Viuda por Contrato - Capítulo 48
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Capítulo 48: Capítulo 48: El Eco de la Sangre
La lluvia golpeaba los cristales del club de tiro privado en las afueras de Ginebra. Era un lugar subterráneo, con olor a pólvora y aceite de motor, el único sitio donde el silencio de mi mansión no podía alcanzarme. Me puse los cascos, ajusté mi postura y vacié el cargador de mi Sig Sauer contra la silueta de papel. Diez disparos. Todos en el centro.
—Su técnica ha mejorado, señorita Vane. Pero sigue apretando el gatillo como si quisiera castigar al arma, no al objetivo.
Me quedé helada. Esa voz. Esa cadencia ronca que no necesitaba memoria para reconocerla. Me quité los cascos lentamente y me giré.
Ahí estaba él. Damian vestía ropa deportiva oscura, con una toalla alrededor del cuello. Parecía que acababa de salir del gimnasio del complejo. Su mirada cayó sobre mi blanco y luego volvió a mis ojos. No había rastro del hombre amable de la cena de anoche. Aquí, en este entorno cargado de testosterona y acero, algo en él parecía… despertar.
—¿Qué hace aquí, Damian? —pregunté, dejando el arma sobre el mostrador con deliberada lentitud—. No creo que este sea el ambiente que Clara aprobaría para usted.
—Clara cree que estoy en una sesión de fisioterapia —respondió él, dando un paso hacia el carril de tiro de al lado—. Pero mi cuerpo no descansa. Siento una tensión constante, como si mis músculos estuvieran esperando una orden que no llega. Vine aquí esperando que el ruido de los disparos me ayudara a entender por qué mis manos se sienten tan vacías sin el peso de un arma.
Sacó una pistola de la vitrina de alquiler. Una Glock estándar. La inspeccionó con una destreza que me hizo contener el aliento; sus dedos se movían por el metal con una memoria muscular aterradora.
—Usted me conoce, Elena —dijo, sin mirarme—. No la versión que Clara me cuenta. No la versión de los expedientes. Usted sabe qué tipo de hombre era yo antes de despertar en ese hospital.
—Era un hombre que no hacía preguntas —dije, acercándome a él, desafiando la distancia que él mismo había marcado—. Un hombre que disfrutaba del caos.
—Entonces enséñeme —soltó él, girándose bruscamente hacia mí. Sus ojos estaban oscuros, nublados por una frustración que empezaba a hervir—. Enséñeme lo que hacíamos. Si soy el monstruo que dice su madre, quiero verlo.
El Despertar del Cuerpo
No fue un plan calculado. Fue un impulso. Me coloqué detrás de él, invadiendo su espacio personal. Podía sentir el calor que emanaba de su espalda, el olor a sudor limpio y ese magnetismo que siempre nos había unido.
—Su postura es demasiado rígida —susurré, colocando mis manos sobre sus hombros, bajándolos—. Está disparando como un civil. Usted no disparaba para practicar, Damian. Usted disparaba para sobrevivir.
Deslicé mis brazos por debajo de los suyos, guiando sus manos hacia el arma. Mis palmas sobre el dorso de sus manos. El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió mi columna. Sentí cómo su respiración se entrecortaba. Su cuerpo recordaba el mío; lo sentí en la forma en que se tensó y luego, involuntariamente, se amoldó a mi contacto.
—Cierre los ojos —le ordené al oído, rozando su piel con mis labios—. No use la vista. Use el instinto. Imagine que el blanco es el hombre que intentó matarlo en la carretera. Sienta el peso, sienta el gatillo…
Damian cerró los ojos. Su pecho subía y bajaba con violencia. Estábamos tan cerca que nuestras sombras se fundían en una sola sobre el suelo de cemento.
—Elena… —su voz fue un gruñido bajo, una mezcla de súplica y advertencia.
—Dispare —le ordené.
Él apretó el gatillo tres veces en una sucesión tan rápida que los sonidos se solaparon. Los tres impactos destrozaron la cabeza de la silueta.
Cuando abrió los ojos, no miró el blanco. Se giró hacia mí, todavía con el arma en la mano, y me atrapó contra el mostrador. Sus ojos ya no eran los del hombre que amaba a Clara. Eran los ojos del animal que yo había domesticado y luego perdido. Su mano libre se cerró alrededor de mi cintura, tirando de mí con una brusquedad que me hizo gemir.
—¿Quién es usted para mí? —preguntó, su voz cargada de una furia hambrienta—. ¿Por qué mi cuerpo me dice que la destruya y me dice que la proteja al mismo tiempo?
—Soy su peor pesadilla, Damian —respondí, manteniendo la barbilla alta, negándome a que viera cuánto me afectaba su cercanía—. Soy la única persona que sabe que, por mucho que bese a Clara, siempre tendrá el sabor de mi sangre en su boca.
Él se inclinó, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello, inhalando mi perfume con una desesperación que rozaba la locura. Por un segundo, creí que me besaría, que la amnesia se rompería allí mismo bajo el peso del deseo puro.
Pero entonces, su teléfono vibró en el banco. La pantalla se iluminó con una foto de Clara sonriendo.
Damian se separó de mí como si se hubiera quemado con ácido. Se pasó la mano por la cara, temblando. La máscara de indiferencia intentó volver a su sitio, pero estaba agrietada.
—Esto es un error —dijo, su voz volviendo a ser fría, pero esta vez con una nota de miedo—. Usted es peligrosa. No es solo el poder, Elena. Es usted. Me atrae hacia un lugar al que no quiero volver.
—Ya ha vuelto, Damian —le dije, limpiándome una mancha inexistente en la chaqueta, recuperando mi máscara de frialdad—. Solo que todavía no tiene el valor de admitirlo. Vuelva con su niña. Juegue a los médicos. Pero la próxima vez que tenga un arma en la mano, sabrá que fue mi voz la que le enseñó a matar de nuevo.
Se marchó del club de tiro casi corriendo, dejándome allí, sola entre el humo y el olor a pólvora. Mi corazón dolía, pero mi orgullo estaba intacto. No lo había recuperado, pero había plantado una semilla de duda que ninguna amnesia podría borrar.
Al salir, mi madre me esperaba en el coche negro.
—¿Y bien? —preguntó, mirándome a través de sus gafas de sol.
—Está roto, mamá —respondí, mirando por la ventana—. Ya no puede ser feliz con ella. Aunque no me recuerde, ahora sabe que le falta algo. Y ese vacío lo va a consumir hasta que él solo regrese a buscar la pieza que le falta.
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