Viuda por Contrato - Capítulo 47
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Capítulo 47: Capítulo 47: El Invitado de Piedra
La mansión Vane nunca había estado tan silenciosa. El tic-tac del reloj de péndulo en el vestíbulo marcaba los segundos como si fueran gotas de ácido. Me miré en el espejo de cuerpo entero antes de bajar. Llevaba un vestido de seda color perla, cerrado hasta el cuello, con una estructura tan rígida que me obligaba a mantener la espalda recta. Esa era mi armadura.
Mi madre había organizado una cena “de cortesía”. Según ella, para cerrar los flecos legales de la salida de Damian de la organización. Pero ambas sabíamos que era una ejecución pública de mi cordura.
Cuando bajé la escalinata, los vi. Damian estaba de pie junto al piano, sosteniendo una copa de cristal. Se veía radiante. No era la luz de las lámparas; era una paz interna que lo hacía parecer más joven, menos atormentado. A su lado, Clara llevaba un vestido florecido, sencillo, casi infantil. Estaba riendo por algo que él le había susurrado al oído.
Me detuve en el último escalón. Mi pulso no se aceleró. Al contrario, sentí un frío sepulcral recorriéndome la columna.
—Elena —dijo mi madre, apareciendo a mi lado como una sombra—. Qué puntual.
Caminé hacia ellos con una elegancia que me costó cada gramo de fuerza de voluntad. Damian levantó la vista. Sus ojos azules me recorrieron con una cortesía tan profesional que dolió más que un insulto. No había reconocimiento, no había deseo, ni siquiera odio. Solo éramos dos desconocidos compartiendo el mismo aire.
—Señorita Vane —dijo él, inclinando levemente la cabeza—. Gracias por recibirnos. Clara estaba un poco nerviosa, no está acostumbrada a casas tan… imponentes.
—No es necesario que me agradezca, Damian —respondí, mi voz saliendo firme, metálica—. Esta casa ha visto pasar a mucha gente. Algunos dejan huella, otros son simplemente ruido de fondo.
Vi a Clara encogerse un poco bajo mi mirada. Ella no era el enemigo; era simplemente el recipiente donde Damian había depositado su amnesia.
La Cena de las Sombras
Nos sentamos a la mesa. El servicio de plata brillaba bajo la luz de las velas. Damian cortaba la carne de Clara con una naturalidad que me revolvía el estómago. Era un gesto doméstico, íntimo, de alguien que cuida lo que ama.
—Damian me ha contado que usted es una mujer muy dedicada al trabajo —dijo Clara, intentando romper el hielo con una ingenuidad que me resultaba insultante—. Debe ser difícil llevar tanta responsabilidad sola.
—La soledad es el precio de la libertad, Clara —respondí, sin dejar de mirar mi plato—. Algunos prefieren vivir en una jaula de cristal porque es más cómodo que enfrentar la tormenta.
—¿A qué tormenta se refiere? —preguntó Damian, dejando los cubiertos y mirándome fijamente. Su tono era curioso, como el de un psicólogo analizando a un paciente difícil.
—A la verdad, Damian. A veces la mente borra cosas para protegernos, pero el cuerpo tiene memoria. ¿Nunca siente que le falta algo? ¿Que el aire que respira es demasiado limpio para ser real?
Damian sostuvo mi mirada. Por un segundo, un destello de algo oscuro y antiguo cruzó sus pupilas. Fue solo un parpadeo. Luego, sonrió de lado y tomó la mano de Clara sobre la mesa.
—A veces tengo sueños extraños, es cierto. Imágenes de sombras y gritos. Pero luego despierto, veo a Clara y me doy cuenta de que el pasado, sea cual sea, no puede ser mejor que este presente. Si fui un hombre oscuro, señorita Vane, le agradezco que me haya echado de su vida. Me hizo un favor que nunca podré pagarle.
El golpe fue certero. No me humillé. No bajé la vista. Simplemente tomé un sorbo de vino y sentí cómo mi corazón terminaba de calcificarse.
El Fin de la Clemencia
Después de la cena, los acompañé hasta la puerta. La noche de Ginebra era clara y fría. Damian ayudó a Clara a subir al coche con una caballerosidad que antes reservaba solo para protegerme de las balas.
Antes de subir él, se detuvo y me miró. Estábamos a solas por primera vez en la noche.
—Tiene algo en los ojos, Elena —dijo de repente. No usó mi título, usó mi nombre, y por un momento el mundo se detuvo—. Una especie de hambre. No sé qué le hice en el pasado para que me mire así, pero espero que encuentre la paz. No vale la pena vivir con tanto veneno.
—No es veneno, Damian —le dije, dando un paso hacia él, invadiendo ese espacio que él creía seguro—. Es memoria. Y la memoria es lo único que nos separa de los animales. Disfrute su ignorancia mientras dure.
Él cerró la puerta del coche y se marchó. Me quedé en la entrada de la mansión, viendo cómo las luces traseras desaparecían en la oscuridad.
Entré de nuevo y encontré a mi madre bebiendo lo que quedaba de la botella de vino.
—Te ha tratado como a una empleada más —dijo ella con una sonrisa cruel—. Duele ver que ni siquiera queda el odio, ¿verdad? El odio es una forma de interés. La indiferencia es la muerte.
—Él no está muerto, mamá —dije, quitándome los pendientes de diamantes y dejándolos sobre la mesa con un golpe seco—. Está dormido. Y voy a encargarme de despertarlo. Pero no para que vuelva a mis brazos.
—¿Entonces para qué?
—Para que vea lo que ha hecho. Para que vea la cara de la mujer que sacrificó su alma para que él pudiera jugar a las casitas con esa niña. No quiero que me ame, mamá. Quiero que, cuando recupere la memoria, el peso de su propia felicidad lo destruya. Quiero que me odie tanto como yo me odio a mí misma por haberlo salvado.
Subí a mi habitación y, por primera vez en meses, no lloré. Saqué una carpeta que tenía escondida. Fotos de la clínica del padre de Clara. Sus deudas, sus debilidades, sus secretos.
Si Damian quería una vida normal, yo iba a demostrarle que en el mundo de los Vane, la normalidad es un lujo que se paga con sangre. Y la factura acababa de llegar.
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