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​Viuda por Contrato - Capítulo 37

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Capítulo 37: ​Capítulo 37: El Silencio del Fénix

​El viento soplaba con una furia helada en la azotea del complejo abandonado. Damian me tenía sujeta por el brazo, su respiración agitada golpeando mi oído. Frente a nosotros, su hermano Leo caminaba hacia nosotros, tambaleándose, con el rostro cubierto de moretones pero con una urgencia en los ojos que me puso los pelos de punta.

​—¡Damian! —gritó Leo, tropezando con unos cables—. ¡Tenías razón! No fue un accidente. La Interpol no nos está persiguiendo por los crímenes de papá… ¡Es ella! ¡Ella es la que mueve los hilos de todo!

​Damian dio un paso al frente, con los ojos inyectados en sangre.

—¿De qué hablas, Leo? ¿Quién?

​Leo se detuvo a escasos tres metros de nosotros. Se llevó las manos al pecho, intentando recuperar el aire. Abrió la boca para pronunciar el nombre que iba a cambiar nuestras vidas para siempre.

​—Es… es Victoria. Elena, tu madre no es una víctima. Ella es la Directora General de Operaciones de Interpol. Ella planeó la muerte de tu padre para quedarse con…

​¡CRACK!

​Un sonido seco, como el látigo de un trueno, rompió el aire. No fue un disparo de una pistola común; fue el silbido quirúrgico de un rifle de alta precisión.

​El cuerpo de Leo se sacudió violentamente. Una mancha roja, pequeña al principio y luego incontrolable, floreció justo en el centro de su frente. Sus ojos quedaron abiertos, fijos en los míos, antes de desplomarse sobre el hormigón como una marioneta a la que le cortan los hilos.

​—¡NOOOOOO! —el grito de Damian desgarró la noche. Se lanzó sobre el cuerpo de su hermano, manchándose las manos con la sangre tibia que se escapaba por el suelo.

​Yo me quedé paralizada, mirando hacia las sombras de los edificios colindantes. Fue entonces cuando una luz blanca de helipuerto se encendió, cegándonos. Un helicóptero negro, sin insignias pero con tecnología de punta, descendió lentamente sobre la azotea.

​La compuerta se abrió. De ella bajó una mujer cuya elegancia era tan afilada como una cuchilla de afeitar. Vestía un traje sastre azul marino, impecable, sin un solo cabello fuera de lugar a pesar del viento de las hélices. Llevaba una placa de oro colgada al cuello.

​Era Victoria, mi madre. Pero ya no era la mujer frágil que lloraba en el funeral de mi padre.

​—Lo siento, Damian —dijo Victoria, su voz proyectada por un megáfono, fría y desprovista de toda emoción humana—. Leo siempre fue el eslabón débil de tu familia. No podía dejar que arruinara un plan de veinte años por un arrebato de moralidad.

​Damian se levantó, temblando de rabia, con el arma en la mano. Pero antes de que pudiera apuntar, una docena de puntos rojos de láser aparecieron sobre su pecho.

​—Bájala, Damian —ordenó mi madre, caminando hacia nosotros sobre sus tacones de aguja, ignorando el cadáver de Leo como si fuera basura—. Elena, ven aquí ahora mismo. Se acabó el juego de la rebeldía.

​—¿Tú lo hiciste? —pregunté, mi voz apenas un susurro—. ¿Tú mataste a papá? ¿Tú ordenaste el disparo contra Leo?

​Victoria se detuvo a un metro de mí. Me miró con una mezcla de lástima y orgullo.

—Tu padre era un criminal útil, hasta que dejó de serlo. Y Leo… Leo era un estorbo. El imperio Vane no es una empresa de logística, Elena. Es la red de inteligencia más grande de Europa, y ahora que soy la jefa de Interpol, necesito que tú ocupes tu lugar como mi sucesora legítima.

​—¡Eres un monstruo! —le grité.

​—Soy la mujer que te mantiene viva —respondió ella, mirando a Damian—. Damian, tienes dos opciones. O mueres aquí mismo junto a tu hermano, o aceptas el trato original: lleva a mi hija a la mansión de Ginebra y mantenla a salvo hasta que jure lealtad. Si lo haces, borraré tu expediente criminal y podrás empezar de cero. Si no… bueno, el francotirador todavía tiene una bala con tu nombre.

​Damian me miró. Vi en sus ojos una lucha brutal entre el deseo de matar a mi madre y la necesidad de protegerme. Bajó el arma lentamente, con los nudillos blancos.

​—Te voy a matar, Victoria —susurró Damian—. No hoy, no mañana. Pero te prometo que lo último que verás será mi rostro antes de que te mande al infierno con mi hermano.

​Victoria sonrió, una sonrisa gélida que me dio escalofríos.

—Me encanta tu pasión, Damian. Por eso eres el mejor en lo que haces. Ahora, subid al coche. Tenemos un imperio que gobernar

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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