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​Viuda por Contrato - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - Capítulo 40: Capítulo 40: El Puñal de la Inocencia
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Capítulo 40: Capítulo 40: El Puñal de la Inocencia

​El dolor físico de los últimos días no fue nada comparado con el vacío que sentí en ese momento. Miré a Damian. Él no podía sostenerle la mirada a Clara, pero tampoco me miraba a mí.

​—Damian, ¿quién es ella? —pregunté, con la voz rota.

​—Es… es la mujer que me salvó cuando tú no estabas, Elena —respondió él, y cada palabra era un clavo en mi pecho—. Ella no sabe nada de imperios, ni de Interpol, ni de sangre. Con ella… con ella yo era solo un hombre. No un asesino.

​Victoria se acercó a mí y me susurró al oído: —Ella es lo que él siempre quiso: una vida normal. Tú solo eres el recordatorio de su oscuridad.

​Esa noche, Victoria nos obligó a cenar juntos. Fue una tortura psicológica diseñada por un demonio. Clara hablaba de cosas simples: de la clínica de su padre, de las flores de primavera, de cómo Damian le había prometido que volvería por ella. Damian la escuchaba con una ternura que nunca me había dado a mí. Conmigo todo era fuego, sexo violento y secretos; con ella, él sonreía de verdad.

​Me levanté de la mesa, incapaz de seguir fingiendo. Me refugié en el balcón, bajo la lluvia fina de Ginebra. Minutos después, escuché pasos. Era Damian.

​—Vete con ella, Damian —dije, sin mirarlo—. Vete antes de que mi madre la destruya a ella también.

​—No puedo —dijo él, parándose a mi lado, pero manteniendo una distancia que me dolía más que un golpe—. Tu madre la trajo para usarla como escudo. Si intento escapar contigo o si intento matarla a ella, Clara muere.

​—¿La amas? —le pregunté, y el corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho.

​Damian guardó silencio un largo rato. Miró hacia el interior de la mansión, donde Clara nos observaba con curiosidad desde el salón.

—Ella es la luz que nunca debí tocar, Elena. Y tú… tú eres el incendio en el que siempre supe que iba a arder.

​Me tomó de la barbilla y me obligó a mirarlo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Lo que siento por ella es paz. Lo que siento por ti… es una enfermedad de la que no quiero curarme, pero que nos va a matar a los tres.

​En ese momento, Clara salió al balcón. Nos miró a ambos, y la inocencia en su rostro se transformó en una comprensión dolorosa.

—Damian… ella no es solo la hija de tu jefe, ¿verdad? —preguntó Clara, con la voz temblorosa.

​Damian no supo qué responder. Se quedó en medio de las dos: la mujer que representaba su salvación y la mujer que representaba su perdición.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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