa, pero la luz de la luna filtrándose por el ventanal reveló algo que no estaba allí la noche anterior.

​En su antebrazo, justo debajo de la piel, brillaba un pequeño bulto del tamaño de un grano de arroz. Un nanorastreador de grado militar.

​—Damian —dije, mi voz volviendo a ser ese susurro gélido que precedía a la tormenta—. ¿Qué es eso?

​Él se tensó, pero no se giró. —Es mi seguro, Elena. Te lo dije, Victoria no me deja ir así de fácil.

​—No —di un paso hacia él, sintiendo una punzada de sospecha en la nuca—. Ese no es tu rastreador. Ese es el receptor.

​Rápidamente, me pasé la mano por mi propia nuca, justo donde él me había estado besando con tanta “pasión” horas antes. Mis dedos rozaron una pequeña incisión, fresca, casi imperceptible si no fuera por el ligero escozor. El corazón se me cayó a los pies.

​—Me lo inyectaste mientras dormía —afirmé, retrocediendo con horror—. Todo ese discurso de “te prefiero a ti sobre el mundo”… era para que bajara la guardia y pudieras marcarme como a una res.

​La Jaula Invisible

​Damian se giró lentamente. Sus ojos ya no tenían rastro de la vulnerabilidad de antes; eran dos pozos de cálculo frío.

​—No tuve opción, Elena. Tu madre tiene el interruptor del corazón de mi hermano Leo. Si ella no recibe una señal de que estás bajo control en las próximas seis horas, Leo muere. No se trata de entregarte… se trata de ganar tiempo.

​—¡Me has convertido en un faro para sus mercenarios! —le grité, buscando desesperadamente algo con qué defenderme—. ¡En cualquier momento este lugar se llenará de soldados!

​—Ese es el plan —dijo él, acercándose con una calma que me dio ganas de vomitar—. Vamos a dejar que vengan. Pero no te van a encontrar a ti. Van a encontrar una trampa que hará que Victoria desee nunca haberme sacado de Siberia.

​El Juego del Dolor y el Placer

​La tensión entre nosotros se volvió tóxica. Yo quería matarlo, pero mi cuerpo todavía recordaba el peso del suyo. Me agarró por las muñecas antes de que pudiera golpearlo, inmovilizándome contra la mesa de piedra.

​—Suéltame, traidor —siseé, forcejeando.

​—No hasta que entiendas que esto es la única forma de que ambos salgamos vivos —respondió él, su rostro a centímetros del mío—. Odiame todo lo que quieras, Elena. Golpéame, grítame… pero no me pidas que deje morir a mi hermano cuando tengo la solución en tus venas.

​Me besó con una rabia que sabía a hierro. Fue un beso de castigo, una lucha de lenguas y dientes donde la traición se mezclaba con una química que nos superaba a ambos. Me odiaba por desearlo, y él se odiaba por tener que usarme. El encuentro que siguió en esa mesa fue oscuro, crudo y desesperado. No hubo palabras de amor, solo el sonido de nuestras respiraciones agitadas y el choque de nuestra piel contra la piedra fría. Era la forma más pura de nuestra relación: una guerra donde el campo de batalla era la cama.

​El Giro del Destino

​Cuando el primer helicóptero se escuchó en la distancia, Damian se separó de mí, recargando su arma.

​—Ya están aquí —dijo, dándome un chaleco de kevlar—. Escucha, Elena. El rastreador tiene un botón de pánico. Cuando yo te dé la señal, quiero que saltes por el acantilado hacia la gruta norte. Yo me quedaré a recibirlos.

​—¿Y por qué debería confiar en que no me dispararás por la espalda? —pregunté, ajustándome el chaleco.

​Damian me miró por un segundo, y por primera vez, vi una chispa de la verdad que tanto temía.

​—Porque si mueres, Elena… yo no tendría ninguna razón para seguir fingiendo que soy un hombre.

​Corrimos hacia el exterior. Pero al salir al balcón, el helicóptero no llevaba el emblema de mi madre. Ni el de los Rossi.

​Llevaba el emblema de la Interpol.

​—¡Damian Vane, Elena Vane! —gritó una voz por el megáfono—. ¡Están rodeados! Bajen las armas o abriremos fuego.

​Damian me miró, perplejo.

—Yo no llamé a la policía.

​—Yo sí —dijo una voz detrás de nosotros.

​Nos giramos. Leo, el hermano “herido” de Damian, estaba de pie, con un auricular en el oído y una pistola apuntando directamente a la espalda de su propio hermano.

​—Lo siento, Damian —dijo Leo, con una frialdad que helaba la sangre—. Pero la Interpol me ofreció un trato mejor que el de Victoria. Limpiar mi expediente a cambio de entregar a los dos criminales más buscados de Europa. Incluida tu “muñequita”.

​La traición no venía de los padres, ni de los amantes. Venía de la sangre que Damian había intentado proteger.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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