Viuda por Contrato - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capítulo 38: El Laberinto de la Araña
El cuerpo de Leo todavía estaba tibio cuando los hombres de Victoria lo arrastraron como si fuera un saco de basura. Damian no se movía. Se quedó de rodillas, con las manos empapadas en la sangre de su hermano, mirando el vacío. Yo quería gritar, quería romperle la cara a mi madre, pero los cañones de los rifles que nos rodeaban me recordaban que en este tablero yo no era más que una pieza de exhibición.
—¿Cómo sabías que estaríamos aquí? —logré escupir, mirando a Victoria. Ella se limpiaba una mancha invisible de su abrigo con una parsimonia que me revolvía el estómago.
—Elena, por favor. No subestimes a la mujer que te enseñó a caminar —dijo ella, lanzándome una mirada gélida—. Leo no los traicionó porque quisiera dinero. Lo hizo porque yo le hice creer que era la única forma de salvar a Damian de una ejecución sumaria. El pobre ingenuo pensó que entregándote a mí, compraría la libertad de su hermano.
Me quedé helada. Victoria había usado el amor fraternal de Leo para atraerlo a una trampa y luego lo eliminó para que no hablara. Damian soltó una carcajada ronca, una que sonaba a pura locura.
—Lo usaste como cebo —dijo Damian, levantándose lentamente. Sus ojos azules ya no tenían luz; eran dos pozos de odio puro—. Lo mataste después de que te sirviera.
—Era un cabo suelto, Damian. Y tú mejor que nadie sabes que en la Interpol no dejamos cabos sueltos —Victoria hizo una señal a sus hombres—. Llévenlos a la mansión de Ginebra. Y Damian… si intentas tocarla o escapar, la próxima bala no será para un hermano. Será para ella.
Ginebra: La Jaula de Cristal
Nos encerraron en el ala norte de la mansión familiar, un lugar que ahora se sentía como una prisión de alta seguridad. Había cámaras en cada rincón, sensores de movimiento y agentes patrullando los jardines con perros doberman.
Entré en mi habitación y cerré la puerta con fuerza, pero Damian entró tras de mí. No dijo nada. Se quitó la camisa manchada de sangre y la tiró al suelo. Verlo así, con los hombros cargados por el peso de la muerte de Leo, me rompió por dentro.
—Damian… —me acerqué a él, pero él se alejó como si mi tacto quemara.
—No me toques, Elena. Tu madre tiene razón. Soy un maldito asesino y ahora tengo la sangre de mi hermano en las manos por culpa de este juego de mierda.
—¡Ella lo mató, no tú! —le grité, agarrándolo de los brazos y obligándolo a mirarme—. Nos trajo aquí para quebrarnos, para que nos odiemos. No dejes que gane.
Damian me miró con una intensidad aterradora. Me pegó contra la pared, sus manos rodeando mi cuello, no para apretar, sino para sentir mi pulso. Estábamos a milímetros, nuestras respiraciones mezclándose en un ambiente tóxico de deseo y luto.
—¿Sabes qué es lo peor? —susurró él, su voz vibrando en mi pecho—. Que aunque sé que tu sangre es la misma que la de ese monstruo, sigo queriendo quemar el mundo entero solo para que tú sigas respirando.
Me besó. Fue un beso amargo, violento, que sabía a despedida y a venganza. Nos tiramos sobre la cama, buscando desesperadamente olvidar el sonido del disparo, la cara de Leo, la traición de mi madre. Fue un encuentro crudo, sin palabras bonitas, solo el roce de la piel contra la piel en una lucha por sentirnos vivos.
Pero en mitad del acto, mis ojos se desviaron hacia el espejo del tocador. Noté un destello casi imperceptible detrás del cristal. Un pequeño punto rojo que parpadeaba al ritmo de nuestro deseo.
Me quedé helada. No eran solo cámaras de seguridad en los pasillos.
—Damian —susurré contra sus labios, deteniéndolo—. No te muevas. Mira el espejo.
Él se tensó. Su mirada siguió la mía y vi cómo su mandíbula se apretaba hasta que los músculos de su cuello resaltaron. Victoria no solo nos tenía prisioneros; nos estaba grabando. Estaba convirtiendo nuestra intimidad, nuestro dolor, en material de chantaje para asegurarse de que Damian nunca diera un paso en falso.
Damian se levantó de la cama, recogió su arma de la mesilla y, sin decir una palabra, disparó directamente al espejo. El cristal estalló en mil pedazos, revelando una lente de alta definición detrás.
—Se acabó el show, Victoria —rugió Damian hacia el agujero en la pared.
Se giró hacia mí, y vi en su rostro una resolución que me dio escalofríos.
—Prepara lo que puedas, Elena. Esta noche la mansión arde. O salimos de aquí como dueños del imperio, o salimos en bolsas de cadáveres junto a mi hermano.
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