Viuda por Contrato - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 El vals de las hienas
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4: Capítulo 4: El vals de las hienas 4: Capítulo 4: El vals de las hienas La gala de la Fundación Vane no era un evento benéfico; era una autopsia social.
Todos en el salón de mármol del Hotel Metropol sostenían sus copas de champán como si fueran escalpelos, listos para diseccionar a la “Viuda Negra” en cuanto hiciera su entrada.
—Mantén la cabeza alta —murmuró Damian detrás de mí.
Su mano se posó en la pequeña de mi espalda, un contacto que quemaba a través de la seda negra de mi vestido de luto, diseñado para ser tan elegante como letal—.
Si parpadeas, te comerán viva.
—Preocúpate por tus propios pecados, Damian.
Los míos los llevo con más estilo —le devolví el susurro, forzando una sonrisa gélida mientras las puertas dobles se abrían.
El murmullo del salón se extinguió de golpe.
Cientos de ojos se clavaron en nosotros.
Éramos la imagen de la tragedia perfecta: el hermano oscuro y la viuda hermosa.
Pero entre la multitud, una figura me heló la sangre.
Vittorio Rossi.
El mayor rival comercial de Julian y, según los rumores, el hombre al que mi padre le debía los diez millones de dólares que me habían vendido a los Vane.
Vittorio avanzó entre la gente con la elegancia de una cobra, seguido por su hija, Isabella Rossi, una mujer que miraba a Damian con una mezcla de posesión y furia.
—Elena…
querida —Vittorio tomó mi mano y la besó, pero sus ojos buscaban algo más en los míos—.
Mis más profundas condolencias.
Julian era un hombre difícil, pero nadie merece terminar así.
Tan…
repentinamente.
—La muerte no suele pedir permiso, Vittorio —intervino Damian, estrechando la mano de Rossi con una fuerza que hizo que los nudillos de ambos blanquearan.
—Cierto.
Pero a veces tiene ayuda —respondió Vittorio, dirigiendo su mirada a mí—.
Elena, si alguna vez sientes que la mansión Vane se vuelve demasiado…
asfixiante, recuerda que nuestras cuentas pendientes siguen abiertas.
Y yo soy un cobrador mucho más paciente que los bancos.
Damian me pegó más a su costado, un gesto posesivo que no pasó desapercibido para Isabella.
—Damian, cielo —dijo Isabella, ignorándome por completo mientras ponía una mano en el pecho de mi cuñado—.
Papá tiene razón.
Esta situación es un caos.
Deberías venir a cenar mañana.
Necesitas aliados reales, no…
distracciones.
Me sentí como un trofeo en medio de una subasta.
Pero antes de que pudiera responder, un camarero se acercó con una bandeja.
Al tomar una copa, noté un pequeño trozo de papel doblado debajo del cristal.
Lo oculté en mi palma con la agilidad de quien ha aprendido a sobrevivir en las sombras.
—Disculpen —dije, zafándome del agarre de Damian—.
Necesito un momento.
Me refugié en el balcón, lejos de las luces cegadoras.
Con las manos temblando, desdoblé la nota.
Solo tenía cinco palabras escritas con una caligrafía apresurada: ”Julian no murió por veneno.” Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Si no fue veneno, ¿por qué Damian estaba tan seguro de que yo lo había matado?
¿Me estaba mintiendo para controlarme, o había algo mucho más siniestro ocurriendo en esa mansión?
—Es de mala educación abandonar a tu guardián, Elena.
Me giré bruscamente.
Damian estaba allí, oculto en las sombras del balcón, fumando un cigarrillo cuyo humo se perdía en la noche.
Sus ojos brillaban con una sospecha peligrosa.
—¿Qué tienes ahí?
—preguntó, avanzando hacia mí con la parsimonia de quien sabe que no tengo escapatoria.
—Nada que te interese —intenté guardar la nota en mi escote, pero él fue más rápido.
En un movimiento que me dejó sin aliento, me acorraló contra la barandilla de piedra.
Su cuerpo bloqueó cualquier salida, y su mano atrapó mis muñecas sobre mi cabeza.
Estábamos tan cerca que podía sentir el latido acelerado de su corazón contra mi pecho.
—En esta casa, todo lo que tocas me interesa —siseó, su rostro a milímetros del mío—.
¿Es de Rossi?
¿Ya estás buscando un nuevo postor?
—¡Suéltame, Damian!
Tú no eres mi dueño.
—Soy lo único que te mantiene fuera de la morgue —su voz bajó a un registro ronco, casi un gruñido—.
Porque mientras tú juegas a las notas secretas, alguien acaba de cortar los frenos de mi coche en el estacionamiento.
No te quieren muerta solo a ti, Elena.
Nos quieren muertos a los dos.
Antes de que pudiera procesar sus palabras, una explosión sorda retumbó desde el nivel inferior, haciendo vibrar el suelo bajo nuestros pies.
Los gritos comenzaron a subir desde el salón.
Damian no me soltó.
Al contrario, me apretó contra él, y por un segundo, el odio en sus ojos fue reemplazado por un instinto de protección puramente animal.
—Ahora —susurró, sacando un arma de su chaqueta—, vas a decirme quién te dio ese papel, o juro que te sacaré la verdad de la manera que más nos va a doler a ambos
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